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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Si el teatro se nutre de encuentros, de los que se dan entre actores y espectadores y de los que se dan en la vida, lo normal es que algunos encuentros te cambien la forma de ver el teatro y, si te descuidas, también la vida. Uno de esos encuentros mutadores que de vez en cuando me agita susurrándome desde el pasado, es aquel que tuve con Paco de la Zaranda hace unos dos años. Lo inolvidable es una experiencia íntima e intransferible, y si bien él olvidó aquel cruce, según me dijo hace pocos días, yo lo recordaré siempre.

Era algún mes soleado de 2008. Época que hoy queda ya muy lejos, tanto que según dicen entonces no había crisis. Es lo que tienen las crisis que además de hacer volar el dinero son capaces de enlentecer el tiempo. Sucedió que tenía una entrevista concertada con Paco, la cual debía introducirse en un programa de radio sobre teatro. Un programa de radio sobre teatro en una radio local era una de las guindas utópicas de aquel año que esperaba el puñetazo de la crisis con el moflete fresco y sonrosado. Había quedado con Paco en el Teatro Barakaldo, donde su compañía (La Zaranda) iba a presentar “Los que ríen los últimos”, el viaje esperanzado por los vertederos de la desesperanza de tres payasos hermanos. Para entonces ya había visto y revisitado alevosamente algunos de sus anteriores espectáculos. Sin duda, era una época en la que sufrí lo que los miembros de la compañía llaman “zaranditis”, una suerte de hechizo por el teatro de este grupo, el cual te obliga a asistir a todas las representaciones suyas cuando se ponen a tiro. Como secuela insoslayable de aquella enfermedad aún me deleito recordando imágenes y frases de sus antiguos espectáculos: “Entre la noche y el día están los sueños”, “Ruido con la boca es lo que hace ahora la gente, ruido con la boca”, “Una cosa es que no haya luz y otra es estar ciego”, “Es un milagro que aún estemos juntos”, “Es un milagro que aún esperemos un milagro”... Así son los buenos espectáculos después de un tiempo, huesos devorados que se almacenan en la despensa de la memoria y que de vez en cuando sacas para continuar royéndolos.

La entrevista encontró espacio en los bajos fondos del Teatro Barakaldo, atmósfera idónea para tratar de inmiscuirme durante breve tiempo en los recovecos creativos del grupo. Así pues, rodeados por el atrezzo que estaba a medio de salir de sus cajas y con la grabadora como reportera infalible, comenzamos el diálogo. En las buenas entrevistas las preguntas son trampolines en las que quien responde salta a un vacío desprovisto de prejuicios y repuestas consabidas. Pero si el encuentro resultó entrañable no fue por las preguntas, que bien olvidadas están, sino por el discurso de Paco, que en aquel lugar habría convertido cualquier ñoña pregunta en un trampolín hacia la reflexión emotiva sobre el teatro. Paco charló sobre la importancia del silencio, no sobre ese silencio superficial que sólo se representa a sí mismo, sino sobre ese silencio profundo que es capaz de comunicar más que cualquier palabra y que nos pone en contacto con nuestra esencia más recóndita. Habló también de la necesidad de no convertir el arte en materia de consumo con fecha de caducidad limitada, y abogar por un teatro que nutra el espíritu de las personas. De huir de influencias externas que suplantan la voz creativa que te murmura en primera persona. De buscar, cuando se crea, la inspiración más que el oficio. Que el teatro, ante todo, es un acto de fe, y que mientras haya un espectador que comulgue, el teatro seguirá teniendo un sentido, alguien a quien dirigirse... Pero sobre todo este tapiz complejo de creencias y emociones que me ofreció Paco, fue su naturalidad y llaneza lo que realmente trascendía su discurso. Es una paradoja: lo complejo trasciende cuando resulta sencillo. Torpemente puedo pues trasladar el pálpito de aquellos pensamientos en este papel virtual manchado de palabras ordenadas. Hubo, sin embargo, una frase que mis neuronas se tatuaron y que aquí transcribo: “Yo no hago teatro, a mí se me revela el teatro”, dijo Paco con gesto transparente.

Hace pocos días cuando el Zornotza Aretoa organizó un encuentro informal con miembros de La Zaranda, con motivo de la presentación de su último trabajo, “Futuros difuntos”, apareció la misma idea. Esta vez fue Eusebio Calonge, dramaturgo e iluminador del grupo (el concepto iluminador aquí, por tanto, cobra sentido literal y metafórico), quien se expresó en términos similares: “Nosotros no hacemos teatro, es el teatro quien se hace a través de nosotros”. Tanto Eusebio como Paco se mostraban en una aparente actitud pasiva frente a la creación, cuando de quien crea se espera justo lo contrario: que emprenda, proponga, sugiera, seleccione y plasme. En ese supuesto “dejar hacer” del creador parece emerger una relación honda y espiritual (que no religiosa) con el teatro que de otra manera no sería posible. Es un estado íntimo, sosegado y apacible desde el cual comunicar aquello que sólo se puede transmitir a través del arte. Desde ahí, alimentar el engranaje comercial que envuelve toda actividad teatral, que tan relevante se estima en estos tiempos, adquiere el plano secundario que le corresponde; al tiempo que lo que hoy se considera sólo un medio, el crear, se convierte en el único y más honesto fin. Desde esa supuesta pasividad, donde uno es sólo un canal abierto que deja conducir estímulos, se puede dar relieve a lo intangible y relativizar el valor de lo que sólo es material palpable. Ahí, precisamente, en ese paradójico hacer pasivo, es cuando se está más cerca de encontrar aquello que es sagrado en el arte sin tener que rezar por ello.

Eso fue, al menos, lo que Paco me enseñó y cuyo eco escuché en la boca de Eusebio recientemente, en otro de esos encuentros que, casi sin hacerse presente, van directos a la memoria.