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Dom, Ene

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Cuerpo y tierra tienen muchas cosas en común. En mi opinión la principal es el movimiento.

El movimiento hace al cuerpo, lo humaniza y lo vuelve salvaje al mismo tiempo. Salvaje porque puede liberarlo de las restricciones simbólicas de la moral, de la educación, de la cultura y de la traición de la tradición, inscritas en el cuerpo.

Salvaje porque el movimiento puede desconectar todos esos programas instalados, a modo de software, y dejar que el hardware funcione sin más. En este caso, la metáfora tecnológica, seguramente, es desacertada por inexacta, pero a mí me inspira y me sirve para pensarlo.

 

No obstante, la utopía de que podemos liberarnos de lo simbólico y de los parámetros y condicionamientos de la tradición, la cultura y la educación, solo funciona para expandirlos, para desplazar fronteras y límites. Pero siempre va a haber límites y fronteras, porque no somos diosas ni seres ilimitados e infinitos en lo físico, ni en lo mecánico. La salud y el cuerpo tienen sus límites y sus fronteras, aunque las soñemos ilimitadas. El límite de la vida impermanente del cuerpo. El límite del cuerpo y la vida: la muerte.

En lo simbólico somos ilimitados, nos expandimos y ampliamos y ahí el movimiento nos sirve como doble vía. Por un lado, nos puede desconectar del pensamiento y del control mental, incluso de lo simbólico (las palabras, por ejemplo). Y, por otro lado, el movimiento nos puede reconectar con la sensorialidad y la materialidad de la carne, del cuerpo, y servirnos de acceso a otra forma de conocimiento. Ahí está esa capacidad del movimiento para humanizarnos, permitiéndonos el acceso a un ámbito simbólico menos lógico, menos categorizador, menos intelectual, menos cuadriculado, menos jerárquico… Un acceso que nos reconecta con dimensiones lúdicas, sensuales, sensoriales, afectivas, emotivas, alejadas del control lógico y de las categorías mentales que pretenden dominar el mundo. En esa reconexión pueden, por ejemplo, aparecer pulsiones atrofiadas por las normativas socioculturales de mercado y consumo, como las pulsiones telúricas y panteístas que, en Galicia, son un bien inmaterial que vibra y reverbera. Que vibra y reverbera en el paisaje gallego pese a la metronormatividad, esa según la cual en las ciudades se vive mejor porque hay más oportunidades, más servicios y más confort, pese a los macro centros comerciales y a ese nomadismo de hoy aquí y mañana allí, que no nos permite respirar el paisaje, arraigarnos en él, escucharlo y afinar nuestro instrumento musical (nuestro cuerpo) para que esté en la misma frecuencia de onda. Hoy aquí, mañana allí, avión va, avión viene, coche arriba, coche abajo… para consumir sitios igual que consumimos terminales tecnológicos de teléfonos, tabletas, ordenadores, etc.

Al final, o quizás al principio, la tierra. Y el cuerpo a tierra, para sentirla, porque al sentirla vamos a sentirnos, vamos a sentir también el cuerpo.

El movimiento humaniza, entre otras cosas, porque nos puede liberar de roles de género, de compartimentos estancos identitarios, étnicos, raciales, sin negar la raíz sino desprendiéndola del prejuicio y de una solidez anquilosante, para permitir la fluidez inmanente a la vida. Esa fluidez que siempre ha estado en nuestra tradición y en la cultura gallega, antes de la romanización, antes de la cristianización,  antes de que la Dictadura franquista y otros manejos interesados se ocupasen de traicionarla, ordenarla y normativizarla folclóricamente. Todas las tradiciones tienen sus dobleces y sus aspectos negativos.

Todo esto me viene al pensamiento después de viajar hasta Allariz (Ourense), el viernes 28 de agosto de 2020, para asistir a la décima edición del festival CORPO (A) TERRA, que organiza el colectivo de danza contemporánea Traspediante, formado por las coreógrafas y bailarinas Marta Alonso Tejada, Begoña Cuquejo y Paula Quintas, con el acompañamiento de Manu Lago.

