Sidebar

12
Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

En 2012, un grupo de 7 jóvenes actores realiza un viaje a un campo de refugiados de Bosnia. La guerra acabó hace más de diez años, pero los campos de refugiados siguen llenos de personas que viven en un limbo del que se niegan a salir. ¿A dónde ir? ¿Al pueblo donde mataron a la mitad de la familia, los hijos, el marido, la mujer, los recuerdos de familia? Las mujeres que malviven en esos campos de refugiados son duras de pelar. El grupo de los 7 llega allí y les invita a cantar.

Sencillamente, a cantar. Cantar parece tan fácil... cosa de niños, ¿verdad? Esto es tan fácil como coser y cantar, decían nuestras abuelas. Y también dicen por ahí que los pájaros no cantan porque sean felices, sino que son felices porque cantan. ¿Se han parado alguna vez a pensar qué es lo que hacen los seres humanos cuando cantan? De todas las extravagancias que hacemos las personas, ¿no es cantar una de las más misteriosas, naturales y bellas? Y cuando estamos verdaderamente tristes, ¿no perdemos hasta la voz, cuando se nos hace una pelota en la garganta que nos impide hasta tragar las propias lágrimas? Dicen que la soprano Ainhoa Arteta estuvo una vez muy triste en la vida. Tanto, que perdió su voz. Durante un tiempo, esta mujer no pudo cantar.

¿Han probado alguna vez a cantar la tristeza? Las canciones pueden ser poderosos conjuros, no ya para bloquear la tristura, pero si para atravesarla, atravesarla de cuajo con una emisión más potente que el sol. De hecho, el flamenco tiene, entre otras muchas, una poderosa virtud: la misma canción le puede poner a uno alegre o triste dependiendo del día que tenga. Algo así como la tercera nota de la escala musical, que tiene el poder de dotar de carácter alegre o melancólico la pieza de la que forma parte, dependiendo de si decide ir hacia arriba o hacia abajo.

La voz cantada es una alfombra voladora sobre la que viaja el alma humana. Existe una bella canción italiana que habla, precisamente, del vuelo que emprende una persona cuando deja que su voz cante y atraviese mares, cielos y montañas. En esta tarantela italiana, la persona le dice a su propia voz que canta: "Portami, portami", que significa: "Llévame, llévame..."

Existe una tradición africana que asegura que cada bebé llega al mundo con su canción. Hay un texto escrito por la poetisa Tolba Phanem que explica de forma concisa qué es eso de que cada niño venga con una canción debajo del brazo. Para la estructura mental y cultural de un occidental quizás sea ésta una afirmación demasiado arriesgada como para poder asimilarla: Conllevaría tener que romper ciertos principios a los que estamos arraigados como al pan de cada día, pero lo que sí podemos aceptar, porque es algo que vemos con nuestros propios ojos y oímos con nuestros propios oídos es que los niños y niñas cantan desde la cuna. Cantan sus cancioncitas y melodías imposibles, cuajadas de ritmos y tonos de colores.

Qué misterio, este del cantar. Los borrachos cantan, los niños cantan, los locos cantan, las artistas cantan, las amas de casa cantan, los segadores cantan, las costureras cantan, los cocineros cantan, los jardineros cantan, los limpiacristales cantan, los religiosos cantan, las personas cantan.

¿Se imaginan un lugar en el que estuviera prohibido cantar? Ya sucedió, ¿verdad? No hace demasiado tiempo, en Kabul, estaba prohibido cantar. Lo cuenta de forma increíblemente veraz el afgano Khaled Hosseini en su novela Mil soles esplendidos. Ya se trate de un régimen establecido que prohíba cantar a una ciudad entera de más de 2 millones de habitantes o de un campo de refugiados olvidados, en los que la sombra del horror haya enmudecido tradiciones de siglos en forma de canción, las guerras roban la viveza del alma, que, muchas veces, se asoma a través de las voces y cantos que acompañan las tradiciones y las culturas de los pueblos.

Que una de las mujeres del campo de refugiados de Bosnia lograra cantar las primeras notas de la nana que le cantaba su madre cuando la guerra aún era una amenaza lejana es una victoria arrancada a las garras de la barbarie y de la muerte. Sobre todo, porque los niños que están naciendo, ahora, en los campos de refugiados de Bosnia, están creciendo sin canciones de cuna y no tendrán nanas que recordar ni transmitir cuando sean mayores. La supervivencia de dichos cantos entraña, de algún modo, la supervivencia de toda la humanidad.