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Mié, Oct

Excepcionalidad y tradición

 

Obra: Dança da Morte /Danza de la Muerte - Dramaturgia y dirección: Ana Zamora - Intérpretes: Luis Miguel Cintra, Sofía Marques, Elena Rayos, Eva Jornet, Juan Ramón Lara, e Isabel Zamora - Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro - Vestuario: Deborah Macías - Escenografía: David Faraco y Almudena Bautista - Iluminación: Miguel Ángel Camacho - Coreografía: Javier García Ávila - Compañías: Nao d´Amores y Teatro da Cornucopia - Festival Internacional de Teatro de Almada, Portugal.

 

La compañía castellana Nao d´Amores, con su directora Ana Zamora a la cabeza, se ha trazado una línea clara en su producción teatral basada, entre otros factores, en la investigación de textos de la literatura antigua y en unas puestas en escena rigorosas y estéticamente hermosas. Por recordar algunos de sus últimos trabajos hay que citar Auto de la Sibila Casandra (Festival de Almagro, 2003), Auto de los Cuatro Tiempos (Teatro de La Abadía, 2004), Misterio del Cristo de los Gascones (Segovia, 2007), Auto de los Reyes Magos (Teatro de La Abadía, 2008). Y ahora ha sido Dança da Morte / Danza de la Muerte en el Festival Internacional de Teatro de Almada, Portugal.

El montaje que nos ocupa ahora sigue en esa línea de trabajo pero aporta algunos matices que le hacen más singular aún. En primer lugar, este espectáculo es una coproducción con la compañía lisboeta Teatro da Cornucopia lo cual le da una proyección internacional no solo en cuanto a la producción y distribución sino en cuanto que el texto se expresa en ambos idiomas, en castellano y en portugués. Ahora, cuando el teatro contemporáneo reivindica la pluralidad de lenguajes e idiomas en sus propuestas este montaje muestra, en cierto modo, esa idea babélica desde la perspectiva de la autenticidad.

Y es que en el montaje participan actores españoles y portugueses. Y aquí hay otra singularidad, el actor principal es Luis Miguel Cintra que es toda una autoridad teatral en Portugal: fundador y director del Teatro da Cornucopia en Lisboa, actor teatral y cinematográfico reconocido, recitador, director de escena de enorme prestigio… La presencia de este actor en Dança da Morte aporta un “vuelo intelectual” –expresión de Ana Zamora– incalculable; pero también le añade un valor artístico excepcional. Cintra interpreta al oficiante, a la Muerte con un empaque plástico y sonoro inigualable. La presencia de este artista en el espectáculo puede considerarse todo un lujo que es de agradecer.

El tercer matiz tiene que ver con la manera de tratar la dramaturgia. O, quizá dicho de otro modo, cuenta con una dramaturgia que ha dado un giro sutil a los espectáculos anteriores: se dibuja desde el punto de vista de la tradición y de lo popular (del pueblo). Aunque en este espectáculo, como en los anteriores, siga una línea ritual a medio camino entre lo religioso y lo profano, ahora se enraíza en la antropología, en la castellanidad de un tema tan tratado en la literatura y en el teatro como es la muerte. Además, mientras que los anteriores espectáculos tenían cierto carácter palaciego a modo de divertimento cortesano –estoy pensando en El Auto de los Cuatro Tiempos y en La Sibila Casandra– ahora, La Danza de la Muerte parece estar concebida como un retablo que nace del sentimiento popular dirigido al pueblo a modo exorcismo liberador.

Aparte de que el vestuario evoca el medio rural castellano ancestral y quizá más cercano, el tema de la muerte está mirado desde el punto de vista de la gente llana que es quien sufre continuamente y sabe que tiene que morir. Para esta gente, la muerte hasta puede ser un motivo de liberación, y ver que los clérigos, los caballeros y los poderosos también están condenados a abandonar los privilegios terrenales constituye una satisfacción redentora, una restitución de la justicia, una igualación.

En este sentido, la presencia de Calderón y El Gran Teatro del Mundo se hacen evidentes, pero en este caso sólo hay un labrador frente al Sumo Pontífice, al Rey, al Cardenal, al Obispo, al Caballero, al Orador,… Está el pueblo que presencia y participa como espectador en el espectáculo frente al Rabino hebreo y al Imán musulmán. Éstos también están condenados a la muerte por mucho que en la tierra mantengan sus litigios. Claro, Ana Zamora ha querido hacer un guiño a la tremenda rivalidad que, si en otras épocas se manifestó en convivencia pacífica, en estos momentos está de fatal actualidad.

El montaje

En Dança da Morte, Ana Zamora ha recreado el mismo espacio que utilizara en el Auto de los Reyes Magos. Ha creado un espacio dentro de otro espacio, unas gradas corales donde sitúa al público y entre las cuales también intervienen algunos personajes. Por supuesto, este espacio, al igual que sucediera con el espectáculo anterior, es susceptible de ser eliminado creando en toda la sala convencional una atmósfera dramática similar al coro catedralicio. Por cierto, el suelo de la escena es una reproducción del suelo de la Catedral de Segovia (s. XVI) como homenaje a la ciudad de la directora o quizá como inspiración de esa misma tradición que evoca el espectáculo. En cualquier caso, lo interesante del montaje es esa vocación que tiene Ana Zamora de integrar al público en la escena –también lo hizo con Tragicomedia de Don Duardos de Gil Vicente para la Compañía Nacional de Teatro Clásico en una versión a la italiana–. Público y personaje colectivo se integran en el rito teatral y en una liturgia didáctica acerca de la Muerte acerca de la cual se invita a reflexionar.

Aparte de la espléndida iluminación, el montaje cuenta con una utilería en forma de sobreros significativos que son todo un alarde de fantasía y belleza. Las danzas con música renacentista interpretada en vivo son otro de los primores del espectáculo tanto por los cánticos corales como por la instrumentación. Los movimientos de las danzas poseen un simbolismo teatral fantástico y toman pasos de jota castellana en su más refinada tradición.

Con este trabajo, Ana Zamora se ha superado a sí misma manteniéndose dentro de su estética habitual.

Manuel Sesma Sanz