El festival Corpo (a) Terra, C(a)T, llega a su décima edición organizado y gestionado por gente joven del mundo de la danza y las artes del movimiento de Galicia. Marta, Begoña y Paula son de Ourense y es ahí, en ese entorno cósmico y telúrico, que junta piedras, monumentos, ríos (Miño, Sil, Arnoia, Avia…) y aguas termales, donde decidieron que brotasen las artes del movimiento y los cuerpos en danza, desde hace una década. Del 2011 al 2020, la década oscura para la danza contemporánea en Galicia, de la crisis económica a la crisis pandémica, que es también económica. Los diez peores años en cuanto a apoyo de las instituciones públicas respecto a las artes escénicas y, en particular, a la danza.

Coincide mi visita al X Corpo (a) Terra con la redacción del capítulo sobre Galicia para el tercer volumen de la Historia de la danza contemporánea en España, que coordina Carmen Giménez Morte y publica la Academia de las Artes Escénicas. Para urdir ese capítulo, que abarca del 2010 al 2020, me he dado cuenta de varias cosas: en esta última década han surgido en Galicia una treintena de creadoras/es en danza (casi todas nacidas en los 80 y 90), que se suman a las 18 coreógrafas/os de generaciones anteriores que continúan en activo. Lo que hace un total de una cincuentena de creadoras/es. Pese a la adversidad no han parado de generar proyectos ilusionantes y de estrenar piezas de diferentes formatos, aunque la mayoría de éstas solo se pudieran mostrar una vez o un par de veces en festivales como Corpo (a) Terra (2011) o el Sólodos en Danza (2016) y el Danza no Claustro (2013), que organizan la compañía del mismo nombre, formada por Maruxa Salas y Erick Jiménez, ambos en Ourense; el Cartografía do Movemento (2012) de Lugo, organizado por la Asociación 3monos; el LED, Lugo En Danza (2020), que patrocina en Ayuntamiento de la ciudad de las murallas, o el Sacra Festival (2019) que organiza la coreógrafa Carlota Pérez, en la aldea Lugar do Pincelo, de Chantada, en la Ribeira Sacra lucense; el HerDanza de Santiago de Compostela (2016), organizado por Isabel Sánchez, Leodan Rodríguez y Xiana Vilas y, ya fuera de los festivales, en el ciclo TRCDanza (2014) del Teatro Rosalía de Castro de A Coruña. Sobrepasan los límites de la década 2010-2020, el festival Primavera en Danza de Carballo (2003), organizado y gestionado por el Ayuntamiento de esa localidad coruñesa y el Teatro Ensalle de Vigo, implicado en residencias y programación regular desde su fundación en el 2003, por Raquel Hernández y Pedro Fresneda. Estos vendrían a ser los espacios principales, en estos últimos tiempos, para la danza y las artes del movimiento, en Galicia. Espacios escasos y, en el caso de los festivales, unos pocos días en épocas puntuales del año. La conclusión es clara, pese a la adversidad, la cantidad y la calidad de la creación en danza en Galicia demuestra que, en este ecosistema natural y cultural, la danza no se hace ni por moda o tendencia ni por oportunismo favorable, sino porque es una necesidad irreprimible e irrefrenable, una especie de fuerza de la naturaleza.

Cierro esta digresión y vuelvo al X Corpo (a) Terra que, después de atesorar una década de proyectos, se encuentra con la falta de receptividad en la política personalista de un alcalde, el de Ourense, que les ha negado la colaboración. Una colaboración que, a estas alturas, debería ser éticamente obligatoria, porque este festival ya ha demostrado solvencia y arraigo y porque es una de las ofertas más especiales y singulares con las que cuenta Ourense. Un evento que prestigia y enriquece la ciudad.

En contrapartida, el ayuntamiento de Allariz, una de las villas más hermosas y ejemplares de la provincia, ha amadrinado esta décima edición y, en la medida de sus posibilidades, ha acogido una extensión del festival. La otra parte continúa en el escenario de Ourense, pese al portazo del político de turno que gobierna ese ayuntamiento en este momento.

