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Dom, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Les confieso una intimidad: desde que apareció la película "Forrest Gump", cuando veo a Tom Hanks no veo a Tom Hanks sino a Forrest Gump. Y así, toda su filmografía me parece una serie que narra en capítulos las aventuras y desventuras de ese delicioso personaje, tan deficiente en algunos aspectos como superlativo en otros. Vamos, que "Robinson Crusoe" se me convierte en Forrest Gump perdido en una isla, "Salvar a soldado Ryan" en Forrest Gump en la guerra, y "Apolo 13" en Forrest Gump de viaje por el espacio. Créanme, no tengo nada en contra de Forrest Gump, digo de Tom Hanks, que ha hecho trabajos de interpretación memorables, pero sucede que mi cerebro ha asociado de forma tan fuerte la imagen del actor con la del personaje, que ya no hay película capaz de romper tal vínculo. Para mi desgracia, entre yo y el bueno de Hanks se ha abierto una distancia insalvable: el prejuicio.

Hablamos pues de prejuicios y donde quiera que éstos se nombren casi siempre están mal considerados. Tener un prejuicio es como tener tatuado el nombre de una antigua amante en el pecho izquierdo, pues se asume que es una opinión devaluada, vergonzante para quien la escucha y, sobre todo, inmutable por mucho que pase el tiempo. En algunas ramas de la psicología, sin embargo, tienen mejor fama y, de hecho, los llamados prejuicios cognitivos resultan estrategias de supervivencia fundamentales. Como bien sabemos, nuestra capacidad para captar la compleja realidad que nos circunda es limitada. A la hora de procesar aquello que de otra forma nos saturaría, el cerebro elabora los mencionados prejuicios cognitivos, esto es, esquemas sintéticos de la realidad, quizá erróneos, quizá irracionales, pero que le permiten situarse y ponerse en disposición de afrontar unas circunstancias que pueden tornarse en contra.

Ejemplo de este tipo de prejuicio es el llamado "efecto manada", que describe el acto de seguir a la mayoría, aunque no haya para ello ningún criterio fundado. De tal forma que si en medio de una manifestación un grupo empieza a correr, haremos lo mismo aún sin ver peligro alguno, lo que probablemente nos evite toparnos de bruces con algún porrazo. Otro ejemplo es el "prejuicio de la elección comprensiva", según el cual las decisiones que tomamos en su momento, con el tiempo tienden a ser mejores de lo que en realidad fueron. Así, si en su día optamos por la universidad en lugar de estudiar FP, pensaremos que la elección ha contribuido a que tengamos conocimientos más profundos y ricos, aunque no haya indicios de ello, lo cual mitiga nuestra sensación de fracaso y nos ahorra la cajetilla de antidepresivos. Es decir, aunque no lo parezca, algunos prejuicios en determinadas circunstancias tienen sus bondades. Dicho jugando: hablando invariablemente de forma despectiva sobre el asunto estamos instaurando un prejuicio sobre los prejuicios.

El problema con los prejuicios comienza cuando nos profesionalizamos en un área. Si bien parece normal (y hasta adecuado) que a pie de calle uno pueda pensar que todas las serpientes cascabel son venenosas o que los remedios naturales no tienen efectos secundarios, dichas frases en boca de un biólogo o un profesional sanitario denotarían un diletantismo preocupante. En efecto, algunos prejuicios pueden contener algún consejo útil para el grueso del día, pero metidos en harinas especialistas distorsionan una realidad que es necesario conocer con todos sus matices y excepciones. Dicho esto y dado mi conocimiento de andar por videoclub sobre Tom Hanks, no me atrevería a escribir media página sobre él ni en la revista de ocio del barrio.

Al trasladar la disertación al terreno del espectador y los prejuicios que a éste le asaltan, llegamos a una composición de lugar similar. Si uno es espectador esporádico, de aquellos que acude al teatro sin más pretensión que ocupar una parte de su entretenimiento, lo habitual es que sus elecciones vengan determinadas por prejuicios: lo contemporáneo es raro; si es oriental es lento y por tanto aburrido; lo clásico sólo es divertido en excepciones; la zarzuela es una ópera de barrio sin atractivo alguno; el clown es sólo para niños. O quizá simplemente se deje llevar por el gusto mayoritario. Aunque la gente del gremio luche por romper con estos prejuicios, al espectador puntual le sirven como guía de ocio personal, como un automatismo para decidir qué es lo que va a ver (o lo que no va a ver), sin perder mucho tiempo en la elección.

La cuestión cambia a medida que uno se hace espectador más asiduo, más especializado, cuando ver teatro no sirve sólo para perpetrar esa expresión tan trágica de "matar el tiempo". Es entonces cuando se está obligado a encontrar debajo de los prejuicios elementos de contradicción, excepciones de valor, rebeliones insospechadas a las que sumarse. En ese proceso de búsqueda permanente se van encontrando nuevas percepciones, nuevos valores, nuevas maneras de concebir la creación, ciertamente alejadas de nuestras preferencias, pero no por ello menos válidas. Y porque es sólo cuestión de tiempo que una opinión emergente se convierta en prejuicio, si uno no quiere estar sometido a la dictadura de sus opiniones preconcebidas, no hay más remedio que entrar en un ciclo permanente donde uno va desterrando unas creencias para hacerse con otras.

Decía Ferdinando Taviani refiriéndose al actor, que el cliché no es algo reprobable en sí mismo. Dado que es imposible no caer en ciertos automatismos expresivos, el problema es una cuestión de cantidad. Un actor que tiene sólo tres o cuatro clichés será malo. En cambio un actor con cientos de clichés será uno de los mejores. Creo que un criterio similar se puede aplicar al espectador y sus prejuicios.

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
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La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
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Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
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Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
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