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Jue, May

Críticas de espectáculos

Esta es la sección para publicar las críticas de espectáculos de teatro, danza, música, circo, etcétera, así como opiniones sobre las realidades de las artes escénicas de cualquier parte del mundo.
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Emborróname

 

La última creación de “Losquequedan”, titulada “Borrón #8”, es una de las expresiones más luminosas de lo conceptualmente conceptual. Coloca al espectador impelido a realizar una misión sobrevenida: ejecutante activo de las disquisiciones filosóficas-experimentales de los cinco danzantes que logran con sus cuerpos una caligrafía espacial que supera cualquier estabulación genérica. Sin duda, abre un nuevo capítulo en la danza contemporánea, asomándose al abismo de la creación absoluta, total, en donde el concepto se materializa, se hace cuerpo, se metaboliza y se expresa en una musicalidad que supera cualquier metafísica para ahondar en la física cuántica, centralizando el mensaje en el tercer supuesto de la termodinámica, que nos asegura que la materia se transforma ante la fuerza de la mirada genitiva.

Impecable su conceptualización y su indagación en las simas más ancestrales y primigenias de la danza, pero lo realmente impresionante es su espacio escénico, la utilización de una piscina variable, cambiante, mutable, transformable a la vista, ora con unas aguas torrentosas que cambian de color, ora plácidas, casi tropicales o que recuerdan los glaciares de las montañas tibetanas hollados por los cisnes multicolores, en donde los cuerpos cincelados de los bailarines se convierten en esculturas acuáticas que sugieren una reconstrucción del canon estético helénico, pero superado por la clara adscripción a la generación facebook, al uso indiscriminado de mensajes telúricos que al convertirse en impulsos geométricos e informáticos logran una estabilización emocional en los espectadores que enciende las pasiones, irremediables, en muchas ocasiones, como en la función presenciada en la que una inmensa mayoría de los espectadores acabaron mezclándose con los actuantes en la piscina al ritmo de la música de Sergio Dalma.

Espectáculo de rara belleza, pero una experiencia realmente inenarrable, irrepetible, donde el subconsciente se presenta en forma de sueños húmedos, que se vuelven tangibles, y que, seguro, quedará para el recuerdo de los espectadores de manera imborrable. Como dijo Voltaire: “mon Dieu, Patxi, c’est magnifique le pacharán”.

Carlos Gil

 

 

Como la vida

 

Obra: La vida por delante Autor: Romain Gary. Adaptación: Xavier Jaillard. Produce: Focus. Intérpretes: Concha Velasco, Rubén de Eguia, Carles Canut y José Luis Fernández. Escenografía: Llorenç Corbella. Vestuario: María Araujo. Iluminación: Pep Gàmiz. Espacio sonoro: Jordi Ballbé. Dirección: José María Pou. Teatro Principal de Zaragoza. 12 de mayo de 2010.

Un teatro prácticamente lleno acogió el pasado miércoles la presentación de “La vida por delante”, adaptación teatral de “La vie devant soi”, novela con la que Romain Gary ganó el prestigioso premio Goncourt en 1975. La propuesta, que cuenta con la dirección de José María Pou y con Concha Velasco como cabeza de cartel, cosechó un rotundo y merecido éxito de público.

Madame Rosa, una vieja exprostituta judía, superviviente de Auschwitz, acoge en su pequeño piso de París a los hijos de otras compañeras que no pueden cuidarlos. De todos ellos, únicamente Momo, un joven musulmán, permanece a su lado después de diez años. La relación entre ellos servirá como vehículo para abordar temas como la discriminación racial, el respeto a otras creencias o la eutanasia.

Hay una historia con fondo y está bien contada. Una buena dramaturgia hace que el relato discurra con fluidez entre dos orillas, la de la comedia y la de la ternura. Tal vez le falte, en el primer tercio de la obra, un conflicto claramente planteado que vaya empujando la acción, pero esa carencia es compensada con unos personajes llenos de autenticidad y con una enorme capacidad para ganarse la atención y el afecto del público. Después la función despega y va decididamente arriba sostenida sobre la complicidad y la hermosa relación que existe entre la vieja prostituta y el joven muchacho.

