Sidebar

14
Mar, Jul

en_el_cielo_de_mi_bocaDesde el 8 de octubre y en cinco únicas funciones –9, 15, 16 y 17– el joven actor Daniel Teba (perteneciente a la Joven CNTC, donde ha participado en La moza del cántaro, dirigida por E. Vasco y Todo es enredos, Amor, por Á. Lavín) llevará a escena una obra expresamente escrita para él: En el cielo de mi boca, el último texto de Jose Padilla.


Un estreno absoluto dirigido por Jazz Vilá (un actor y director de teatro cubano con sólida trayectoria: a los 17 años debutó en el Gran Teatro de La Habana con una adaptación propia de La Casa de Bernarda Alba, además de dirigir varios montajes, pertenecer a la compañía de teatro El Público y ser uno de los actores fetiche de Alejandro Brugués, en cuya última película recién presentada en Cannes, Juan de los muertos, interpreta a La China) para una singular sala madrileña ubicada en un antiguo garaje del barrio de Arganzuela e inspirada en los laboratorios artísticos a pie de calle de Berlín y Nueva York, donde el arte, la investigación y las propuestas contemporáneas iluminan cada metro cuadrado: Garaje Lumière.
En el cielo de mi boca toma como pretexto la historia de un joven de talento, Wilhelm (un nombre que hace referencia a un efecto de sonido cinematográfico utilizado por vez primera en la película Tambores lejanos, un grito, corto y seco utilizado posteriormente en numerosas películas), llamado a ser un ídolo juvenil a través de uno de esos programas de telerrealidad donde, según dicen, el esfuerzo personal es la llave al “éxito”. En la habitación de un hotel, nuestro protagonista se agita frenético por algo que acaba de ocurrir y que no descubriremos hasta el final. Bebe para tratar de frenar su inquietud. Ha llamado a un periodista –personaje invisible para el espectador–, como tabla de salvación. Se siente amenazado y necesita un testigo al que contarle cómo ha sucedido todo hasta el momento. Del sueño al fracaso, para el héroe, sólo existirá un peldaño.
Como espectadores de esa caída, escucharemos el grito silencioso de Wilhelm ante un mundo que se desmorona, ante una sociedad acrítica e incapaz de reaccionar que robotiza al ser humano, que lo transforma en un objeto valorable únicamente en función de lo que tiene o puede explotar. Una sociedad donde, siguiendo a Guy Débord, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida y donde Wilhelm podría representar “el corazón del irrealismo de la sociedad real”.
Perturbador juego entre realidad e ilusión
Con una escenografía visualmente deudora de las prácticas cinematográficas del contrapicado, que subraya la conciencia del espectador como voyeur, la puesta en escena se desarrolla como un perturbador juego entre realidad e ilusión, presente en algunas de las películas más influyentes de los últimos años, como la trilogía Matrix y Origen (Inception). En el cielo de mi boca toma la palabra y la emoción para pasar a través de la fragilidad y el espejismo del éxito y conducir al público al mundo de la creación, a la representación de lo real y acaso también a lo irreal de la representación, evidenciando la dificultad para pronunciarnos sobre esa realidad evanescente, un mundo que prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la apariencia al ser, la representación a la propia realidad. Como diría Feuerbach, “lo que es 'sagrado' no es sino la ilusión, lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también el colmo de lo sagrado”.
Wilhelm, por encima de todo, sueña y cae. Padilla, que este verano ha sido el único español elegido para participar en L´Obrador de l´estiu (el taller de dramaturgia contemporánea que, organizado por la Sala Beckett de Barcelona y dirigido este año por Simon Stephens –del Royal Court Theatre de Londres–, reúne a los jóvenes escritores de teatro más prometedores y destacados del momento) y que en 2012 estrenará su versión de Enrique VIII de Shakespeare en el Globe Theatre de Londres, con Rakatá Teatro, se ha inspirado en “Mañana” de Una temporada en el infierno, de Rimbaud, para crear un texto diferente, afianzado en la actualidad más acuciante. A través de una historia sencilla, ha querido sacar a la luz la indiferencia que mostramos ante un “mercado” potenciado por nosotros mismos, que, tras seducirnos y atraparnos, nos aplasta como seres humanos y nos convierte en abnegados soldados en masa donde ya nada quedará, sólo los despojos de lo que un día fuimos o quisimos ser. Como Wilhelm, somos conscientes, conocemos la fórmula, pero no sabemos cómo resolverla.

Aunque En el cielo de mi boca no es un musical, la música original (Ángel Galán ha compuesto la melodía de dos poemas del dramaturgo que pautan las claves del espectáculo) y un tema de Al Green –interpretados en directo– sirven para reflejar poéticamente las pasiones del protagonista.