Sidebar

23
Jue, Ene

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Lo previsible nos satisface y nos congratula, gracias al reconocimiento, a confirmar lo que esperábamos. Pero lo imprevisible nos sorprende y admira, nos mueve de nuestro lugar, en mayor o menor medida. Los mitos que sedimentan nuestra cultura alimentan, entre otras cuestiones, esa expectativa. Es maravilloso cuando los escenarios los actualizan, agitándolos, e introduciendo variaciones que desvían lo previsible.

 

Este es el caso de Carmen de la Compañía Nacional de Danza, CND, con coreografía de Johan Inger, que pude ver en el Palacio de la Ópera de A Coruña, el 22 de noviembre de 2019.

Fue muy especial esa función, no solo por la sorpresa que supuso la lectura realizada por Johan Inger del mito de Carmen, sino también por la versión musical, que alterna y mezcla Georges Bizet, Rodion Shchedrin y Marc Álvarez, y sobre todo por la interpretación de la Orquestra Sinfónica de Galicia, OSG, dirigida por Manuel Coves, con una espléndida sección de percusión.

La primera imagen de esta pieza de danza contemporánea rompe cualquier expectativa y nos descoloca, para atrapar nuestra curiosidad: una joven con uniforme blanco deportivo, camiseta y pantalón corto, juega con una pelota de baloncesto ante el telón bajado y después en un espacio que parece una cancha deportiva. ¿Quién es esa joven? No puede ser Carmen. ¿Qué espacio es ese, con vocación intemporal, que, sin dejar de ser el escenario, puede evocar una cancha deportiva?

Esta cuestión nos acompañará cada vez que intervenga la joven con el uniforme blanco, casi siempre acompañando al desventurado protagonista masculino, Don José, febrilmente enamorado de Carmen. Tal vez, esta joven deportista sea esa parte femenina que el enamoramiento despierta en el joven militar.

La parte alegórica está muy bien trazada en la dramaturgia de Gregor Acuña-Pohl, con los bailarines evocando a las Sombras o a los Perros, que envuelven y persiguen al desventurado protagonista.

La coreografía de Inger también apuesta, tanto en las partes corales al unísono, como en los dúos de Carmen, danzada por Kayoko Everhart, y Don José, danzado por Daan Vervoort, por un cierto tono deportivo que matiza y renueva, con sus líneas y sus juegos geométricos, el tópico de lo voluptuoso y curvo.

Acontece algo parecido con la concepción escenográfica, de Curt Allen Wilmer, y lumínica, de Tom Visser, facilitando un espacio de juego, transformable, caracterizado por unos módulos tripartitos, de factura lineal y geométrica. Igual que tripartita es la relación Carmen – Don José – Escamillo. Unos módulos móviles que, según su disposición, generan diversas estructuras espaciales, evocando, desde una cierta abstracción, puertas, patios, bosques e incluso una prisión.

Hay en esta lectura de Carmen, más basada en la ópera de Bizet que en el novela de Mérimée, un ambiente más nocturno y lunar que solar. Se nota que las raíces culturales de Johan Inger están en Suecia y ese refresco le viene muy bien al mito de Carmen, porque lo aleja de los tópicos y los estereotipos de la pasión del sur, de Andalucía. Aquí, en la Carmen de Inger, lo caliente palpita en el seno de lo frío.

Del referente andaluz y gitano nos quedan los vestidos de volantes que David Delfín reinterpreta en vestidos de falda corta. En un paisaje de tonos fríos destaca la refulgencia del vestido rojo de Carmen, en contraste cromático con todos los otros vestidos y trajes, tanto femeninos como masculinos, en los que prima el gris, el marrón, los tonos ocres. El vestuario de Don José, igual que el de los soldados, es casi una evocación de lo militar, intemporalizándolo. El torero Escamillo es, quizás, el figurín más fantasioso, aunque se reconoce el referente: un traje de luces completamente negro. Escamillo es aquí, además del torero, un agente de la muerte, una alegoría que se hibrida con la de la lubricidad tenebrosa y fatal.

Además, la figura de este torero, aumenta esa dimensión desasosegante de alegoría de la fatalidad, tanto por la sugerencia del traje de luces negro, como por el coro de mozos que le rodea y vitorea, elevándolo en medio de una plaza configurada por espejos, que multiplican la imagen de manera alucinada.

Hay baile, hay juego, hay patinaje, deslizamiento, desliz… contención de lo carnal, incluso una tendencia a descarnalizar. Véase la secuencia en la que las mozas se desvisten la parte superior del traje corto de volantes y sucede la pelea entre Carmen y una de ellas: los pechos desaparecen por el efecto de un sujetador del mismo color que la piel. Solo piernas y brazos descubiertos en las mujeres y los hombres completamente vestidos de traje, excepto los mozos, que llevan camisas blancas con topos negros de manga corta. Solo el torero, en un dúo con Carmen descubrirá su pecho y el torso.

Así pues la sensualidad arquetípica y condenatoria del mito es contenida en todos sus rasgos, acercándose a una fábula nórdica. Pero esto no impide, en absoluto, que emerja el delirio y el destino trágico, demostrando que no hay contención posible cuando la fiebre del deseo nos posee.

El elenco de bailarinas y bailarines de la CND es tan prodigioso en la asunción coreográfica, como la de las maestras y maestros de la OSG en la interpretación poderosa de la partitura musical, en los arreglos de fragmentos de Bizet. Manuel Coves, el director musical, le imprimió un brío de aliento casi romántico, una veces, y, otras, un divertida actitud lúdica y festiva.

Los momentos musicales de evocación tétrica, que podrían parecer música de cine, una banda sonora, eran grabados. Con ellos dialogaban, de manera efusiva, las partes interpretadas, en directo, por la OSG, con una rica y sorprendente intervención de la sección de percusión, con varios metalófonos que ofrecían una riqueza de timbres monumental.

Entre los detalles coreográficos, señalar algunos gestos emblemáticos que se repiten en los dúos de los protagonistas: la mano de uno en el corazón del otro, o en la cabeza; el acto de taparle los ojos con las manos, como si fuesen una venda; la naranja partida en dos mitades que porta Carmen y el acto de exprimir una de las mitades encima del postrado Don José.

Las flores o los pétalos que caen sobre Don José, pálidos como las hojas del otoño; los farolillos distribuidos a diferentes alturas como una metonimia de las verbenas, reducidas a unas pinceladas de color que apenas vence el gris reinante. Estas son otras características que sorprenden y extrañan el mito (la historia).

Lo solar y lo caliente contenidos en lo frío. Ese otro lado oscuro de las pasiones que nos pueden arrastrar.

 

P.S. – Sobre la CND también puede leerse en esta sección:

Don Quijote en el Mar de Vigo”, publicado el 22 de enero de 2018.