José María Pou se mueve con inteligencia y tacto entre esas dos orillas. Viste de delicada intimidad los momentos más entrañables y enciende el brillo de la comicidad en las situaciones más claramente humorísticas. En los primeros lances de la función con un excesivo aire de sainete, pero en general sin estridencias ni falsos trucos, y con un planteamiento que persigue el disfrute del espectador. La lucidez y la sensibilidad del planteamiento escénico, están presentes en el trabajo de dirección. Afina, matiza, mima, el talento interpretativo del elenco. Concha Velasco aparece como una verdadera señora de la escena, el sobresaliente Rubén de Eguia se encuentra en estado de gracia, y Carles Canut y José Luis Fernández están sobradamente a la altura. Todos ellos nos muestran unos personajes cercanos, de carne y hueso, que hacen creíbles unas situaciones llenas de vida.

Joaquín Melguizo
Publicado en Heraldo de Aragón, 14-05-10

Veronese español

 

Título: Del maravilloso mundo de los animales: los corderos - Autor: Daniel Veronese -  Reparto: Gema Matarranz, Paco Inestrosa, Enrique Torres, Manuel Salas y Elena de Cara - Dirección: Daniel Veronese - Compañía: Histrión Teatro - 14 Feria de Teatro de Castilla La Mancha

 

El Daniel Veronese más conocido en España se ha prodigado versionando obras de Ibsen y Chejov cuyos títulos son difíciles de retener. Sus puestas en escena poseen una escenografía de circunstancias, carente de importancia poética pero con una enorme fuerza dramática que se apoya en una interpretación actoral fuera de lo común. Veronese elige a los actores y actrices precisos para cada montaje que infiere una férrea e inteligente dirección de actores. Los espectáculos de este argentino internacional poseen el sello de lo singular.

En el Del Maravilloso Mundo de los Animales: los Corderos, Daniel Veronese certifica su identidad artística, pero con algunos matices que a uno le hacen rendirse a la evidencia y a desechar pequeñas reticencias que acarreaba con sus espectáculos “mitificados”. De una parte, estamos ante un texto original –hay que reconocer que las versiones también son textos originales aunque posean una trama prestada de Ibsen o Chejov– en referencia a lo que parece la inspiración; y por otra parte, el montaje de esta obra lo ha realizado con Histrión Teatro, una compañía española que no es lo habitual.

En cuanto al texto hay que decir que me parece espléndido aunque parezca un culebrón, como todos los suyos. La obra plantea un juego de dualidad en las relaciones: dominado/ dominador. Cada personaje muestra su faceta de dominador y de dominado saltando de un rol a otro con sorprendente fluidez. Cada situación dramática modifica el concepto previo que el espectador va adquiriendo de cada personaje. Es decir, el texto, construido con diálogos rápidos y precisos, desarrolla un discurso sinuoso –a veces parece un diálogo de besugos– que hay que ir construyendo mentalmente y que, por razones lógicas, solo adquieren sentido en la última frase de la pieza.

Por cierto, parece ser que el autor introdujo esa frase cuando el espectáculo estaba a punto de estrenarse; no era ese el final. Pienso que la frase de “los seis euros” resulta clave para comprender que todo lo que ha sucedido sobre el escenario no ha sido más que una pequeña trampa argumental en la que también ha caído el espectador. No obstante, esa trampa lúcida justifica no solo el juego teatral sino el desconcierto entre la realidad y la ficción.

Pero, siguiendo con la dualidad dominado/ dominador en el planteamiento, el texto muestra ese juego dual también en el transcurso de la trama; o sea, desarrolla los métodos y los procesos para conseguir el rol de la dominación. La violencia física y la sicológica, la seducción, la tolerancia formal, la coacción, los miedos, la corrección social, los razonamientos, la irracionalidad, son algunas de las maneras para obtener el domino, la preponderancia, el Poder.

