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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Nada es en sí mismo por el solo hecho de existir sino que adquiere su real dimensión al ser comparado con un equivalente. Nadie es alto o bajo per se, si no es comparado en estatura con otro. Nadie es inteligente o idiota si no se le comparan sus habilidades para la resolución de problemas con las de otro. Por algo existe en la sabiduría popular la frase de que en el país de los ciegos el tuerto es rey haciendo alusión a la comparación con alguien de capacidades inferiores para sentirse así muy superior. La comparación puede ser una manera de situarse en contexto pero genera una irritabilidad máxima cuando esta comparación va aparejada del mensaje entre líneas de que no solo se está comparando con, sino que se está insinuando una manera de ser, un modelo a seguir.

Todos somos diferentes puesto que somos una singular combinación entre millones posibles, de materia y espíritu, cada uno de nosotros es modelado por factores de herencia, por buscadas experiencias de vida y también por el azar.

En la herencia está nuestro color de piel, nuestra estatura, algunos rasgos de carácter y una larga lista de características que no podemos ni eludir ni elegir.

En las experiencias de vida, no es ningún secreto que las que más nos marcan son aquellas vividas durante nuestra infancia, tanto positivas como negativas.

Con la herencia no es mucho lo que se puede hacer salvo aceptarla y utilizarla disminuyendo sus falencias y potenciando sus fortalezas en nuestro favor.

El gran trabajo a realizar es el de acumular experiencias de vida que amplíen nuestros horizontes y aumenten nuestras posibilidades de solución ante la problemática eterna de nuestro existir.

Toda manifestación artística quiere comunicarnos la visión meditada que su creador tiene sobre los más diferentes aspectos de la existencia. Desde una imagen nostálgica capaz de hacernos suspirar hasta el repudio absoluto ante lo que se nos muestra e incluso pasando por la indiferencia ante la obra, toda experiencia artística ya sea desde el enfoque del creador o el sentir del espectador, sin duda nos da ese espacio íntimo de reflexión capaz de señalarnos de alguna manera el camino a seguir.

Si bien es cierto las ciencias duras son indispensables para el mejoramiento continuo de las variables físicas que definen nuestro hábitat, las artes son las encargadas de incitar a nuestras consciencias para mejorar el espacio psicológico social en el cual nos desenvolvemos.

Lo he dicho una y mil veces; el hombre por ser teóricamente el más evolucionado de las especies animales, le debe ese título a las ciencias capaces de generar respuestas aunque antes estuvieron las artes que generaron las preguntas.

Si donde terminan las respuestas comienza dios, las artes son la herramienta que utiliza la divinidad para removernos constantemente el piso hasta hacernos perder el equilibrio capaz de obligarnos avanzar para no caer.

Y si de comparaciones se trata, la obra artística materializada por el hombre es el mayor acto de creación posible, lo que, a no dudar, lo transforma en una fuerza poderosa capaz de concebir divinidades a su imagen y semejanza: el hombre a través del arte es un verdadero dios incomparable.