Es cierto que el Corpo (a) Terra podría encontrar el respaldo y el patrocinio de fundaciones y de la empresa privada de la provincia de Ourense, pero esto supondría, para el pequeño núcleo que lo organiza y gestiona, un trabajo ingente previo al propio trabajo que implica el festival.

La insensibilidad y la incultura en los responsables de las instituciones públicas es, sin duda, una lacra y un peligro para todo aquello que no es producto del populismo de masas y que, sin embargo, forma parte del patrimonio artístico y cultural contemporáneo, como son las artes vivas.

El Corpo (a) Terra se encuentra, en este sentido, en un momento delicado del que esperamos que pueda salir por el bien de todas/os.

Begoña Cuquejo me ha explicado un poco algunas de las línea artísticas conceptuales que han desarrollado en diferentes ediciones del Corpo (a) Terra. Por ejemplo, en 2018 en torno al tema del género artístico e identitario, con un taller de espectadoras/es de acercamiento a los espectáculos propuestos, con la pieza La partida, de Vero Cendoya, sobre el fútbol, la confrontación de géneros, el feminismo, la homofobia, adaptada a un elenco gallego, o el proyecto “Free Wee Project”, que intervino en la ciudad liberando baños de locales de referencia “mapeándolos como gender free”; en 2017 el elemento central fue el sonido, con el título “As ondas fan corpos” (Las ondas hacen cuerpos), en búsqueda de un espacio sin contaminación acústica mainstream, contando con la colaboración de artistas musicales de Galicia y el evento titulado Funeral por los fonemas perdidos de la lengua gallega debido a la españolización.

¿Qué he visto yo el viernes 28 de agosto en Allariz?

Descubrí el trabajo de Alejandra Balboa, que hizo un solo titulado Vertebrata en el que la tierra, el suelo, tiene gran protagonismo y en el que la bailarina no parece estar sola, a juzgar por el movimiento que la habita. Una coreografía de giros e impulsos súbitos en la vertical y en la hierba, evoluciones que hacen ondular su tronco y una utilización especial de la blusa, que la cubre y la descubre, que se integra en la danza como elemento de manipulación, para generar cambios cinéticos y también estéticos y visuales.

Vi, por primera vez en mi vida, un espectáculo con drones, titulado Pedras nas luces (Piedras en las luces), que se iluminaban en diferentes colores y trazaban petroglifos celtas y otras figuras antropomórficas dinámicas en el firmamento de Allariz. La coreografía de Begoña Cuquejo, para esta coproducción del Corpo (a) Terra, consiste en dotar de un movimiento semejante al del cuerpo a esos trazos realizados en el aire por el elenco de robots voladores de Umiles Entertainment (Madrid), acompasados con la composición musical de A Central Folque, Centro Galego de Música Popular, que incluía el sonido de los canteros de Cotobade (Pontevedra). Una fantasía, semejante a los fuegos de artificio, en la que parece que las estrellas pueden cambiar de color y danzar, para grabar en el cielo los dibujos mágicos más antiguos.

Y la jornada remató con un coro de gente bailando bajo el gobierno del techno, en una muestra del proceso sobre la última creación de la Cía. Funboa Escénica, titulada Technocracia.

Además, este año se emitió, vía streaming, toda la programación y, aunque no es lo mismo, también pude ver, de esta manera, otras propuestas muy atractivas como Idi Begi – Ojo de Buey, del coreógrafo Jordi Vilaseca, de la compañía vasca Proyecto Larrua, con Maddi Ruiz de Loizaga, Aritz López y Jordi Vilaseca. Una pieza en la que la fisicalidad se extrema para evocar el movimiento de los bueyes y su relación con los humanos. Un trabajo lleno de fuerza y de alta exigencia técnica, que sorprende por su arcaico enraizamiento con la cultura agrícola de los pueblos del norte peninsular, concretamente Euskadi, y, al mismo tiempo, quizás por el trabajo de impulsos y de suelo, con la danza urbana y el BreakDance.

