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08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

¿Existe algún teatro, sala o casa de cultura que no sea de cercanía? Los técnicos en la teorización neoliberal de la gestión cultural colocan ideas trenzadas en conceptos sociológicos y mercadotecnia para intentar crear eufemismos que ayuden a capear el temporal de la crisis. Desde que las ciudades se han convertido en metrópolis, desde que la ideación de la modernidad y la calidad de vida ha dejado los centros históricos deshabitados y se han creado núcleos residenciales en las periferias, hay que replantearse de manera rotunda el concepto cerca y lejos, al menos en el ámbito de la cultura en vivo y en directo, y muy especialmente la de las artes escénicas.

Hagamos otra pegunta, ¿los teatros de una ciudad media se ocupan solamente de la población que vive en el barrio? Sabemos que no tenemos legislación ninguna, pero existen estudios muy fundamentados de la relación entre población y ocupación de las salas de exhibición, al menos en estudios que afectan a un buen número de teatros de Europa en ciudades importantes. No se pueden trasplantar sin más, pero nos orientan para entender que en el mejor de los casos es un porcentaje mínimo del conjunto demográfico el que habitualmente va al teatro. Muy mínimo. Hasta en los éxitos. Esto como premisa general.

Pero a partir de ahí empiezan los matices, los detalles. Y se acumulan circunstancias y fragmentaciones de los públicos. Y la incidencia de las programaciones y las acciones de creación de público. Y los medios de comunicación, y los hábitos sociales y culturales. Y las políticas de precios, de fidelización. Las redes sociales, las maneras de poder acceder, tantas variantes, tantas matizaciones diferentes que cuesta establecer una terminología que ayude al esclarecimiento de la realidad y nos proporcione denominadores comunes que sirvan para la inmensa mayoría de los puntos de exhibición, en todas las circunstancias demográficos en donde estén situadas. Misión imposible.

Los teatros de capital no se nutren únicamente de la vecindad inmediata sino que su influencia es metropolitana, provincial, de comunidad autónoma si existe lengua diferenciada o estatal. ¿De qué viven tantos meses los musicales en la Gran Vía madrileña? Del turismo cultural. Entonces, ¿cómo consideramos a estos locales, de cercanía o de lejanía?

En las poblaciones de pocos habitantes, la relación es mucho más directa. Pero ni la frecuencia ni los hábitos se pueden contabilizar de la misma manera. Y probablemente, para cierto tipo de obras, los más aficionados prefieran desplazarse a la metrópolis más a mano para no quedarse muy descolocados de lo último, de las novedades, porque es posible que no lleguen nunca o leguen muy tarde.

Quizás, además de estas consideraciones generalistas, tendríamos que dejarnos de marear la perdiz y reconocer que es imposible mantener dentro de unos parámetros lógicos la gran cantidad de teatros y salas que se construyeron por una inercia inmobiliaria, y no por una consideración cultural y un estudio de las necesidades del pueblo, la comarca o la provincia . Hay lugares en donde cada cinco kilómetros aparece un teatro de nueva planta con setecientas localidades y con ciudades de menos de quince mil habitantes. Esto será muy de cercanía, pero en ninguna parte de occidente, culturalmente activa, se considera lógico o viable.

Nadie lo dirá, por vergüenza, miedo, o desconocimiento, pero algunos lo asegurábamos en el momento de la burbuja económica: no sostenible. Muchos de estos edificios están destinados a ser esqueletos, sombras, contenedores vacíos. Ahora con esta crisis, es imposible programarlos con un mínimo sentido, ni intentar que los artistas, compañías y productores se la jueguen a taquilla cuando no hay públicos suficientes. No hay que forzar mucho más. Lo que hace falta es tomar decisiones, y planificar un poco para los próximos diez años, porque se debe encontrar una funcionalidad cultural para estos edificios. El modelo se ha roto, y lo de cerca y lejos, no tiene más función que la retórica.