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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Supongo que no es lícito decir que se siente nostalgia de un recuerdo que no se ha vivido. Al fin y al cabo uno no puede añorar paisajes que no ha visto, amigos con los que no ha charlado o maestros que no le han enseñado. Sin embargo, en ocasiones, cuando tomo un café en algún bar anónimo de la ciudad, nostalgia es la palabra que me viene a la cabeza. Mientras alguien mitiga inútilmente su soledad a tragos, mientras otro airea su chusca intimidad buscando consuelo en un camarero que ha aprendido a asentir mecánicamente al tiempo que piensa en cualquier otra cosa, o mientras los niños ven lo energúmeno que puede ser su padre viendo un partido de fútbol, en esos momentos, cuando el bar no es más que una cochambrosa vía de escape para gente perdida, siento nostalgia por los antiguos cafés. Me refiero a esos cafés que jamás conocí pero que, según dicen, fueron lugar de encuentro, rebelión y cultivo de numerosos artistas.

Pienso por ejemplo en los cafés de París del siglo XIX, pues fue en ellos y no en ningún museo o estudio de pintura donde nació el movimiento impresionista. Uno de los más célebres de estos cafés fue el Guerbois donde se juntaban y discutían, a veces con la boca y otras con los puños, artistas como Émile Zola, Claude Monet o Paul Cézanne. Pienso también en los cafés de Viena, allí donde acudían numerosos escritores para leer, charlar o escribir, con licencia para pasarse horas sin necesidad de consumir más que un modesto café. Los camareros incluso les rellenaban gratuitamente el vaso de agua, para que los debates no perdieran fuelle. En nuestras cercanías también hay algunos como el Café Gijón, famoso lugar de tertulia madrileño para infinidad de escritores, actores y directores. O el Café de Chinitas, en el que convergieron poesía y flamenco en múltiples noches antes de la Guerra Civil, y que Lorca hizo eterno con el poema cuyo título llevaba su nombre.

Estos cafés, apenas reconocibles hoy día, donde artistas de muy diversa índole cruzaron sus inspiraciones, sirvieron para plantear inimaginables horizontes creativos. Horizontes que, intuyo, a veces se perdían en la tupida niebla de los cigarros, pero que en otras ocasiones daban lugar a obras memorables. Como el caso del mencionado poema de Lorca que, en su versión cantada y envuelto en una escenografía de Salvador Dalí, La Argentinita llevó al Metropolitan Opera House de Nueva York. O como muchos de los cuadros impresionistas que, habiéndose fraguado en los cafés de París, han acabado colgados en las mejores galerías de Europa. Inverosímil el trayecto de estas creaciones: de una idea probablemente esbozada en una servilleta de taberna a los museos actualmente más prestigiosos.

Precisamente, en busca de acercarse a la atmósfera y encanto de este tipo de cafés, la SITI Company de Anne Bogart estrenaba esta semana su último espectáculo, titulado “Café variations”. Para ello, entre otras fuentes, han tomado libremente varios textos de Charles Mee, uno de los dramaturgos americanos más originales e inquietantes, cuyas obras el autor siempre pone a disposición de todo el mundo en Internet, invitando a cualquiera a leerlas y también a crear a partir de ellas (¡Ojalá podamos tener traducido alguno de sus textos pronto!). Bogart dice que han construido el espectáculo en módulos, de forma que la obra principal puede desgranarse en varias piezas que, a su vez, podrán presentarse en espacios fuera del edificio teatral, como los museos, los parques públicos y, por supuesto, también los cafés. Cómo me seduce la manera en la que esta compañía juega con la bisagra del pasado y el presente. Siempre innovando sin perder la mirada atrás. Espero toparme con el espectáculo o algunos de sus fragmentos en el futuro.

Con quien seguro he de cruzarme es con otro proyecto que también indaga este curioso vínculo entre los bares y la creación. Bajo el título “Tabernas fantásticas”, el Pabellón 6, con el impulso de Ramón Barea, acoge desde hace una semana diversas propuestas que nacieron en bares con vocación artística y que exploran los ámbitos de la poesía, la música o las artes gráficas.

Los dos proyectos mencionados, reivindican el brillo social y comunicativo de algunos cafés y tabernas de antaño, que hoy difícilmente podríamos encontrar. Para mí son una manera de intentar curar esa extraña nostalgia que aparece con recuerdos que sólo se han soñado. Desde aquí va un brindis por ellos.