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Dom, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Continuamos aquí lo expuesto por Germán Jaramillo la semana pasada en la página vecina, donde reflexionaba en torno a la cultura bajo el título “La cultura está en todas partes”. Él tiró la piedra al río y nosotros seguimos su onda.

La cultura, en sus múltiples usos y consumos, se acoge a infinidad de perspectivas diferentes que van de lo honesto a lo funesto. Tanto es así que una de las características definitorias de la cultura es, paradójicamente, su indefinición. Decimos cultura y, en realidad, es difícil saber de qué se está hablando, quiénes son quienes realmente la promueven, cuál es su verdadero sustento y alimento, o el valor y sentido que adquiere en la sociedad actual. Basta observar cómo varía y desvaría su gestión cuando la economía, esa enferma del que todo el mundo se aprovecha mientras proclama cuidarla, se nos queda escuálida. Y es que tal vez la única certeza que tenemos con la cultura en tiempos de pobreza sea la incertidumbre que la acompaña. Aunque, siendo puntillosos, no es menos cierto que en periodos oscuros las altas instancias tienen al menos una cosa clara: en época de vacas flacas, la primera vaca que tiene que ponerse a régimen es la vaca de la cultura.

Para buscar una definición diáfana de cultura lo mejor es recurrir a la ciencia. Los científicos son capaces de explicar la vida de forma objetiva y precisa, a pesar de que la vida sea de todo menos objetiva y precisa. Biólogos y antropólogos dicen que la cultura es aquello que se aprende por imitación social. Es decir, aquello que guía nuestro comportamiento y que no viene dado por los genes.

Para comprender esta perspectiva de la cultura no hay como recurrir a los monos que, aunque en la evolución los dejamos hace tiempo atrás, por lo visto aún tienen cosas que enseñarnos. Nos servirá de ejemplo la entrañable historia de Imo, una mona japonesa de la familia de los macacos. Resultó allá por los años cincuenta, que a un científico japonés le dio por hacer un experimento a medio camino entre el interés científico y la puñeta: con el objetivo de estudiar el comportamiento de los macacos dejó boniatos en la playa para los monos que vivían allí. Claro, los macacos de la playa, los muy golosos, querían comerse aquellos boniatos, pero al estar mezclados con arena, una vez introducidos en la boca los escupían de vuelta al suelo. Y ahí permaneció ese manjar desaprovechado hasta que a Imo, la macaco más inteligente de su promoción, se le ocurrió la solución. Cogió un boniato, se fue al agua, dejó que la corriente limpiara la arena y se zampó el tubérculo. Una lince, la mona. No tardaron el resto de sus compañeros en imitarle hasta que la limpieza de ciertos alimentos pasó a formar parte de la cultura de aquel grupo de macacos japoneses. Hoy día todos sus descendientes saben qué hacer si sus alimentos se vuelven croquetas de arena. El hallazgo de Imo es un ejemplo clásico de cómo nace y se transmite la cultura dentro de un grupo.

Si la cultura, en su perspectiva científica, es aquello que se aprende por mimesis y se transmite de generación en generación, llegamos a una primera conclusión: la cultura en sí misma no es ni buena ni mala. Para entendernos: es igual de cultural ir de etiqueta a la ópera que desgañitarse insultando al árbitro durante un partido de fútbol, por cuanto ambos son comportamientos que se aprenden por imitación social. Bajo este prisma, lo cultural define la manera en que se adquiere lo aprendido y ello no supone necesariamente un valor añadido de inteligencia ni sabiduría.

Frente a esta noción científica de cultura, está la concepción cotidiana de cultura, tan habitual como confusa, a la que hacíamos mención al principio. Esa grandilocuente expresión que, amén de otras cosas, engloba las actividades artísticas y que tiene la curiosa capacidad de llenar la boca de algunos y vaciar el estómago de otros. Para distinguir este concepto de cultura del anterior, a esta Cultura la denominaremos con mayúscula, a pesar de que -dicho sea sin coger aire- en la sociedad actual su valor sea minúsculo.

¿Cómo se conecta entonces esta Cultura con la otra cultura?

En condiciones ideales, la Cultura en mayúscula debería fomentar la cultura en minúscula en su sentido más constructivo. La Cultura tendría entonces que impulsar la cohesión social, el desarrollo individual, el debate, la reflexión y servir de encuentro con nuestro lado más instintivo, emocional y primitivo. En definitiva, ser un valor a compartir y legar tanto entre quienes la impulsan como entre quienes la disfrutan. Lamentablemente no siempre es así. Frecuentemente la Cultura más que un bien que se intercambia y se trasmite, es sólo un producto que se consume y con el que se mercadea. Un pasatiempo intranscendente con mucha parafernalia que despista el devenir humano en su pequeña y más rica escala. Nos encontramos entonces ante una especie de evolución peyorativa donde la Cultura no tiene nada de cultural, nada que merezca ser imitado y desarrollado.

A veces da la sensación de que nuestro progreso sigue la trayectoria del boomerang. Seguiremos avanzando obstinadamente hacia delante, hasta que en una de estas nos demos de bruces con nuestro propio trasero.