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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

La canícula nos predispone a pensar en chanclas, con lo que a menudo más que un pensamiento nos sale un tinto de verano o un zurracapote. Esta calma chicha con olor a sarmiento nos deja pedidos en una tormenta de vientos cruzados en la que no hay manera de enderezar el rumbo. Esperamos la llamada definitiva, el amanecer con una disposición que nos obligue a tomar decisiones urgentes aunque sean dolorosas, pero mientras tanto vamos incubando nostalgias que se cronifican en estados depresivos atenazantes.

No podemos mirar hacia atrás porque ya somos estatuas de sal gorda. En cuanto caigan dos chubascos nos derretiremos, dejando una huella menor, un reguero de esperanzas truncadas. Nos atacará el virus de "que me quiten lo bailao", magnificaremos aquellos tiempos en los que el teléfono traía casi siempre buenas noticias y no apremios para pagar deudas. Cuando los perros se ataban con longanizas locales, autonómicas y estatales, en las que las redes pescaban al arrastre y en la que los proyectos se podían modular según ambiciones artísticas de cada emprendedor. Aquellos tiempos no volverán. Ni su simulacro.

Así que debemos acomodarnos a las nuevas circunstancias, a esta demolición que parece controlada pero que seguramente acabará en desgracia con efectos colaterales. No valen los currículum, ni las hojas de servicios, ni trayectorias, ni experiencias. Entramos en otra etapa de la involución: sálvese quién pueda y sin escrúpulos. La renuncia a cualquier atisbo de planificación, el oportunismo y la urgencia. Y claro está, sin paracaídas, sin red, sin cobertura social, volvemos a la selva, donde quizás se pueden encontrar reductos de verdad escénica, pero que en general, es un retroceso que va a fulminar a algunas generaciones.

En medio de esta desolación aparecen flores del desierto, oasis que nos ayudan a sobrevivir aunque sea en un espejismo. Existen individuos, colectivos, fieles a su idea, que nos proporcionan asideros para atravesar el maremoto. El Festival de Urones de Castroponce nos ilumina, excepcionalmente, pero su constancia, su vocación, su repercusión nos abre todas las esperanzas. Podríamos poner más ejemplos, agarrarnos a todos los clavos ardiendo o a todos los claveles reventones, pero nuestro cuerpo social, el grueso de los creadores de todas las categorías, no puede sobrevivir a estos brotes de esperanza, es el sistema el que se va a colapsar. Y ahí tenemos que estar alerta para evitar daños irremediables, o minimizar el desastre que se nos avecina.

Por ello, y porque a nosotros, los que nos dedicamos a la información, a la reflexión o la edición de libros sobre las artes escénicas, o sea, la periferia del negocio, nos están acribillando los fuegos cruzados, los recortes, las subidas y bajadas de esta montaña rusa desbocada, que nos coloca constantemente al borde del abismo, sin poder volver atrás, con todo el cuerpo vital infectado de agujeros negros en forma de deudas, morosidades y desafectos institucionales de carácter doloso, con lo que la desaparición se contempla no como un acto desesperado con sabor a fracaso sino casi como una liberación, hemos decidido no contribuir más a la agonía y mirar hacia adelante buscando lo que nos ayude a respirar, aunque sea para dar nuestra última bocanada. Por eso, corto y cambio. Que el eco nos dé alguna pista.

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