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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Una de las obras que más me aleccionaron sobre las posibilidades de acercarse a los clásicos con una mirada actual fue la titulada en su versión española de Carla Matteini 'Como los griegos', de Esteven Berkoff, con dirección de Guillermo Heras. Uno mantiene recuerdos de las obras, los espectáculos, que le han ido creando un sustrato intangible en su memoria y que van conformando una idea del mundo y del teatro como lugar de encuentro y reencuentro por encima de coyunturas administrativas. Y en esta ocasión era la revitalización del teatro griego como fuente de conflictos en donde están plasmadas todas las situaciones que hoy, con matices y variantes circunstanciales, nos importan como seres humanos, como ciudadanos, como actores políticos.

Y como hemos amanecido con la mirada puesta de nuevo en Grecia donde nacieron palabras, conceptos, ideas que ahora se nos reinventan: democracia, parlamento, teatro, esperanza, volvemos a reactivar los motores que nos lleven a pensar en las posibilidades reales de que la cultura, y especialmente las artes escénicas, vuelvan a tomar el lugar preponderante en la vida social y política. Se trataría de devolverles en el plano fundamental, creativo y de difusión su utilidad como espejo del cambio. No es necesario hoy ponernos a señalar, ni a desmontar estructuras, sino a rescatar alguno de los ordenamientos morales, éticos, estéticos y políticos de la función de las artes escénicas en los procesos de cambios políticos.

Que nadie se ponga nervioso, no se trata de descabalgar a nadie de sus caballos de cartón, de sus castillos de naipes, de sus posiciones de privilegio logradas por su colaboracionismo y sumisión, sino de volver a recordar que tenemos el privilegio de practicar una de las artes más importantes de las que el ser humano ha inventado, el Teatro. Y eso es un compromiso muy grande como para hacer de ese acto rotundo un juego banal, un entretenimiento o una actividad mercantil, individualista, soez por su mediocridad, buscando solamente la dispersión de las fuerzas sociales en beneficio de egos o esteticismos ramplones que conllevan una mirada conservadora de la sociedad y sus componentes.

Se nos abren todas las posibilidades de caminar en paralelo con una parte de la sociedad que busca sacar la cabeza de este marasmo depresivo político y económico en el que se nos ha metido. Desde la denuncia o desde la planificación del futuro. Desde el arte y la entidad cultural fuera de toda duda de su inmensa capacidad de transformación. Se nos reclama una toma de postura inequívoca, una disposición a regenerar el tejido teatral, como uno de los pasos importantes para que se pueda llegar de mejor manera a todos cuantos nos esperan en sus casas con las ganas de acudir a verse identificados en nuestros escenarios, en nuestras estéticas, en nuestras miradas a un mundo que cambia y que no puede congelarse en el siglo de oro sin reproches, sino que hay que mirar que nuestras vidas, nuestros deseos, nuestras ansias y frustraciones estuvieron ya descifrados por los griegos, quienes ahora, milenios después, nos vuelven a despertar del sueño europeísta narcotizante que se olvida de los seres humanos porque los dioses viven en chalets unipersonales.

Cada uno de nosotros, hoy, somos una parte fundamental del futuro de todos. Y sobre todo de las Artes Escénicas. De su regeneración, de su valorización, de su necesidad social, de su utilidad pública. Como los griegos.