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04
Mar, Ago

¿De qué sexo es la palabra? | Marianella Morena

Uno entiende lo que nunca entendió. El misterio del teatro ingresa en la vida, el misterio y la hondura de saberse un poco más, siempre el pliegue del yo.

Estuve internada en el CTI, después de dos operaciones y con una hemorragia que se llevó mis líquidos, mientras todos corrían a mi alrededor diciendo: " no tiene pulso, no entiendo, la presión baja cada vez más, está helada" yo sólo digo: "me hundo al infinito".

Me dieron transfusiones de 12 donantes. Ellos 12 andan por adentro mío, ellos y todos los médicos, enfermeros, nurses, ginecólogos, cirujanos que me atendieron sin descanso.

El amor de perder el yo para sólo atender el yo ajeno, ese otro yo desvalido, maltrecho, dolorido, enchufado, y solo. Ese otro yo, era mi cuerpo, que pedía piedad.

Mi cuerpo tantas veces esclavo de mi mente, apurado, exigido, adiestrado para ser hasta en las últimas consecuencias, mi cuerpo sin edad, siempre en estado de alerta para responder, mis manos para escribir, mis emociones para percibir la escena, el estado del actor, el cuerpo al servicio de la inteligencia intelectual, ¿y la inteligencia corporal?

Esa que abandoné cuando dejé de actuar, esa poca inteligencia que he tenido para entregar mi cuerpo a amantes que no me han amado. Mi cuerpo no ha sido amado por mi inteligencia.

Te pido perdón cuerpo mío.

Entonces me miro, me miro desde un lugar que no sé cuál es, y me veo vanidosa, tonta, con una niñez que sólo me ha dado resultados para lo teatral. Tampoco es poca cosa.

Pero la vanidad que nos sumerge diariamente nos seduce y nos dispersa, ¿en qué nos concentramos, a qué dedicamos nuestra energía, nuestra charla, nuestra atención?

Mientras estoy aislada observando como esas personas de luz dan sin esperar prensa, escándalo, brillos, viajes, medallas, dan, el dar como indispensable para ser humano, para ser mejor persona. Pienso en la hoguera de vanidades donde todos nos encendemos por baratijas y me avergüenzo de malgastar preciosidades.

Nada como el vértigo de la vida y la muerte sin frontera, sin división de género, tragedia, comedia, drama, surrealismo, realismo, hiperrealismo, absurdo, posdramático, pausado, veloz, todo sucede y todo y aquello inimaginable de coincidencia entre texto , imagen, acción, reacción. No hablemos más de géneros, no existen más. No hablemos más de esas cosas que nos confunden y nos llevan por el camino de la fórmula. Limpiemos la casa personal y la casa colectiva de adornos inútiles.

El teatro que está muerto es porque las personas que lo hacen están muertas. Olvidadas de su verdadero sentido. No es cuestión estética, ni presupuestal, tampoco de tendencia, de elección de estilo, contemporáneo, tradiccional, clásico, mixto, nada de eso importa. Importa el ser auténtico, humilde y despojado, entregado, limpio, sabiendo que apenas da una porción al universo. Que somos privilegiados, es bueno saberlo, minimamente, aunque nos olvidemos en la primera mala crítica a nuestro trabajo. Somos privilegiados.