Sidebar

16
Lun, Dic

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Vocación y felicidad. Encontrar o tener una vocación es algo, en cierto sentido, misterioso. ¿De qué depende que una persona sienta la impetuosa necesidad de dedicarse a algo como el arte? Pudiera parecer que la vocación es algo innato, que está en la raíz de la persona. Algo que necesita salir, aflorar, realizarse, cumplirTener una vocación en la vida es similar a tener una pasión y las pasiones también están asociadas al dolor. De hecho, una de las principales acepciones de pasión es “padecer”.

 

Una vocación te puede salvar la vida, si consigues realizarla y darle salida, o te la puede amargar, si no encuentras vías para su realización plena. Y sobre esto sabemos mucho las personas que, en algún momento, nos dedicamos a las artes escénicas en su vertiente más creativa.

¿Ser artista es algo más que una profesión?

¿Puede una o un artista de danza o de teatro salir de un ensayo, irse para su casa, con su familia, y olvidarse del trabajo, como puede hacer, por ejemplo, un electricista o un cartero?

¿Una o un artista que se dedique a hacer teatro, danza, cine, literatura, pintura… puede ver con los mismos ojos el mundo, con los que lo ve el resto de la sociedad? ¿La vocación artística no implica, por acaso, una perspectiva diferente y especial sobre el mundo?

Si la respuesta a esta pregunta es sí, entonces se abre otra cuestión: ¿en qué medida afecta al día a día cotidiano esa especial perspectiva, esa especial mirada, del o de la artista, respecto al mundo? O dicho de otra manera: ¿Puede un/a artista liberarse de su mirada de artista y relacionarse con “normalidad” con otras personas que no ven aquello que el/la artista ve o lo ven de otro modo?

¿No generará, en cierto modo, la vocación artística, un aislamiento y una soledad de la persona que la padece?

Padecer una vocación o tener una vocación o encontrar una vocación nos sitúa como sujetos pasivos, como si no fuésemos quien de escoger, como si se tratase de una predestinación, incluso… una patY sobre esto gira la comedia musical estrafalaria Could Be Worse: The Musical (Podría ser peor: el musical) de la cía. lisboeta Cão Solteiro & André Godinho, que se estrenó en el Teatro Nacional São João, TNSJ, do Porto, el jueves 7 de noviembre de 2019. Yo acudí a verla el viernes 8 de noviembre.

Se trata de una coproducción de Cão Solteiro con el TNSJ do Porto y el São Luiz Teatro Municipal de Lisboa. El texto es de José Maria Vieira Mendes; la música original de PZ; el vestuario y la caracterización de Mariana Sá Nogueira; la escenografía de Vasco Araújo, la coreografía de Sónia Baptista y Gonçalo Egito; el diseño de luz de Daniel Worm D’Assumpção. Y el elenco está formado por André Godinho, Cecília Henriques, Gonçalo Egito, João Duarte Costa, Patrícia da Silva, Paula Sá Nogueira, Rodrigo Vaiapraia, Sónia Baptista y Tiago Jácome.

Could Be Worse: The Musical es un musical, en cierto modo, existencialista, queer y estrafalario. El escenario no se camufla con una escenografía realista, sino que, a través de un enorme panel metálico, atravesado en medio del escenario, con tiras de luz led que cambian de color, se convierte en un lugar autoafirmado: un espacio donde cualquier performance puede acontecer, el lugar del espectáculo.

Las actrices y los actores utilizan su nombre propio, aunque estén a representar unos personajes, en cierta manera, tipificados e incluso estereotipados: la directora de cine (Patrícia), mujer de carácter; el poeta sensible e indeciso (João); la actriz que siempre está con una presencia amplificada (Cecília); el bailarín amanerado y muy femenino (Gonçalo); la escritora de novelas, desprejuiciada y cuestionadora de la discreción y la normalidad (Sónia); el pintor que adopta un rol contemplativo (Tiago); El director de cine entregado a su profesión (André); el cantante y músico extravagante (Rodrigo). Un conclave de artistas al que también hay que añadir a la cocinera.

Se reúnen para una especie de terapia, gracias a la cual hacerse fuertes en su rechazo a seguir practicando unas artes que les someten, que les absorben. También se reúnen para reafirmarse en su renuncia. Aunque el mundo no les de la oportunidad de practicar su arte, pueden seguir adelante y ser felices, porque la vida es más importante que el arte.

