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Jue, Ene

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Confinamiento. Esta es la palabra del año 2020 para la Fundación del Español Urgente (Fundéu RAE), fomentada por la Agencia Efe y la Real Academia Española (RAE) que anualmente selecciona el término más representativo de esos doce meses. No creo que le extrañe a nadie. Definido como “aislamiento temporal y generalmente impuesto de una población, una persona o un grupo por razones de salud o de seguridad”, el término “confinamiento”, lo hemos experimentado todos en el annus horribilis que acabamos de dejamos atrás. Correcto.

 

Se hablará tiempo del 2020 y una cuestión que planteo para su reflexión es ¿qué hemos hecho durante este aislamiento? Cada uno habrá hecho lo suyo, lo que haya podido, pero si hace usted la pregunta en su círculo familiar y/o de amistades, raro será que alguien no diga haber dedicado tiempo a jugar con la play, la consola, el ordenador o similares, vaya, que haya pasado sus horas dedicado a tareas de inmersión de ocio electrónico en universos en los que matar zombis, construir ciudades, explotar bombitas o vaya usted a saber.

La realidad impuesta en el año que acaba de termina nos puede hacer reflexionar sobre la realidad del ocio al que hoy se recurre cada vez con más frecuencia. Es difícil conocer hoy a alguien que no use el ordenador personal para su ocio y eso que haberlos, haylos, pero no es fácil encontrar gente joven y no tan joven que no haya experimentado ese subidón de adrenalina al jugarse la vida on line con sus amigos en programas que prometen experiencias casi reales, únicas, en las que adentrarse en mundos distintos para experimentar realidades virtuales. Pero la industria del ocio no se queda ahí, nos tienta con más. Ya puede complementarse la experiencia del juego con el uso de cascos, gafas y/o guantes con los que consumir productos multimedia para experimentar realidades paralelas a la real, la llamada realidad virtual. Parece que el confinamiento no ha sido suficientemente irreal ya que las ventas de este tipo de artilugios se han disparado en los últimos meses. O quizás, sí que lo ha sido, pero preferimos “vivir” otras realidades, y no me extraña. Para el que no lo conozca, existen realidades virtuales aumentadas, inmersivas o mixtas. Me interesa tratar las inmersivas.

Consisten en programas de software a los que el usuario se engancha con los dispositivos mencionados (gafas, cascos, guantes) con los que ver, oír y tocar un conjunto de escenarios virtuales que permiten experimentar la sensación de pertenecer a ellos, un universo virtual que habilita y promete emociones reales, risas, sustos, en definitiva experiencias en espacios irreales difíciles de sentir en la vida real que pretenden precisamente eso, que sientas algo real. Y yo me pregunto, ¿qué hay más real que el teatro? Tengo la sensación de que esta nueva realidad ofrecida es la cola de la pescadilla que se muerde la cola; comienza con la cabeza que es la vida, continúa con el cuerpo que podría ser la realidad que se puede experimentar en una representación teatral para llegar a esa cola que se acerca a la cabeza y  prometen experiencias “reales” Es un ciclo curioso. Es como el ciclo de la formación actoral en el que se transita por un recorrido pedagógico cuasi-circular en busca de construir realidades de las que se parte, no de vivirlas, aunque algunos intrusos e impostores se salten el proceso por su capacidad de atraer público por su mera existencia y no su trabajo.

La búsqueda de la extra corporalidad en avatares informáticos, podría consistir en el mismo proceso por el que un espectador teatral se adhiere a la ilusión que se construye desde el escenario, con una salvedad: una vez leí algo como que la escena ha de estar transformada por el arte para que su falsa realidad se reconozca y se trate como algo que pueda cambiar la verdadera realidad. De esta manera, se empodera al espectador para cambiar la vida a través del teatro. Un juego de ordenador, por muy real que sea, no podrá nunca cambiar la realidad, por lo que esa cola de la pescadilla nunca llegará a ser mordida por la cabeza. La realidad virtual busca acercase a la realidad mientras que la construcción escénica busca alejarse de ella para transformarla. No hay que confundir la vida real con la realidad escénica construida que debe ser reconocida como ilusión. La escena no debería ser un espejo de la vida real, sino una transformación de esta que habilite caminos para que pueda ser cambiada. La realidad virtual se queda muy lejos de estos planteamientos, es ocio. El teatro es arte.