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Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Acabó el Fringe; acabó Almagro; acabó Olmedo. No se sabe si empieza o termina el verano teatral. Quedan citas: Mérida en el horizonte. Las fiestas patronales proporcionan una programación dicharachera, volatinera, para todos los públicos. Humor, famosos, cuernos y desamores. Un compromiso con la alienación. Hacer un simulacro de televisión en directo, repetir los mismos esquemas. Y las recaudaciones como objetivo único. En medio quienes siguen en la brecha, peleando por un lugar al sol, en este caso el Sol de York, una sala de Madrid que debe cerrar, como dijo un compañero el pasado sábado en un debate, "por hacerlo bien".

Estuvimos dentro del Fringe hablando de teatro desde la perspectiva de cuatro periodistas dedicados a la información cultural y/o teatral, dos del ABC, prensa generalista, y dos de revistas especializadas, Godot y el que suscribe que también colabora con prensa generalista en las páginas culturales. No dijimos nada nuevo. Frente a nosotros un público tan interesado como escueto, mientras alrededor pasaban personas despistadas que iban a sus cosas o a la magnífica terraza del café-teatro del Matadero o a ver alguna obra.

En cualquier caso un ambiente cultural, veraniego, guapo, importante, dentro de una propuesta que trae nuevos aires escénicos, que selecciona aquello que puede abrir alguna brecha en los discursos más convencionales. Lo realmente impresionante es el espacio. Matadero puede y debe ser un referente, un nido de nuevas voces, un lugar ideal para la creación y el encuentro con la sociedad, con los públicos. Este espacio, a poco que se lo cuide, que se lo tome en serio el responsable del mismo, el Ayuntamiento, con algo de presupuesto bien usado puede convertirse en un lugar para soñar. Simplemente ayudando a canalizar todas las fuerzas que pueden converger. Utilizando de manera sensata sus locales, aprovechando todas las posibilidades con imaginación.

Pero muchas veces lloramos, mostramos la parte oscura de la realidad, nos colocamos en la obscena realidad cultural de Madrid, de España, y entonces aparecen irregularidades, flatos, deseos frustrados, incertidumbres. ¿Y tú que puedes hacer? Es la pregunta que deberíamos hacernos todos los que de una manera u otra manifestamos nuestro amor por las artes escénicas. Una persona del público preguntó qué puede hacer la prensa para cambiar la situación actual del mundo teatral. Y la verdad es que se trata de una circunstancia muy adversa.

Julio Bravo de ABC se posicionó en un punto de equilibrio: seguir haciendo lo que hace de la mejor manera posible, pelear por tener espacio en su medio, y esperar. Todos los que todavía tocamos papel, sentimos que estamos ante una transición interminable. No es suficiente la migración a lo digital. No está claro. Es muy pronto. El papel todavía produce una fascinación importante. Las revistas especializadas, las gratuitas o las de menor contacto inmediato con la cartelera, vivimos a salto de mata. Pero no son excusas. Si existimos, si salimos, tenemos un compromiso, y cada cual debe saber dónde se coloca.

Hablamos subliminalmente de la censura. De cómo reparten las instituciones la publicidad. Y sin querer señalamos la irreverencia del INAEM y sus unidades de producción. Con detalles que no vienen al caso, pero que manifiestan que sus "buenas prácticas" son una falacia insostenible. La situación de la prensa en general, de la especializada, de todo aquello que debería entenderse como una manera de comunicación con la sociedad está tocado; o hundido. Se sustituye todo por las redes sociales. Se pone demasiado énfasis en estas brevedades y círculos cerrados.

Quizás el compromiso máximo del periodismo teatral o incluso de la crítica, sea el del rigor, el de hacer el trabajo bien, huir del copiar y pegar como única investigación, especializarse al máximo, profundamente, contribuir a despejar los nubarrones, ayudar a apagar el barullo. Tarea difícil. Todos gritan. Todos dicen tener sus razones. Todos necesitan vivir. Y todos vamos a morir. Si nos ponemos cada uno desde su lugar de destino en esta batalla al servicio del teatro, de las artes escénicas, consideradas como un servicio público cultural, a lo mejor se va despejando el panorama. Ahora llegan vacaciones, pero después viene lo otro. Lo terrible. El otoño. El día a día. Todo sigue, para bien y para mal, intacto. Y necesita cambios. La transición política está terminado de manera abrupta. A las Artes Escénicas debe llegar esa necesidad de refundación, constituyente.