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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Empieza una nueva etapa. Cada cuál andará con sus emociones, sus deseos cumplidos y sus vistas puestas en un futuro mejor. Yo pediría con humildad el destierro absoluto, el compromiso estricto de todos los que gestionan la vida municipal contra el clientelismo. O dicho de otro modo, no voy a derramar ni un lágrima por aquellos y aquellas que hoy están recogiendo sus papeles de los despachos de gestión cultural obtenidos por la designación directa, en demasiadas ocasiones, muy ligadas a su ideología o militancia. Aunque sean amigos o amigas, que los tengo en estas circunstancias. Aunque sea buenos y hayan logrado diseñar un espacio positivo. Todo debe ser democrático, transparente, y con proyectos que se puedan comprobar posteriormente, no con vaguedades o "habría que...".

Esto significa que igual que aplaudiré estas defenestraciones, apartamientos, lamentaré que se cambie por otros clientes, por otros cercanos a los partidos emergentes o coaligados. Sería nefasto dejar en manos de otros "listos" de partido, sin que se realice una selección abierta, a partir de un proceso previo de definir qué se quiere hacer. Los políticos y sus asesores circunstanciales, por área o segmento de producción cultural deben estudiar y plasmar en un documento sus estrategias, su programa para los cuatro próximos años. Es decir, definir las políticas culturales que desean hacer, dotarlos de presupuesto y entonces elegir de manera pública, democrática, limpia y transparente el mejor proyecto que se ajuste a esa voluntad previa.

Este es el gran reto que tiene los nuevos consistorios. No se trata de empezar hoy a firmar decretos ley, sino empezar a estudiar con profundidad, revisar, eso sí es importante, los contratos firmados de manera poco limpia, establecer una estrategia y empezar a moverse. Todo debe empezar a notarse en 2016. Esto es una obviedad, pero de momento frenar la sangría, los despropósitos, revisar todo, especialmente los programas que viene de una costumbre, una rutina, una inercia y que no tienen mucho sentido en estos tiempos, a o la menos no lo tienen desarrollados en las maneras actuales. La regeneración de la oferta cultural es parte de la regeneración de una ciudad, villa o pueblo.

Y mucho cuidado con seguir la táctica que se ha empleado hasta ayer: hacer declaraciones rimbombantes, ruedas de prensa propagandísticas, hasta reglamentos o decretos que leídos parecen ideales, pero que en la práctica son un desastre porque son incumplidos de manera constante. Esta fórmula tan desesperante de hacer todo lo contrario de lo prometido, incluso de lo que cualquier ciudadano interpreta de sus propios leyes. Una regeneración en el tejido cultural ayudará a un resurgimiento de una actividad más equilibrado, más cercana a la ciudadanía, más útil para con solidar proyectos profesionales, para reactivar el deseo de los públicos (nuevos, viejos o resucitados)por acudir a los teatros si se les ofrecen programaciones de acuerdo a sus sensibilidades estéticas, éticas y políticas. Sin olvidarse de nadie. Pero no programando solamente para mantener a los de siempre, con lo de siempre y dirigido a un tipo de ciudadanos muy concretos que no es momento de calificar, sino de estudiar.

Por eso, y todo lo demás, ojalá sea verdad que empezamos una nueva etapa en la vida cultural y especialmente de las artes escénicas como exponente de lo más cercano, natural, en vivo y que crea conciencia y e mociones de identidad. En Madrid, por ejemplo, la alcaldesa tiene un gesto inmediato para hacer ya, revocar el cierre municipal del Teatro Nuevo Apolo por un reglamento de difícil cumplimiento. Por ejemplo. Seguro que en cada localidad hay unas medidas urgentes, pero las importantes son las de futuro, que cambien la podrida estructura de funcionamiento y la falta de impulso cultural en las programaciones y demás acciones. Y después que venga una ley del Teatro, por favor para dejar claro lo fundamental para los de ahora y los venideros.