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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

La primavera, como estación de transición entre el invierno y el verano es terrible. Aparte de las alergias que nos hacen llorar como a una María Magdalena, debemos vivir el frío matinal, por la tarde calor y por la noche de nuevo frío. Uno sale de la casa abrigado como esquimal para transpirar a mediodía como caballo de feria y congelarse por la noche. No hay como compatibilizar ropa y clima pero descubrí la técnica; vestirse como cebolla, es decir, por capas. Por la mañana muchas capas de genero capaces de abrigar hasta al más friolento y a medida que la temperatura aumenta, las capas se van a la mochila hasta que por la tarde, vuelven a salir para cumplir su función.

Mucha gente reclama contra esta condición de temperatura variable, que el calor ya no se aguanta, que hasta cuando seguirán estos fríos, que todo el mundo está resfriado, que porque sí, que porque no. Nada podemos contra la naturaleza, salvo destruirla así como lo hemos venido haciendo de manera muy efectiva hasta ahora. ¿Por qué no adaptarse a ella y convivir en armonía con las variables de cambio que se nos brindan?

Por lo general nos resistimos al cambio, incluso a leves variaciones en nuestro diario vivir. Tanto nuestro sub consciente como nuestro cuerpo están programados para resistirse a todo tipo de cambio. Basta que los peldaños de una escalera tengan una variación en su altura del 10% y arriesgamos una caída de padre y señor nuestro. La temperatura de confort en la cual nos movemos solo tiene un rango de un par de grados antes de sentir frío o calor. Esta resistencia no deja de ser peculiar pues desde antes de nuestro nacimiento solo somos cambio. Heráclito de Éfeso sí que tenía razón; "Nada es, todo fluye". Y lo demostró ya que nunca pudo bañarse dos veces en el mismo río. ¿Por qué resistirse entonces al cambio? Quizás porque necesitamos el bastón de la seguridad en lo repetido para caminar por los senderos de esta vida llena de imperfecciones. Si repetimos una cierta rutina, pisamos sobre terreno seguro sin arriesgar nada. Quien no se arriesga no cruza el río y parece que hace demasiado tiempo estamos en la misma rivera viendo como del otro lado hay una vida llena de oportunidades.

Vistámonos como cebollas y aprovechemos la posibilidad de variedad que se nos ofrece. Seamos permeables a las sensaciones del frío y del calor porque solo así disfrutaremos del verdadero confort tanto físico como emocional. Tampoco se trata de ser arriesgados al límite de la muerte, alternativa tomada por algunos adictos a la adrenalina. Vistámonos según la ocasión y atrevámonos a veces a vestirnos contra la ocasión. Levantarse una hora antes un domingo, cambiar de recorrido entre el departamento y el metro, hablarle a un desconocido, comer un fruto exótico, tratar de viajar sin dinero, compartir un café con un mendigo, decirle a una mujer desconocida que es bonita con la sola intención de ver el rubor en su cara y el brillo en sus ojos, son miles y miles las posibilidades de cambio que podemos elegir. Con ello se abrirán nuestros sentidos y percibiremos lo que siempre estuvo ahí pero que la cómoda rutina se encarga de enmascarar para hacerlo completamente invisible a nuestra vista pero por sobre todo, a nuestro espíritu.

Vamos que se puede. Volvamos a sentir para crear en función a las capas que usemos para abrigar nuestro espíritu, aunque para algunos la cebolla huela mal.