La puesta en escena de Del Maravilloso Mundo de los Animales: los Corderos, que pude presenciar en la 14 Feria de Teatro de Castilla La Mancha, está subrayada por el signo de Veronese. Una escenografía pobre, pero funcional para mostrar el espacio y las escenas, una interpretación naturalista pero marcando que es un grupo actoral quien está representando, y un juego escénico apoyado en el texto y en la actuación de los actores dibujan las señas de identidad. El público entra en la sala casi como invadiendo el lugar de trabajo de los intérpretes o profanando la intimidad de los personajes, que de ambas maneras se puede entender. Las acciones y los diálogos explotan en la cara del público con esa mezcla desconcertante de juego y realidad.

La compañía granadina Histrión Teatro ha comprendido y ha asumido con talento el estilo y los conceptos del director. Se ha entregado con absoluta confianza al proceso de construcción dramática para presentar un producto de altísima calidad artística y técnica. Podría afirmarse que Gema Matarranz, Paco Inestrosa, Enrique Torres, Manuel Solas y Elena de Cara –los componentes de Histrión Teatro- han armonizado absolutamente tanto en la técnica como en la estética y en el compromiso, tanto con el texto como con la dirección de Veronese. Hasta tal punto ha habido una mutua compenetración que, al parecer, ya están planteando nuevos proyectos conjuntos. Sin duda, serán para bien.

Manuel Sesma Sanz

 

 

Ilusionante

 

Obra: Ejercicios de amor. Creación colectiva. Compañía: El Pont Flotant. Intérpretes: Álex Cantó, Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons. Iluminación: Marc Gonzalo y Álex Cantó. Escenografía, Vestuario y dirección: El Pont Flotant. Teatro de la Estación (Zaragoza). 6 de mayo de 2010.

En ese terreno en el que el teatro juega a desdibujar sus fronteras con la realidad y en el que los personajes se esconden tras la máscara de los actores, El Pont Flotant ha cocinado una propuesta brillante, sugerente, imaginativa y muy bien construida. Los ingredientes son el humor, la ternura, la complicidad, la cercanía, el juego, el happening, el rigor y la sinceridad en el trabajo escénico y actoral, la solidez dramatúrgica, la sorpresa, una gran dosis de inteligencia teatral y una ingente cantidad de ilusión. En su doble acepción: como mentira, como ficción y como deseo, como anhelo. El resultado de todo esto es “Ejercicios de amor”, un espectáculo creado de forma colectiva que nos introduce en una experiencia en torno a la necesidad de amar y sentirse amado y a la manera en que el amor está presente en nuestras vidas. No sólo en las relaciones de pareja, sino también en la amistad, con las cosas o incluso con los desconocidos.

Una experiencia que envolvió y conquistó (sólo había que observar sus caras para verlo) a unos entregados espectadores. Una lección sobre las fases del amor, unos cuerpos que se buscan, que se abrazan hasta formar un solo ser, mientras acaso un ángel toca el piano desde el cielo, un “nunca te olvidaré”, un beso, un “no me imagino la vida sin ti”, un jugar a “atrevimiento, beso o verdad” a la luz de un farol, una riña, una boda entre tres mientras nos empapa la voz profunda y rasgada de Tom Waits, una celebración en la que el público es un invitado que comparte el espacio, la risa, la emoción y la vida misma con los artistas, un ramillete de momentos entrañables. Todo eso es “Ejercicios de amor”.

Magnífico el momento del cambio de vestuario. Sublime y emocionante el de la canción de Tom Waits. Lúcido el uso del espacio, el manejo del ritmo, su enternecedor final, el modo en que se crean las distintas situaciones y la manera en que se resuelven. Sobresaliente el trabajo interpretativo, lleno de vitalidad, de autenticidad y de honesta entrega. No se resistan a cruzar este puente flotante, sostenido por ese aliento único del teatro, capaz de crear vida y verdad, porque al otro lado les espera una deliciosa y cautivadora ficción teatral. Una propuesta sencillamente imprescindible.

