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Jue, Jun

Commedia, un xoguete para Goldoni es una reposición de aquel espectáculo que se había estrenado con éxito sobresaliente en la Mostra de Ribadavia de hace 25 años. Una pieza de Cándido Pazó que junta, con mucha habilidad, algunos de los recursos más divertidos y teatrales de la Comedia del Arte italiana.

Los “lazzi” de la “Commedia dell’arte” son juegos escénicos que mezclan ciertas pautas de improvisación, basadas en caracteres típicos: los criados y sirvientas, los señores, los capitanes, los doctores, los taberneros y cocineros... caricaturas de ciertos rasgos de carácter: la picaresca y la bonhomía de los criados; la ambición y la tacañería de los señores; la presunción y fanfarronería de los militares, que resultan, finalmente, unos desgraciados cobardes; la astucia y la conveniencia de los taberneros, cocineros y comerciantes; la pomposidad vacua de los doctores, etc., mezcladas, estas pautas de conducta, para las improvisaciones, con acrobacias, mimo, música, canto y baile.

Todo esto aparece deliciosamente articulado en Commedia, un xoguete para Goldoni.

El elenco, integrado por Víctor Mosquera (actor y Arlequino), Marcos Orsi (actor y Pantalone, además de otros personajes), Nuria Sanz (actriz y Arxentina, la criada de Pantalone, esposa de Arlequino), Sergio Zearreta (actor y Capitano), Avelino González (actor y Tabernero) y César Goldi (actor y Xuíz Doutor), realizan un trabajo muy físico y sorprendente por la agilidad y ritmo de comedia.

Hay, en todo este elenco, un magnífico trabajo de grupo, pleno de escucha y empatía que, sin duda, se contagia al público. Esto da lugar no solo a la diversión que implican las peripecias de la historia de Arlequino, que con el anillo mágico pierde la memoria, hasta el punto de no reconocer ni a su esposa, ni a amigos o enemigos, sino también a una simpatía general entre artistas y público. Simpatía que se extrema en momentos extraficcionales, cuando reímos en complicidad con los actores y la actriz, en ese desdoblamiento metateatral tan rentable, en el que entran y salen de los personajes.

Los personajes son como los muñecos de un juguete cómico, con los que los actores y la actriz, entre músicas, chanzas, bailes, cantos y piruetas, hacen nuestras delicias.

La “muñequización” o “marionetización” es un mecanismo cómico de primer orden, cuando se utiliza para efectuar una caricatura tierna y humorística de algunos comportamientos humanos, exagerándoles ese lado risible.

La “muñequización” se consigue, además, por la repetición de un repertorio de movimientos y gestos característicos y diferenciadores de cada personaje. A esto se le suman los efectos sonoros y musicales que acompañan algunos de sus desplazamientos y gags: caídas y piruetas subrayadas por sonidos de cuerdas frotadas o de chifles y silbidos, tintinear de monedas invisibles con el clin-clín de unos crótalos, rugir de las tripas con el hambre a través de onomatopeyas que lo exageran, etc.

Los gags, de naturaleza casi circense, implican piruetas y acrobacias sencillas, pero eficaces, entre las reverencias, las carreras y los saltos.

El diseño del espacio escénico, la indumentaria y la caracterización de Suso Montero, que recibió el Premio de Honra Roberto Vidal Bolaño de la 34 MIT Ribadavia 2018, junto al también escenógrafo Carlos Alonso, recrean aquel teatro de las compañías ambulantes de la Comedia de Arte italiana, estilizándolo de manera metateatral. O sea, haciendo que se vea que es una cita plástica e icónica de aquel teatro legendario, y huyendo, muy inteligentemente, de la realización de un historicismo realista museístico.

Los paneles pintados recrean los decorados de un teatro mítico. En el centro del escenario hay una tarima, acolchada y forrada de terciopelo granate, que permite un espacio circundante para que se muevan los actores y la actriz desposeídos de los personajes, tocando instrumentos, animando la función que acontece encima de esa tarima, en la que los personajes son los muñecos de un cuento fantástico y naif. Todo, incluidos los instrumentos musicales de inspiración antigua, está al servicio del divertimento teatral.

El espectáculo viene a ser un compendio y una celebración de las convenciones teatrales más tradicionales de occidente, heredadas de la comedia antigua griega, de los tipos que ya aparecían en las piezas de Menandro (342-292 a.C.), que fueron retomados por el comediógrafo romano Plauto (254-184 a.C.), y popularizadas en los “canovacci” de las compañías de la Comedia de Arte italiana (desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del XIX), que Goldoni (1707-1793) recoge y complejiza en obras tan famosas como Arlecchino, servitore di due padroni (1745).

Además de un compendio y una celebración de los pactos de juego más tradicionales y paradigmáticos de la comedia occidental, esta pieza de Cándido Pazo galleguiza, o mejor aún utilizar el verbo de Cunqueiro: “anosa”, hace nuestra, esa tradición, al recuperar de ella aquellos aspectos que les sientan como un guante a los actores y a la actriz del elenco gallego.

Van, por el medio, guiños a la actualidad gallega, y se conduce todo desde la musicalidad del acento gallego y una modulación del humor más atlántica que mediterránea. Un humor que huye de lo escatológico y se yergue sobre aspectos más ligados al fado y a la morriña, a través de ese juego en el que Arlequino olvida o recuerda, también en relación directa con la muerte, cuando el Doutor Xuiz analiza al supuestamente difunto Arlequino. Estar muerto o vivo solo es cuestión, al final, como quien dice, de recordar o no recordar y, sobre todo, de no perder el humor.

Una pieza, esta Commedia, un xoguete para Goldoni, que nos invita a reír de las complicaciones que, tanto la memoria como la desmemoria, nos pueden provocar.

 

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