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28
Mar, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Al llevar más de diez quinquenios dedicado a asuntos relacionados directa e indirectamente con las artes escénicas, habiendo pasado por diversas fases, la inmensa mayoría de ellas dentro de la clase media en todos los sentidos, sin haber destacado en casi nada, pero con el orgullo de mantenerse vivo, de seguir cumpliendo con los objetivos marcados difusamente en el quehacer cotidiano durante esos vaivenes de la historia propia y la colectiva, la memoria se convierte en una trampa llena de emociones en las que se magnifica ciertas situaciones o épocas, pero que ayuda a mirar la realidad presente desde una perspectiva que en ocasiones puede parecer muy exigente o muy alterada por las supuestas fobias que uno va acumulando en el imaginario de los demás, aunque uno mismo no las reconozca, sino que es en muchas ocasiones, todo lo contrario. Por eso digo que da lo mismo lo que uno diga o haga, al llevar tanto tiempo dando la cara, opinando, equivocándose, los otros se han hecho ya una configuración cerrada de tu personalidad que es casi imposible cambiar.

 

Las fobias funcionan de ida y vuelta. A veces se podría entender que es un efecto espejo. Pero yo recordaré siempre una vez que a unos “enemigos” acérrimos les hice una crítica en la que resaltaba la bondad de todo en su conjunto y ellos se lo tomaron como si fuera una ofensa, porque dedujeron que si decía que era bueno su montaje era mentira, que era una manera de mofarse de ellos. Imposible explicar a nadie que no quiera escuchar que a veces, hasta los más sectarios, somos capaces de aplicar las reglas que predicamos y nos mantenemos con una cierta objetividad al opinar o criticar un trabajo, aunque sea de nuestros padres o de nuestros excompañeros de grupo. Todo ello, suponiendo que exista algo parecido a la objetividad en el ejercicio del análisis de algo tan vivo, poliédrico, con tantos matices como es una obra de teatro. 

Podríamos colocarnos en otro plano de la irrealidad y decir que todo es cuestión de carácter. Venga, sí, de acuerdo, soy escorpión, de pequeño no pude mamar leche materna porque mi madre tuvo tuberculosis, era muy delgado, mi ambiente de familia trabajadora no me facilitó otra cosa que una magnífica integración laboral desde muy joven y si mantuve una cercanía y práctica con el teatro fue una cuestión absolutamente casual. Todas estas circunstancias, toda una evolución en un mundo teatral como el catalán de los años sesenta y setenta, son mi auténtica escuela. Pasé por escuelas privadas e institutos públicos, pero me formé haciendo teatro “experimental e independiente”, cosa que marca de por vida y debo más a lecturas de revistas especializadas y visionados de espectáculos por todos los lugares de Europa que a las clases regladas, pocas, a las que asistí, debido, entre otras cosas, a mi tendencia a la rebeldía sin causa. 

Cuando en estos días me están pidiendo para alguna convocatoria de ayudas mi currículum, utilizo uno muy abreviado, esencial, y me siento bastante realizado. A pesar de mis deficiencias intelectuales, de mi formación excesivamente pragmática, de mi debilidad conceptual, tengo una hoja de servicios digna. Un mediocre con suerte. He estado en el lugar adecuado en el momento preciso. Valgan dos ejemplos rápidos. En 1976 formé parte de la Asamblea de Actores y Directores de Barcelona que puso en marcha el Grec más popular y abierto jamás soñado. En 1977, formé parte de la Mesa que llevó la gestión de esa edición. Me encargaba de prensa. Ya apuntaba deseos. En 1981 estaba contratado por la Cooperativa Teatral Denok, de Vitoria-Gasteiz y me tocó dirigir el festival de ese año en el que se recibió por primea vez ayuda del Gobierno Vasco y que se inauguró con Nuria Espert, se cerró con Ladislao Fialka y por medio aparecieron Lindsay Kemp, Living Theater y por primera vez en España Tadeuz Kantor, Momix, Los Colombaioni, entre otros. Eso está en mi biografía. Hitos. Y en positivo.

Sí, es cierto, se acumulan también resentimientos. El peor de todos es creerse merecedor de algunas distinciones que no se producen. Y las ocultaciones y omisiones voluntarias. Nunca aparezco en ninguna reseña de los que gestionamos el Grec-77. Al principio me dolía. Ahora lo asumo como una de mis virtudes. Ser invisible para los adanistas. Llevo más de cuarenta años fuera de mi Barcelona natal, mi relación con las nuevas generaciones teatreras es casi nula, mis amigos se están yendo o se han ido ya. Pero las hemerotecas, los documentos deberían consultarse.

Reflexiono sobre las circunstancias. Del grueso de mi vida de crítico lo he desarrollado en los diarios EGIN (cerrado de manera violenta por el juez prevaricador Baltasar Garzón) y posteriormente en GARA donde todavía mantengo una relación constante y diaria. En otros generalistas y especializados también, pero el estar en estas cabeceras marca. Se entiende que con todas las campañas contra lo que se llamó izquierda abertzale, al crítico de teatro, no le quita el estigma ni su reformado forofismo por el Barça. Así que insisto, da lo mismo lo que tú, yo o cualquiera haga, los otros ya hemos decidido antes de que eres de tal o cual familia, de que tienes estas o aquellas fobias y filias. Y es algo que destruye mucha confianza. Me acuso de caer en este vicio. Ya no me importa que se apliquen en mí todos los tópicos y estigmas. Me esfuerzo por cambiar lo que considero defectos reemplazables. En otros casos es que es lo que pienso, es lo que veo, lo que creo es mejor para la colectividad. 

Por ejemplo: el INAEM, yo pido demolición y levantamiento de una estructura adecuada a los tiempos y las leyes, constitución y estatutos, y lo hago sabiendo que no puedo esperar nada de esa institución. Es más, no puede este equipo actual de desgobierno ignorarme a mí, a ARTEZ, a la editorial Artezblai más ni con más saña. Ellos tienen el poder, pero dudo que tengan ni la razón ni un plan que no sea contemporaneizar y atender a sus servidumbres previas y las sobrevenidas.

Por lo demás, muy bien, afrontando un verano muy atípico. Vengo de Almada, mañana voy a Burgos, la pandemia me ha impedido estar en Miami, pero esperemos que no aborte el viaje a Colombia con Lendias d’Encantar y nuestra “Quarteto da alba 2.0” que empezamos el próximo 8 de agosto. Insisto, da lo mismo, acabamos de sacar a la calle un libro majestuoso, “Los cinco continentes del teatro” de Eugenio Barba y Nicola Savarese, y eso no me lo puede negar nadie. Sigue abierta con muchos sudores la Librería Yorick. Da lo mismo, te recordarán por cualquier otra cosa, a ser posible, desfavorable para ti.

No sé si esta homilía olímpica debería ir a un juzgado o a una terapia personal. No me he desahogado. He intentado escuchar a algunas de las voces que pueblan mi cabeza. Felices fiestas.