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Dom, Sep

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Cuanto más nos esforzamos en encontrar diferencias entre el resto de los animales y nosotros, más nos damos cuenta de que nos parecemos a ellos. Tanto, que aún hoy se discute en múltiples ámbitos científicos cuál de todas estas características que nos afloran es aquella que nos hace genuinos, aunque sea para mal. La respuesta más fiable quizá la encuentren en algún número reciente de National Geographic, pero a mí me gusta pensar, quizá mintiéndome con piedad, que aquello que nos vuelve diferentes es nuestra capacidad para contar historias. Así al menos se lo escuché al filósofo José Antonio Marina. Echen cuentas y cuentos. Hacemos historias con nuestra memoria, con lo que nos pasa ahora, con lo que nos pasará después, incluso con lo que nos gustaría que pasara y con aquello que, de suceder, no soportaríamos. Sabemos conjugar todas las maneras para hilar historias; una cualidad que nos diferencia del resto de los animales, incluso de los simios, a quienes apenas hemos dejado atrás a la vuelta de la esquina. Cuán profundo anidará esta cualidad dentro de nosotros, que incluso cuando dormimos nuestro cerebro aprovecha los sueños para seguir creando historias.

Es quizá pues por instinto que filtramos lo que nos rodea a través de historias, que entendemos mejor lo que sucede alrededor si detectamos sucesos que invitan a ser narrados. Quizá por eso preferimos conocer la Historia a través de sus pequeñas historias y sus protagonistas, y no a través de fechas y acontecimientos. Quizá por eso también nos gusta intuir que detrás de cada ley hubo una historia de injusticia, de la misma manera que cada historia de injusticia que conocemos hoy debería albergar la semilla para convertirse en una ley que impida que se repita. Quizá por eso nos aburre hablar del tiempo con sus temperaturas y pronósticos, y no de aquello que se podría escribir con lo que hacemos, haga sol o nieve. Quizá por lo mismo nos hubiese gustado ir a la escuela a escuchar historias sobre la vida y no a memorizar datos que la describan.

Si pensamos que contar historias sobre lo que nos sucede y envuelve es lo que nos humaniza, es fácil hacer el recorrido inverso y concluir que nos iremos deshumanizando irremediablemente a medida que perdamos capacidad para percibir las historias que nos circundan. Creo que quienes ostentan el poder son plenamente conscientes de ello y por eso nos sirven la realidad con datos fríos, asépticos y difíciles de comprender. Difíciles de comprender no tanto con el intelecto sino con el instinto emocional. Conscientemente velan las historias cotidianas que pueden despertar nuestra empatía detrás de una maraña de números e informes. Y así, a fuerza de camuflar millones de pequeñas tragedias detrás de índices y estadísticas, los ciudadanos vamos perdiendo reflejos hasta llegar a esta letargia en la que habitamos.

No es que miles de jóvenes tengan que emigrar en busca de trabajo. Es que aquella chica del barrio que tanto prometía ya está asentada en Alemania. Una chica que quizá sea mi hermana de aquí a unos años. No es que el IVA haya subido un 21%. Es que tal compañía ha tenido que suspender una gira completa por la bajada de espectadores, echando por tierra meses y meses de trabajo. Una compañía que podría ser la mía. No es que hayan recortado un 20% en cultura. Es que aquel teatro dejará de programar el festival que atraía espectáculos sorprendentes y unía a espectadores de todos los estratos. Un teatro que bien podría estar en mi ciudad. No es que recorten otro tanto por ciento en educación. Es que el proyecto de aquella Escuela Superior en Artes Escénicas está en suspenso y con ella el futuro de una generación de actores y bailarines. Una escuela que podría estar ahí cerca. Tampoco es que las subvenciones se recorten hasta convertirse en calderilla. Es que hay grandes ideas para desbordar la escena que nunca podrán llevarse a cabo. Ideas maravillosas como las que habitan en la cabeza de un amigo artista.

No nos queda otra que contar historias frente a tanto dato que amenaza con embotarnos. En el metro, en el ascensor, de paseo o con el codo pegado a una barra. En un parque, en una colina, con el mar de fondo; encima, debajo, alrededor de un escenario. Con la voz, con el cuerpo, en silencio o con música. Contemos pues historias no sólo para jugar a ser un espejo más o menos convexo de la realidad, sino porque con ello ponemos en práctica ese deporte de riesgo que cada vez practicamos con menos frecuencia: la humanidad.