Joaquín Melguizo
Publicado Heraldo de Aragón 8-05-10

Euskadi como metáfora

 

Obra: La última cena – Autor: Ignacio Amestoy – Intérpretes: José Maya (Íñigo), Bruno Lastra (Xabier) – Dirección y espacio escénico: Juan Pastor – Vestuario y ambientación: Teresa Valentín-Gamazo – Iluminación: Pablo Jaenicke – Música: Pedro Ojesto – Vídeo: Bernardo Moll – Producción: Teresa Valentín-Gamazo – Guindalera Teatro – Hasta el 6 de Junio

 

Sorprende la entrada de Xabier, como una ráfaga de viento que mueve los visillos del fondo, en un claroscuro. Es ya hombre recio, de vaqueros, bufanda y cazadora, que se expresa con un fuerte acento euskaldún y se manifiesta con gestos bruscos y medidos. Buena composición la que hace Bruno Lastra encarnando a ese activista con las manos manchadas de sangre que, acosado a su vez por un tumor temporizado, vuelve a morir al caserío familiar en La última cena de Ignacio Amestoy. Enfrente, y enfrentado, se encuentra con Íñigo, su padre, un intelectual desencantado que escribe para los periódicos de esa “democracia real” que él tanto desprecia al tiempo que está tramando un drama, más bien una tragedia, para cerrar su obra con un broche de oro, pues está convencido de que pronto vendrá la Parca a visitarle. Así, entre un Hijo que, muy a su pesar, lleva a cuestas la Muerte programada y un Padre que, a pesar de anhelarla, sigue vivo, el conflicto resulta inevitable.

Tanto más en cuanto no sólo les divide aquella separación traumática de hace doce años, al incorporarse Xabier a la lucha armada, sino también una brumosa historia familiar de desencuentros: el difícil parto de la madre, la muerte de ésta a sus tres años, el amor-odio por el hermano que muere consumido por la droga, el abandono de sus estudios literarios y su sustitución por la “puta política” (“poesía de la modernidad”, la llama Íñigo). Todo un poso doméstico que se ha ido acumulando en sus memorias a lo largo del tiempo y llega a entorpecer su relación en un primer momento hasta que, obrando de “deus ex machina”, el “txacolí” hecho en casa recompone la situación. “Es día de verdades” proclama Íñigo (“in vino veritas”) dando así pie a Xabier a que cuente la suya, que es que le mate. Aquí, en esta inusitada petición, es donde al fin se encuentran padre e hijo y el punto en que confluyen sus tragedias, confundiéndose ambas en una sola que el autor va a cerrar brillantemente en su no menos insólito final.

La disputa política pronto se resuelve. El padre reconoce su fracaso: el mundo de la democracia liberal, ese espacio que se abría al hombre libre, “se ha convertido en un gran mercado” en donde el arte ha muerto y perdido los hombres aquella “aura sagrada” que les transformaba en personas cercanas a los dioses. ¿Cómo ejercer, entonces, su labor de intelectual si su arte ya no conecta con una ciudadanía volcada en el consumo? ¿Y cómo escribir una tragedia en un cosmos carente de dioses y personas? Y a su vez el hijo, fugazmente elegíaco, evoca su utopía: “Has escalado la montaña..., porque la has escalado... Has visto desde allí la nueva realidad, la realidad soñada. Al otro lado de la montaña... Y, de repente, un vendaval, tan inexplicable como inoportuno, te precipita a los pies de la montaña...”. Si no “arrepentidos”, ambos confiesan su desilusión. Luego está - ¿cómo no? - el tema de los medios que usaron padre e hijo para defender sus ideas. Íñigo, la razón y la palabra, Xabier, la violencia y las pistolas. Ambos tienen las manos manchadas de sangre: el uno es cazador y el otro terrorista. Pero “cazar es cazar y asesinar es asesinar”, piensa el padre. A menos que, al perder su carácter sagrado, el hombre deje de ser humano y entonces se asemeje al animal, piensa el hijo.

