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Mié, Jun

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

 

Muchas veces he soñado con un teatro que me revolviese el pensamiento, desde la emoción que eso comporta, claro está.

Un teatro que te entretiene tanto que te cambia.

Un teatro alejado del producto industrial de consumo, con una obsolescencia y una caducidad predeterminadas.

Un teatro en el que la palabra no sea más blablablá y rompa, con respeto y delicadeza, los lugares comunes y los genéricos que la representación verbal muchas veces conlleva.

Por tanto, un teatro cuyas acciones escénicas nos dejan algunas imágenes grabadas en la retina y algunas palabras haciendo eco y volviendo a repetirse en cualquier momento. Un teatro que despierta y hace crecer la conciencia.

La conciencia: ese lugar desde el que gestionamos nuestras emociones y nuestras decisiones. Sí. La conciencia no solo gestiona las decisiones de nuestra voluntad sino también las emociones que, en la mayoría de las ocasiones, están detrás de esas decisiones. Por ejemplo, la emoción de la ira y del odio se recorta y apacigua gracias a la conciencia del daño contraproducente que, en primer lugar, le causa al irado, al que odia y, en segundo lugar, a quienes le rodean, enrareciendo el ambiente.

Un teatro que despierta la conciencia, en el cual las acciones escénicas fijan imágenes y palabras que operan una suerte de revolución al activarse en nuestro pensamiento tiempo después del espectáculo.

La revolución acontece, no solo por la clarividencia, sino porque, de repente, un suceso de nuestro devenir cotidiano, por analogía, hace que vuelvan a resonar aquellas palabras y aquellas imágenes que nos impactaron en el espectáculo.

Un ejemplo que puede parecer anecdótico, pero que, al mismo tiempo, tiene muchas derivaciones: hace un tiempo, al salir de la ducha, descubrí la imagen de mi cuerpo desnudo reflejada dentro de un cuadro. El cuadro albergaba una fotografía antigua, en blanco y negro, del “sky line” de Nueva York, perteneciente a la colección de The Metropolitan Museum of Art. El cristal del cuadro reflejaba mi cuerpo y yo aparecía fundido en medio de la bahía. Entonces cogí el teléfono para hacer una autofoto. En el mismo momento que me enfocaba apareció en mi mente la imagen de Claudia Faci, mirándome sonriente y desafiante a la vez, y de repente recordé sus palabras, porque esa “autofoto”, evidentemente, no solo era para mí, sino para compartir:

“LA ESCENA TEMIDA"

Veamos, ¿cuánto tiempo ocupa cada uno de vosotros al mes construyendo un perfil en Linkedin, en Instagram, en Facebook o en Tinder? O retocándolo. ¿Cuántas veces cambiáis la fotito para mejorar vuestra imagen? ¡Vamos, queridos, no disimuléis! Todos queremos gustar, a todos nos gusta seducir, ¿qué hay de malo en ello? ¿Acaso hay algo que nos chirría en eso de la seducción? ¿No será la promesa implícita en cualquier forma de seducción? La promesa de un polvo, por ejemplo, o la de cumplir con un programa político, o la de la eficacia profesional. ¿No será que en el fondo sabemos que no sabremos estar a la altura de nuestras promesas? ¿O que detrás de nuestra capacidad de seducir ya no hay nada, ni siquiera promesas?”

Efectivamente, estas palabras actuaron como un revulsivo porque activaron mi conciencia respecto a la promesa vacía que, de alguna manera, era mi cuerpo posando superpuesto y fundido con la bahía de Nueva York.

Las palabras y la imagen de Claudia Faci, mirándome directamente desde el escenario, con una grada de público virtual, removiéndose en sus butacas, proyectada en la pared de fondo de ese mismo escenario, hacen realidad ese sueño de un teatro revolucionario.

Me refiero a la pieza titulada Valientes del colectivo que se hace llamar “Terrorismo de Autor”. Una propuesta de Claudia Faci y Antoine Forgeron. Un texto de la propia actriz y dramaturga Claudia Faci y de Antonio Ruiz.

La oportunidad me la dio el Teatro Ensalle de Vigo (Galiza).

Valientes es revolucionario porque Claudia Faci canaliza los descontentos y los desasosiegos que nos asolan de manera más o menos consciente poniéndonoslos delante. ¿Cómo nos los pone delante? Pues con su presencia desnuda, desde la proximidad de la mirada y de la interpelación directa, hablándonos a los ojos, desafiando nuestro pensamiento con un arsenal filosófico totalmente nivelado para nuestros oídos desprevenidos, desde su carne.

“Buenas noches y bienvenidos. Me llamo Claudia F. y estoy aquí para haceros una propuesta: que desertéis. Que desertemos todos. Esa es mi tarea. Para empezar, que vosotros desertéis de vuestro papel de espectadores a la vez que yo hago lo mismo como presencia escénica. ¿Os lo imagináis? Yo sí.

