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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

No quisiera pisarle mucho el jardín al amigo Germán Jaramillo, por lo que todo lo que escriba sobre la narración oral no tiene más autoridad que la de haber copiado bien, de haber escuchado bastante, y de leer todo lo que tanto Germán como Virginia Imaz, nos van explicando sobre este acto creativo, la narración oral, los contadores de historias, que para algunos, entre los que me cuento, son la expresión básica, fundacional, de lo que históricamente conocemos como hecho teatral, es decir un ser humano que le cuenta algo a otro ser humano. Y lo hace con la palabra, la voz, y el gesto sin más aditamentos.

En estos tiempos de crisis podemos encontrarnos con algún exceso, con algún problema añadido en este campo, porque es posible que aparezcan más voluntariosos cuentistas que revienten el mercado, que lo ganado en el terreno profesionalidad sufra, que la mengua de los presupuestos incida en la contratación y por ello en la estabilidad económica y profesional de quienes a ello se dedican. Sufrirá, me imagino, como sufrirán otras expresiones de las Artes Escénicas, pero con sus peculiaridades.

Esta entrega viene inspirada por Iñaki Gabilondo, que anda promocionando un libro en donde cuenta sus experiencias periodísticas, una suerte de biografía profesional, y decía en una de las entrevistas, que "el periodismo es contar algo" a la gente. No quisiera entrar en polémicas gremiales, pero hay veces que con dar la noticia ya se hace eso, no hace falta añadir adjetivos calificativos, ni opiniones partidistas o ideológicas como está sucediendo actualmente en el ejercicio general del periodismo informativo de una manera más que extendida. La opinión, es otra cosa. Y ahora muchas veces se confunde. Hay titulares con más carga ideológica que la Biblia entera.

Pero vayamos a lo de contar, porque el verbo tiene muchas afecciones, y el propio Gabilondo decía que ahora se cuenta poco, en el sentido, de informar, de narrar una noticia, y a la vez todo parece contarse. Se cuentan las audiencias, los minutos o segundos que salen los políticos en televisión, los presupuestos, las subvenciones. Y es ahí en donde el paralelismo viene que pintipirado para lo que nos ocupa.

El teatro es un lugar para contar algo, pero llevamos años que prevalen las cuentas por encima de los cuentos. Los presupuestos, las subvenciones, el porcentaje de ocupación, la cantidad de euros obtenidos por las recaudaciones, el número de butacas colocadas a la venta, el número de teatros que conforman las redes. Se cuentan espectadores, pero también se cuentan programadores. Es decir, que vivimos contando. Aritméticamente. Y no está mal que así suceda, que exista una parte de la gestión preocupada sobre estos asuntos primordiales, pero si nos fijásemos más en los cuentos, en los cuentistas, en los creadores y en sus creaciones, fuera del mero hecho contable, avanzaríamos más deprisa. Porque ahora, primero vienen las cuentas y después los cuentos.

Yo propongo justo al revés. Y no se trata de remordimientos fundamentalistas ni de rechazo del dinero. No, todo lo contrario. Nos gusta mucho el dinero, pero nos gusta más la poética, y nos ha parecido entender que se puede mantener con criterios economicistas un tinglado, durante un tiempo de burbuja económica, pero que el Arte además, necesita de otras cosas, y que cuando el cuento que cuentas es bueno, las cuentas funcionan mejor.

Una pregunta de cuentas, ¿Por qué motivo viajan en Businses Class algunos funcionarios culturales?