Más les cuesta a los dos resolver sus discordias familiares. Lo hacen en el tercer acto, cuando el relato del sacrificio de Txuri y la traición de Gorri, sus respectivos perros, da rienda suelta a sus recuerdos hasta hacerles revivir su pasado en común. El abrazo de entonces, rememorado, pronto se convierte en el de ahora. Dos mentes, dos sensibilidades, se reconcilian definitivamente y, para celebrarlo, empiezan a preparar la ceremonia, esa última cena que les hermanará con la Muerte en el espléndido final. Hay mucho de Ignacio Amestoy en esta obra. De su maestría como dramaturgo en primer lugar, con ese diálogo tan certero y concreto, casi ascético, que caracteriza las dos primeras partes en donde una palabra, el final de una frase, lleva a la otra resaltando conceptos, hilvanando matices, introduciendo silencios que hablan a gritos... Un texto teatral que vehicula ideas pero que mueve también las emociones como ocurre en ese tercer acto plagado de monólogos en que se hace presente la querencia de Ignacio por el paisaje, los hombres y la forma de vida de su Euskadi natal. Un arrebato lírico que a veces bordea un sentimentalismo que Amestoy no rehuye, en el convencimiento de que su sabiduría de dramaturgo compensará con creces la espontaneidad y la franqueza del artista que se da por completo y se vacía.

Queda hablar de la interpretación y la puesta en escena, dos componentes que aquí resultan vitales para calibrar el sentido de la obra. Y al llegar a este punto, me hago cronista de algunas de las observaciones que surgieron en el coloquio con los espectadores que se mantuvo, a raíz de su preestreno, en la sala Guindalera de Madrid. Así, un comentario general fue el ya apuntado más arriba del acento gutural que exhibía Bruno Lastra en su caracterización de Xabier. Un acento que, aunque algún espectador pensara lo contrario, a mí me pareció claramente vascuence. En todo caso, era un rasgo propio de su composición actoral que, como se ha dicho más arriba, incidía en todo lo que de adusto y reprimido pueda tener quien sabe que se encuentra en la línea de fuego. En cambio, su antagonista, Íñigo, encarnado por el actor José Maya, se expresa en un castellano sin acento, casi tan puro como el que se dice que se habla en la Meseta. Es ésta una decisión de Juan Pastor, el director de escena, que viene a demostrar una vez más la importancia que tiene el montaje a la hora de determinar el sentido final de los textos que, inermes muchas veces, se someten a ese ineludible proceso de reinterpretación que es su “representación” sobre el escenario.

Y es que, en efecto, tal y como se nos presenta el montaje, con dos acentos tan diferenciados, se fuerza la referencia a ETA aunque en el texto - como ya lo hacía notar Ricardo Domenech en el prólogo a la edición de la obra en Acotaciones, la revista de la RESAD - no se hable nunca de manera explícita sobre el conflicto vasco ni se haga alusión a siglas partidistas como las del PP, el PSOE o el PNV. Y así es, si no me equivoco, porque la confrontación entre el nacionalismo radical (marcado acento vasco) y el poder central (“falta de acento” castellano), aún manteniéndose como telón de fondo, no es el tema determinante de la obra de Ignacio Amestoy (puede que sí lo fuera cuando Xabier dejó la casa familiar). El objeto de la discordia no es ya el afán de independencia de quien se quiere emancipar sino el abismo en el que hoy se precipita la civilización occidental a lomos, esta vez, no de un toro cretense sino de un becerro de oro mercantilista y globalizador que resume cualquier valor humano a su cotización en Wall-Street. El dilema es el mismo - la licitud o no de usar la violencia, y no la razón, a la hora de conseguir unos objetivos políticos – pero trascendido a esa dimensión universal que resulta tan propia de la cultura humanista que caracteriza al autor. Una rebaja del tono vascuence de Xabier (o el hacer hablar a padre e hijo con similar acento) facilitaría así al espectador acceder al propósito final de La última cena.