Los tipos y los estereotipos que asoman, de los artistas diferentes a la “gente corriente”, estrafalarios en el vestuario y muy especiales en sus posiciones respecto a cualquier aspecto de la vida, se singularizan por su proximidad con las actrices y actores que los interpretan y por un texto que crea para cada uno de ellos, para cada una de ellas, una historia, una biografía. No obstante, esas historias permanecen ocultas y no se hacen explícitas. Solo se descubren en algunas réplicas más largas y de tono confesional y en los números musicales.

Las entradas y salidas del círculo de sillas de la reunión e incluso del propio escenario tienen un carácter azaroso y accidental. No se rigen por la lógica de la representación de una historia. La pieza tiene una apariencia de improvisación, como en las performances y las teatralidades posdramáticas, debido a ese carácter azaroso de las entradas y salidas y también de un diálogo de réplicas cortas muy vivaz y próximo a las actividades reales que acometen en el escenario. El diálogo no está al servicio de la reproducción de unas estrategias de acción dramática, que nos remitan a un mundo ficcional más allá de lo que está a suceder en el escenario.

También la colocación de las sillas en círculo, en el primer término, o las mesas con comida y bebida, en la derecha del foro, o el enorme panel metálico con las tiras de luz led, generan un espacio en el que la mirada de la recepción es interrumpida. No hay una orientación y una disposición del espacio, sus elementos, los movimientos y desplazamientos actorales que estén al servicio de una visión cómoda o de una jerarquía focal muy dirigida y determinada.

Entre los elementos curiosos, extraños y aparentemente injustificados, además del vestuario colorista, con un punto circense y cabaretero, están los bolsos que algunos personajes llevan consigo. Por ejemplo, João, el que podría ser un poeta, lleva una bolsa de plástico rojo, que nunca pierde de vista y que la traslada para allí a donde él va. Una bolsa que parece tener dentro unas manzanas o unas frutas, pero que nunca se utilizan. Lo mismo que el enorme bolso, tipo maleta, de Sónia, la novelista, que traslada para allí a donde ella se sitúa y que João insiste en apartar a patadas, como si entre ellos hubiese alguna animadversión secreta.

La situación en la que se encuentran estos personajes, que intentan juntos liberarse del rapto del arte, así como su aspecto fuera de los cánones y sus disputas ingenuas, son fuente de una comicidad que se activa desde la simpatía con el freak  y no desde el chiste fácil o el gag o sketch de comedia al uso. Hay, en este cónclave de artistas en desintoxicación, una muestra variopinta y colorista de la vulnerabilidad humana. Una vulnerabilidad que se abre como una herida refulgente, sin los típicos victimismos ni quejas.

Cada quien intenta tapar esa fuente que le mana irreprensiblemente, domar a la furia. Pero hay un momento en el que todo ese intento de contención se dispara y el arte se rebela. Momentos que suelen coincidir con los números musicales.

Es muy divertido observar cómo la directora de cine, que afirma estar genial sin hacer cine, acaba de tener un pequeño accidente de tráfico y se lo cuenta a sus compañeras y compañeros como si les estuviese contando una película. O a la actriz, declarándose alejada de cualquier interés por actuar, mientras monta el numerito. O el show del cantante que, después de a penas emitir palabra y permanecer como anestesiado, acaba desatado cantando en plan heavy y derribando sillas.

Could Be Worse: The Musical no es, para nada, un musical al uso. Ni el argumento, ni los personajes, ni la partitura, siguen los parámetros más convencionales y reconocibles del género del musical. La partitura no apuesta por lo melodioso, sino por un estilo electrónico y heterogéneo. El texto no se apoya en los efectismos derivados de giros argumentales y de personajes protagonistas. Aquí el texto es más reflexivo y pegado a la realidad de estas actrices y actores en escena, dentro de una especie de jam sesión coral y comunitaria.

Cão Solteiro & André Godinho nos ofrecen una renovación del musical, sobre la vulnerabilidad humana a partir de la capacidad para realizarse de las/los artistas. Una comedia existencialista queer, musical y estrafalaria, sobre el destino inevitable que implica la pulsión artística y la emergencia de una vocación.