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Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

En el centro, equidistante de los lados, abajo cuando subes y arriba cuando bajas, es un estadio gaseoso, filantrópico y maniqueo. No tenemos dos hemisferios exactos que puedan encajar en el espejo. Por lo tanto no busquemos otra orientación que la relativa al objetivo de cada cual. Cuando uno llega de un festival como el de Santiago a Mil, en el que ha visto más de una docena de espectáculos, con las salas generalmente rebosantes de públicos en el verano austral, con una energía contagiosa, con propuestas que intentan romper los moldes, que se dedican a dialogar con su sociedad, a través de la memoria histórica reciente. Es decir, enfrentándose con su pasado inmediato, esos años de la dictadura pinochetista que todavía hieren, pero siempre en busca de una conciliación desde el conocimiento, no desde el olvido y el oscurantismo, por lo que no puede uno menos que llegar con las pilas cargadas de esperanzas.

Llegar a Barajas y pasar tres días en MADferia, viendo una parte de la realidad actual de nuestro teatro, es un baño de realidad, de encontrarse con los viejos compañeros, las nuevas incorporaciones al staff feriante, presenciar los espectáculos que intentan hacerse hueco en las programaciones. No es una ducha fría, es otra cosa. He hallado en Madrid una serenidad comprometida. Ya no hablamos en términos derrotistas, analizamos desde una certeza de circunstancias adversas, pero con un acuerdo tácito: tenemos la obligación de continuar, de salvar lo que deje el naufragio, de juntar los recursos para poder sobrevivir. No hay un enemigo, no existen gigantes, son molinillos, son estructuras débiles, resquebrajadas que se deben primero apuntalar para ver si se deben derruir y construir otras nuevas cuando cambie la situación.

No se trata de entrar en un estado de alienación, sino de reserva, de apurar las heces, de luchar contra la tristeza. Vamos a desaparecer nosotros, no el Teatro. Van a cerrarse teatros, salas, no el Teatro. Van a desaparecer compañías, grupos, pero otros vendrán a sustituirlos. Ha sido siempre así. Será siempre así. Por ello hay que afrontar el futuro desde la más absoluta convicción de servicio y de vocación. Las medias tintas hacen borrones..

Y nos llegan noticias malas, o peores, o insufribles desde lo general a lo particular. Por ejemplo, esa gran multinacional del espectáculo llamada Cirque du Soleil va a despedir a más de cuatrocientos trabajadores. Un mundo. Una constatación del momento en que vivimos. Pero seguirán otros miles de sus trabajadores ofreciendo un entretenimiento compulsado por el globo terráqueo. En otras latitudes las noticias son peores, no de reestructuración de plantilla, sino de cese de actividad. Con muy pocas esperanzas de retomarla en el futuro. Sí, duele, recordamos todo lo que han aportado, pero seguimos mirando hacia el horizonte.

Ni así debemos caer en la tristeza, ni en la obcecación, ni en el derrotismo. Podríamos añadir a la lista de caídos por la crisis, las salas que abren, los artistas que se incorporan con ilusiones al mercado, los autores que siguen escribiendo, las actrices que siguen esperando una llamada de teléfono. Hay que replegarse, hacer recuento de efectivos y seguir en la batalla diaria. Porque el teatro no acabará nunca. Nunca es nunca.