Y dicho esto, os contaré algo sobre mí, más que nada para romper el hielo: según fuentes oficiales – o sea Google -, soy bailarina, coreógrafa, actriz, dramaturga, docente y autora independiente. Normalmente queremos creer que somos algo más que palabras, pero últimamente yo ando empeñada en ser bastante menos.”

En una pantalla lateral aparece proyectado, como un eslogan: “ÚLTIMAMENTE ME EMPEÑO EN SER MUCHO MENOS”

En la pared de fondo del escenario, como ya he señalado, observamos una grada virtual con espectadoras y espectadores virtuales, que, además, llevan una careta puesta con la fotografía de diferentes personajes (Pasolini, Pipi Calzaslargas, etc). Las espectadoras y los espectadores, pese a sus caretas, que los convierten en esfinges, se remueven en sus butacas y realizan gestos autoadaptadores (cruzarse de piernas, cruzarse de brazos, apoyar la cabeza en la mano, frotarse la barbilla…), que denotan una cierta incomodidad.

Las espectadoras y los espectadores “reales”, que estamos en esta otra grada, también realizamos, sin querer, unos gestos parecidos. De tal manera que se produce una especie de reflejo o analogía, una especie de simetría turbadora entre la grada “real” y la “virtual”, con Claudia Faci en medio, como detonante. El espectáculo afirma su propia realidad al evidenciar, en su metadiscurso y en su metateatralidad, en su autoreferencialidad crítica, su condición artística o excepcional. El formato es el de una TED Conference.

Busco en Internet y encuentro una página web que publicita la lista de sus TED Talks con palabras muy similares a las que yo he utilizado antes para calificar ese teatro revolucionario que sigue actuando en tu mente después de haber asistido a la función: “Once you match these talks, you may not be able to get them out of your head. These talks have staying power and, as you go about everyday life, we bet you’ll find yourself thinking of them often.”

Las palabras que siguen la presentación de Claudia nos van a exponer una de las cuestiones más perturbadoras de la pieza: las estructuras de comportamiento y de gestión de los afectos que ya tenemos totalmente interiorizadas y que coartan nuestras relaciones y nuestra propia realización personal. La exposición establece un paralelismo teórico y práctico con la dramaturgia del espectáculo, plenamente asumida por los intervinientes.

Posteriormente, irá directa al meollo para finalizar exhortándonos a cometer el único crimen que, quizás, nos es permitido, si estamos preparados para ello:

“[…] destruir en nuestro corazón la lógica del sistema.

Escuchar ese latido… y detenerlo.

Apagarlo.

Me estoy quedando sin palabras.

Ya no me quedan argumentos.

¿Y las nuevas ideas?

¿Y las nuevas palabras?

Esas llegarán cuando el corazón esté preparado.”

De algún modo, Claudia Faci, encarna, incorpora, el pensamiento y se ofrece como desveladora.

La interpelación directa, ofreciéndonos un teatro de la teoría del teatro y de la revolución necesaria, sigue un formato semejante al de Insultos al público de Peter Handke.
Con la idea de la escena destituida, en vez de constituida, con la idea de abandonar la identidad y el rol que tenemos asumido, de espectadoras/es, se nos propone la verdadera revolución de cagarla, de aceptar el fracaso y no esconderlo, de aceptar el dolor y no disfrazarlo tras las pulidas pantallas, de computar el tiempo que miramos pantallas y el tiempo que miramos a los ojos a alguien durante el día.

Todo esto se nos propone con la contundencia de quien se desnuda, porque ella se desnuda mostrando la fortaleza de su fragilidad física, en ese gesto casi de chivo expiatorio. La contundencia de quien se abre, literal y metafóricamente. La contundencia, incluso, de quien mea de pie en el escenario ante el reflejo de los colores de una bandera que simbolizaba la igualdad, la libertad y la fraternidad.

La revolución de destituir de nuestro corazón las estructuras del sistema.

Cada uno de nosotros, dice Claudia F., alberga, como mínimo, a un empresario, un director de marketing y un creativo. Los llevamos incorporados y consiguen que nos autoexplotemos veinticuatro horas al día. La revolución está en erradicar a estos intrusos que nos constituyen, destituirlos, igual que se destituye del teatro de Claudia Faci una ficción confortable.

La locura brota en la escena en las acciones de Claudia, en su radical cordura y en su convincente exposición.

Después, la locura, aparece en forma de documental audiovisual, que nos sitúa delante del primer plano del rostro de un hombre, Antonio, que nos mira mientras un magnetófono reproduce su voz y su discurso sobre su enfermedad, la jubilación anticipada, el dolor, la miseria, la supervivencia y la valentía, la dignidad insobornable.

Una locura iluminadora, clarividente, simpática, volviendo cierto el viejo adagio de que los locos y los niños dicen la verdad.

Por el medio otras imágenes y por el medio de ellas Antonin Artaud en Jean d'Arc, o la canción Heroes de David Bowie.

Esta pieza de Claudia Faci es ciertamente valiente y, por el calado de la comunicación que logra establecer con nosotras/os, resulta, además, revolucionaria.

 

 

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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