Y otra de las observaciones de los espectadores que hago mía se refiere al exceso de elementos melodramáticos ajenos al propio texto, en especial la música, que Juan Pastor ha añadido a la representación. Hay un momento en especial que mereció estos comentarios: el abrazo final de padre e hijo, que se subraya con un aria operística que va “in crescendo”. No creo que Amestoy persiguiera crear una emoción artificial. El abrazo de Íñigo y Xabier no apela a la lágrima fácil. Es un abrazo de reconciliación, sentimental y familiar sin duda, pero también política y moral, es decir, propia de la catarsis trágica. La última cena ha superado el drama y alcanzado ese nivel más alto que buscaba Íñigo para su postrer obra. No se reconcilian un padre liberal y un hijo terrorista sino dos ideas, libertad y justicia que, junto con la igualdad, constituyen el credo de una revolución que aún está lejos.

Obra de tesis, sí, la que nos trae aquí Ignacio Amestoy. Demasiado tiempo llevábamos sin ellas, sin que la fuerza de unos argumentos fundamentados en el acontecer cotidiano incitara nuestra reflexión, sacudiera nuestras conciencias y nos conmoviera.

David Ladra

 

Reflexión sin final

 

Obra: El uno y el otro Autor: Rafael Campos. Produce: Teatro Arbolé. Intérpretes: Rafael Campos y Francisco Ortega. Escenografía: Sebastián Brossa. Iluminación: Lionel Spycher. Vestuario: Miriam Compte. Dirección: Joan Ollé. Lugar y fecha: Teatro Arbolé (Zaragoza) 5 de mayo de 2010. Aforo completo.

El estreno del pasado miércoles en la sala Arbolé de Zaragoza, puede ser leído como acontecimiento y como hecho teatral en sí. Acontecimiento, en la medida que supone la vuelta a los escenarios de Rafael Campos y Francisco Ortega, dos nombres sobradamente conocidos de la escena aragonesa. Retorno a la esencia del teatro, a la actuación, que tiene un componente emocional, al tratarse de un proyecto que nació de la mano del tristemente fallecido Miguel Garrido. Ese carácter de acontecimiento, de viaje a lo esencial por parte de dos hombres que son parte de la historia del teatro contemporáneo en Aragón, es lo único que puede explicar la respuesta, en mi opinión desmesurada, de gran parte del numeroso público asistente, puesto en pie en una cerrada ovación.

“El uno y el otro” nos propone una reflexión sobre el peso de las ideas, de la cultura, de la palabra misma, en el devenir de la existencia. Dos personajes se encuentran en una estancia para intentar olvidar lo de fuera. Tarea nada fácil ya que, prisioneros de sí mismos, no podrán dejar atrás sus obsesiones, sus pasiones y sus errores. Ellos, que necesitan con urgencia el silencio, no pueden dejar de hablar y recordar. Por momentos nos recuerda a Beckett, sobre todo por sus diálogos circulares, por el esperar sin saber qué de sus personajes, por su reflexión abierta y sin final, por la desesperanza pintada en ocasiones de ironía. Hay pinceladas de humor e inteligencia, pero a veces se echa de menos esa frescura y agilidad que eviten que el texto termine enredándose sobre sí mismo.

Al conjunto le falta rodaje y necesita depurar algunas cosas. Conviven situaciones brillantes (muy logrado el momento de la lista de odios o su final cargado de absurdo) con otras en las que las palabras terminan pesando demasiado porque no hay un sólido juego escénico que las sustente. Joan Ollé imprime al espectáculo esa cadencia de quien devana la madeja de la vida sin ningún sentido, un ritmo dominado por la palabra de los actores. Un buen trabajo escenográfico recrea un espacio ocupado por múltiples objetos (desde un piano a un cabezudo) testimonio del paso de la vida. En él evolucionan dos actores que defienden sus personajes y casi hacen olvidar, que son muchos los años que llevan sin entrenar el músculo de la interpretación.

Joaquín Melguizo

Publicado en Heraldo de Aragón 7-05-10