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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Estoy en la isla donde nació Zeus. De vacaciones. Sin libro que leer. Entro en una librería de ciudad portuaria, piratesca, bella e infestada de turistas: CHANIA. Casi todos los escritos en perfecto griego. Menos los de un apartado en ciertas baldas nada más entrar a la izquierda. Entre guías y guías turísticas de Creta, diviso una Odisea en inglés. Me digo a mi misma, vale, éste, me lo quedo. Me decido por la Odisea por una razón entre todas las demás: La puesta en escena que César Brie levantó con su Teatro de los Andes hace algunos años ya y que tuve la gran suerte de poder ver en el centro del TNT-Atalaya en Sevilla allá por el 2010.

En el primer remanso de paz que obtengo, abro el libro. 30 segundos después, lo cierro para siempre. Resulta que la obra es contada por los hermanos Stephanides (eso me pasa por no recurrir directamente a la fuente original, aunque en este asunto que voy a señalar dudo mucho que haya gran diferencia entre Homero o los hermanos). En su versión de la historia, éstos empiezan hablando de Odiseo (Ulises para los amigos) "quien anhelaba retornar a su hogar y a su amada esposa más que ningún otro" y "quien estuvo retenido en la isla de Calipso contra su voluntad".

¡Ja! Me río yo de todo eso, porque, simplemente, no me lo creo: 1) Es mucho más probable que Odiseo (Ulises para los amigos) tuviera una gran sed de aventura que seguro calmaría más y mejor correteando de isla en isla, como hiciera el principito de planeta en planeta y no junto a su mujer-rosa, bien tranquilito en casa y 2) Calipso estaba de buena que se caía y era la dueña y señora de una isla paradisíaca. ¿Realmente tenemos que creernos que el pobre Odiseo fue retenido allí contra su voluntad?

En su puesta en escena, Brie resolvía el entuerto de una forma bien chistosa: Zeus llamaba a Calipso por teléfono y le decía que soltara de una vez al susodicho porque la aventura de la vuelta a casa tenía que continuar. Tras un par de mohines y un corto enfurruñamiento, la bella Calipso soltaba a su "presa". Ni una carta recibió Penélope durante los largos años de ausencia de su marido, quién, por cierto, retornó décadas después, para volverse a ir tras un breve lapso de tiempo. No quiero ni imaginarme el careto que se le quedó a la Doña cuando Odiseo le dijo que volvía a partir.

Este atisbo de rebelión frente a la historia tradicional me lo inoculó, cual antídoto, Margaret Atwood, quien en su libro: The Penelopiads, revisa el clásico homérico desde la perspectiva de Penélope, añadiendo una nueva voz al cuento. La voz femenina hasta ahora sumisa y callada de la abnegada esposa fiel que tejió y destejió la Espera frente a la Odisea que vivió su marido, abre la cabeza en el buen sentido de la expresión. Quien quiera, que lo lea. Ahora bien: aviso de que una vez hecha la lectura no habrá vuelta atrás. Es como si una se hubiera tomado la pastilla roja de Matrix.

En Creta estoy, digo. Cuna de Zeus y umbral de la admirada civilización occidental. Aquí yacen los restos de la civilización minoica: el Laberinto, el Minotauro, el rey Minos, la juventud atlética y bella que danzaba con los toros, la ciudad palacio de Knossos y la sombra de Ariadna, quien arriesgó rango y vida para ayudar a Teseo, aquel que la dejó abandonada un par de islas después, para casarse, más tarde con su hermana Fedra.