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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Algunos científicos que se dedican a pensar cómo se piensa, es decir, neurobiólogos, psiquiatras, psicólogos y demás familia, están empeñados en descubrir lo que sucede en el cerebro cuando se hace arte. El tema se las trae, porque la mente creativa, el hecho de buscar la belleza por la belleza, el arte por el arte, es según dicen una característica intrínsecamente humana, aunque algunos colegas de especie se empeñen en demostrar lo contrario, que lo verdaderamente humano es hacer la puñeta por hacer la puñeta. Pero no desviemos el punto de mira a costa de desfogarnos. Como decía, el tema que apuntamos en el título se las trae y se las trae desde hace mucho tiempo, unos 500.000 años, milenios arriba, milenios abajo, pues fue entonces, según se cree, cuando el ser humano desarrolló su capacidad simbólica. A partir de ese momento algo le sucedió al cerebro humano. Sin previo aviso, se saltó la inercia de la evolución y comenzó a utilizar las cosas como símbolos y no como herramientas para sobrevivir. Cientos de miles de años después la cuestión no ha cambiado tanto: hacer arte sigue siendo un ritual simbólico y necesario para algunas personas, pero inútil en términos estrictos de supervivencia.

El objeto simbólico más antiguo que se conserva es, según los expertos, una piedra del yacimiento de Atapuerca con forma de hacha que se encontró junto a una treintena de esqueletos. Dicha piedra fue sorpresivamente utilizada como ofrenda funeraria y no para cortar carne, romper nueces o destrozar el cráneo del enemigo. Era un arma para sostener la memoria de los allegados y no para herir o dañar. Ahí debió empezar todo. Todo aquello que hoy entendemos por arte. Actualmente los que investigan el pensamiento bajo el microscopio, no paran de hacerse preguntas al respecto: ¿Qué cambió en la mente del ser humano cuando comenzó a manejar los objetos de forma simbólica?¿Qué relación existe entre el cerebro y la capacidad creativa? ¿Existen estructuras neuronales específicamente responsables de lo que llamamos pensamiento simbólico? ¿Qué zonas cerebrales se activan cuando uno pinta, esculpe o baila?

Entre tanta incertidumbre, hay algunos hallazgos. Por lo que dicen investigadores reputados, en su evolución el cerebro ha desarrollado un grupo de neuronas específicas para captar belleza. Dichas neuronas se sitúan en la zona izquierda del córtex prefrontal del cerebro, es decir, allá por la parte delantera de la cabeza; y se activan cuando el cerebro admira una obra de arte ajena y también -¡Qué curioso!- cuando imagina una obra propia. Esto es, las neuronas que perciben la belleza son las mismas que son capaces de generarla. De ahí se puede extrapolar una conclusión con cierta miga: sólo quien es capaz de percibir el arte es capaz de generarlo. Una aseveración que puesta a la inversa se vuelve una advertencia a tener en cuenta: quien no es capaz de percibir el arte acaba degenerándolo. Algo que bien se podrían aplicar algunos que ocupan las altas instancias de la cultura. Pero no nos vayamos por los cerros del desahogo, por mucho que hoy mi tecleteo así lo quiera.

Por lo expuesto, parece claro que existen zonas específicas del cerebro que han evolucionado para apreciar y crear arte. Y entonces podemos hacer más preguntas: ¿Se activan el mismo tipo de neuronas se practique el arte que se practique? ¿O tal vez existen circuitos neuronales específicos en función de si se hace música, se escribe o se actúa? Por lo que concierne a la escena la cuestión tiene su intríngulis, pues no son pocos los maestros que se dirigen a los actores con indicaciones del tipo: "No actúes cerebralmente, simplemente actúa", "Sigue el cerebro del cuerpo", "Si intelectualizas lo que haces, lo matas". ¿Qué pasa entonces? ¿Qué el buen actor es aquel que no hace uso del cerebro?

Aún no se han publicado investigaciones neurológicas con actores que aclaren estos aspectos, pero las indagaciones de Charles J. Limb, científico y saxofonista, han arrojado cierta luz. Tras estudiar lo que sucedía en el cerebro de varios músicos de Jazz mientras improvisaban, comprobaron que aquellas zonas que se activan cuando uno se censura una conducta, se desactivaban automáticamente. Es decir, que en la creación en vivo hay partes concretas del cerebro que se desinhiben. Es de suponer que en el cerebro del actor, obligado también a recrear su arte con variable grado de improvisación, suceda algo parecido.

El tema da para reflexionar largo tiempo, ahora bien: que nadie trate de desactivar conscientemente estos circuitos neuronales para hacer ninguna escena. Sólo pensarlo, lo advierte el propio Limb, cortocircuita cualquier acción espontánea. Sobre las tablas lo mejor es dejar de lado estos vericuetos ilustrados, y escuchar lo que dicen los maestros. Sus metáforas son tal vez científicamente imprecisas pero artísticamente muy eficaces. ¡Dejemos pues que en escena el cuerpo piense por el cerebro!