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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

El cuadro hace tiempo que no cambia de color. La agonía económica, la ausencia de proyectos estimulantes, la falta de actuaciones, la incapacidad por unir y rentabilizar tanta capacidad dispersa forman parte perenne de nuestro panorama diario y corremos el riesgo de acostumbrarnos a vivir crónicamente en la desesperanza. Entre tanto nubarrón que amenaza perpetuidad, sin embargo, el instinto busca, con la misma desesperación que lo circunda, claros en el horizonte. Hoy, aunque la descripción de los indicios más pesimistas permitiría derrochar mucha tinta negra, nos ceñiremos a dos de esos claros donde se atisban maneras de funcionar que, de ser la regla y no la excepción, posibilitarían el necesario cambio de paisaje.

El primero de los claros es el Festival Cena Contemporânea de Brasilia, al que asistimos en su presente edición. El Festival acoge durante dos semanas un buen número de compañías brasileñas e internacionales, y para su organización recibe patrocinio de entidades privadas y públicas, así como de las respectivas embajadas de los grupos internacionales. Uno, incluso siendo testigo presencial, sólo puede imaginar la gran complejidad de poder llevar a cabo un festival de tal envergadura. Durante escasos quince días acontecen espectáculos, conciertos, cursos, charlas y fiesta en un ambiente profesional y humano difícil de alabar con palabras. Así descrito, el Festival de Brasilia no resulta muy dispar de otros festivales, sin embargo, la extrema dedicación y cuidado hacia lo estrictamente artístico lo vuelve singular. Todo el gran esfuerzo de las instituciones y de tantas personas anónimas tienen un mismo y claro objetivo: ofrecer a los artistas, a los espectadores y al resto de los profesionales de la escena las condiciones idóneas parar hacer, percibir y pensar el teatro. Dicho de otro modo: hacer del teatro una fiesta artística para el deleite de quienes lo hacen y de quienes lo observan.

El otro claro cae más cerca, en Luhoso, Lapurdi, donde se encuentra, en un precioso entorno natural, la sala Harri Xuri. Concebida como una fábrica de creación, se trata de una sala polivalente donde, además de impartir cursos de diferente índole y de programar espectáculos, se ofrecen residencias a compañías de danza, circo y teatro, para que desarrollen sus creaciones en las mejores condiciones. Este también es un proyecto donde convergen múltiples intereses: han unido esfuerzos cinco municipios de la región de Sivom-Artzamendi, para ofertar un servicio público de Artes Escénicas que, además, da acogida permanente a tres compañías del entorno –Le Petit Théâtre de Pain, Kilikolo Zirko y Iparraldeko Dantzarien Biltzarra–. Nuevamente, tal y como sucedía en el Festival de Brasilia, tanta energía proveniente de diferentes fuentes sigue la dinámica del embudo. Al final, todo el caudal tiene un destino común: hacer posible el teatro en la mejor clave humana y profesional.

Los proyectos mencionados obedecen a la lógica primordial de aunar intereses diversos para hacer posible un bien común. Este planteamiento obvio y deseable, sin embargo, en estos tiempos abstrusos no siempre es el más frecuente. Generalmente, cuantos más agentes coinciden en un determinado proyecto, más fácil es desperdigar fuerzas en intereses propios a costa del bien teatral. Y cuando las condiciones más apremiantes se vuelven, la tendencia es salir al paso con soluciones de relumbrón momentáneo, sin pensar en abonar el futuro. Los dos casos que hemos referido son ejemplos de lo contrario. Todo aquello que movilizan tiene como principio y como fin dignificar el teatro allí donde arde, en la relación entre actores y espectadores. Y, como añadidura, han sido capaces de apostar por personas y propuestas menos aparentes, pero con la suficiente proyección como para asegurarse una buena cosecha teatral en años venideros. Ambos proyectos apuntan con precisión la salida del túnel: alimentar el arte desde la raíz. Sin más. Con todo.