Con los animales en foco también pude ver, a través de la emisión en directo, a los tres entrañables hipopótamos danzantes de ZumZum Teatre, Catalunya. Un espectáculo más popular, próximo a la estética de los dibujos animados o de las marionetas. Tres hipopótamos hinchables en el interior de los cuales se movían tres bailarines, logrando movimientos fantásticos y, por momentos, emocionantes. La pieza, titulada Hippos, con dirección y coreografía de Quim Bigas, acaba con un mensaje explícito, desplegado en unos carteles por los bailarines, en catalán, inglés y castellano, apelando a dejar vivir a los animales salvajes.

De delicado trazo y enigmática relación es la pieza Mapa, de la Cía. gallega Colectivo Glovo, con  coreografía e interpretación de Esther Latorre y Hugo Pereira. Distancias y fronteras, aproximaciones y alejamientos, en una geometría del movimiento exquisitamente fragmentado y localizado en diferentes partes del cuerpo. Una danza que vuelve abstracción algo que preocupa y que nos afecta, como puede ser el drama de los refugiados y los juegos de poder basados en la territorialidad. He aquí una animalidad no tan amable como la de los bueyes del rural agrícola vasco, en Idi Begi – Ojo de Buey del Proyecto Larrua, o como los entrañables y lúdicos hipopótamos de ZumZum Teatre. Aquí la animalidad humana es la depredadora, la invasora, que, a veces, asoma.

Impresionante, pese a verlo en la emisión en directo, a través de la pantalla del ordenador, ha sido la reaparición del coreógrafo y bailarín David Loira, después de años emigrado, primero en Lisboa y después en Berlín. Aunque ya lo hemos visto también en Emigrantas de la Cía. Kirenia Martínez Acosta, que estuvo programada el primer día del festival.

La vena más cabaretera y política de David Loira, con su humor aparentemente ligero y lúdico, pero imponentemente liberador, ha aparecido en Emigrantas, en el número sobre los interrogatorios a las personas migrantes con menos recursos, y estalla con fiereza en el estreno de su última pieza, titulada Blondi, aquí en el Corpo (a) Terra. Blondi, en alusión a la perra de Adolf Hitler y en un juego con el propio apellido de David, Loira, que significa rubia.

Un solo en el que Loira se desdobla en guía espiritual y gurú del yoga youtuber, influencer, en busca de adeptas/os, seguidoras/es, con la exhibición de la postura llamada del “perro boca abajo”, en perro y en amo, tal cual el Führer y remata con un número de belleza impactante con una daga. Habilidad y calidad de movimiento, humor ácido, interpretación sin imposturas y, a la vez,  cercana a una dimensión grotesca, pero sin hipérbole ni expresionismo. Blondi es una pieza aparentemente divertida y jocosa, sin embargo, después de la risa viene la hostia, porque nos retrata. Un juego irónico sobre la domesticación actual, sobre nuestra obediencia a las redes sociales, a la televisión, a Youtube… ligada al eterno resurgir de los fascismos en la supuestamente civilizada Europa. Una bomba esta Blondi de La Rubia David Loira.

Y aún, el domingo 30 de agosto, Ser – Con, el proyecto de creación artística, inclusivo y multidisciplinar, dirigido por Nuria Sotelo, que no he podido ver porque escribo esto antes de que acontezca el evento.

Corpo (a) Terra es, sin duda, una experiencia especial. El movimiento hace al cuerpo, igual que hace a la Tierra, pues el planeta que nos aguanta también se mueve. Por eso, quizás, resulta más necesario y armónico que nunca, para restablecer los equilibrios en esta era tan conturbada, que la danza vuelva a la calle, a los prados, a los caminos, a la hierba, a la tierra y a entornos tan mágicos como la bella Allariz de Ourense.

Artículo relacionado:

Danza y Emigrantas, según Kirenia Martínez Acosta”, publicado el 24 de febrero de 2020.