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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En un determinado momento cualquiera puede sentir estrés. Cualquiera puede verse sobrepasado por unas circunstancias que ya no puede manejar. Cualquiera puede quedarse en solo nervios, si por alguna razón ya no tiene ilusión por seguir en gerundio, haciendo, sintiendo, proyectando. Cualquiera. Hamlet lo dijo a su manera. "El rey obeso y el escuálido mendigo son dos platos para una misma mesa: el fin". Obviamente Hamlet se refería a la muerte, pero algo similar podríamos decir de la enfermedad; al fin y al cabo, las enfermedades no son sino probaturas más o menos serias que la muerte hace con nosotros. Es casi un dicho coloquial: en la muerte y en la enfermedad nos igualamos todos. El estrés, una de las enfermedades más frecuentes de esta modernidad, también parece que hace tabula rasa con nosotros. Un parado puede sufrir estrés porque no llega a fin de mes, de la misma manera que Botín puede acabar desquiciado por no pescar suficientes anguilas en las Islas Caimán, o la Infanta porque Urdagarin no pone el tapón a la pasta de dientes. Y aunque bien sabemos que unos y otros no tienen el mismo derecho a sufrir estrés, si éste es real, sea cual sea su causa, un médico de oficio no advertiría la diferencia. Todos presentarían síntomas similares. Taquicardia, respiración rápida, temblores, sudoración y la hormona del estrés con triple asterisco en los análisis. Botín, la Infanta y el parado indistinguibles en la frialdad del diagnóstico.

Pero como decía, ni todo el mundo se gana el derecho a sufrir estrés, ni todo el mundo tiene las mismas probabilidades de padecerlo. Depende de las circunstancias. Familiares, de salud... o de trabajo. Precisamente hace poco se publicaba una lista de los trabajos más estresantes de Norteamérica. El estudio lo había realizado un investigador en materia laboral, después de analizar hasta 747 oficios diferentes. Para cada uno de ellos computaba la tolerancia al trabajo, que mide la frecuencia con la que el trabajador se enfrenta a una situación de estrés, así como la consecuencia de los errores, que estima la gravedad de lo que sucedería en caso de equivocación, y la presión temporal, que se refiere a la premura de las fechas límite. Pues bien, entre las quince profesiones más estresantes figura la danza. Sí: han oído bien, el oficio del bailarín es uno de los más estresantes del planeta.

Así, a bocajarro, la noticia rompe el prejuicio instalado en gran parte de la parte de la sociedad anónima, según el cual la danza, y por extensión las Artes Escénicas, son actividades de divertimento, tanto para quien las admira como quien las práctica, carentes de rigor y disciplina. En la lista del estrés, la danza se equipara con enfermeras anestesistas, psiquiatras, controladores aéreos, cirujanos o ginecólogos. Según el estudio, la tensión que se tiene que manejar en estas disciplinas es similar. Si exploramos un poco más encontramos un territorio común para estas estresantes profesiones, pues la mayoría de ellas deben su maestría a la precisión, la capacidad de reacción, la resistencia psicológica o la capacidad empática, cualidades que además deben aflorar y alcanzar su plenitud con el pulso desbocado.

Se trata pues de oficios de acción directa, que requieren enfrentarse a dilemas a resolver aquí y ahora, en un acto que debe certificar un trabajo en cadena. Si se fijan, en la lista no hay intermediarios, ayudantes periféricos, ni jefes de oficina. Está el cirujano pero no el gerente del hospital, está el ginecólogo pero no el ministro de cultura, está el piloto pero no el ingeniero aeronáutico. Y se habla de bailarines (tal y como probablemente se podría hablar de actores), pero no aparecen programadores, críticos, técnicos culturales, directores o productores. El bailarín (o el actor), lo mismo que los trabajadores de la famosa lista, llegado el momento asumen la máxima responsabilidad en solitario, y aunque culminan una labor en la que han participado otros muchos, la implicación de éstos, aun siendo necesaria, no deja de ser secundaria o periférica. Aunque a veces lo olvidemos, quienes estamos en segundo plano no somos nada sin ellos. Sin ellas. Conviene tenerlo presente. Recordar que en esto de las Artes Escénicas, quien finalmente está en el centro asumiendo el auténtico riesgo, es el bailarín, la actriz, el cantante, acróbata o cualquier otro tipo de guerrero escénico.

Por cierto, si leen detenidamente la noticia, se darán cuenta de que la lista de los trabajos más estresantes está copada por aquellos relativos a la salud, la educación y la cultura, precisamente áreas que están asumiendo las consecuencias de una crisis que han generado otros oficios, ligados a la especulación y gestión bancaria, que no aparecen en dicha lista. ¡Caramba qué coincidencia!