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Mié, May

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Un mundo justo. Queremos un mundo justo. En un mundo justo la infancia y la adolescencia deben ser etapas sin privaciones en lo esencial: un hogar, afectos, alimentación adecuada, educación lúdica, juego… En un mundo justo la infancia y la adolescencia deben ser inexcusablemente alegres y felices. Sin embargo, con nuestra connivencia, sabemos que, en muchos casos, esto no es así.

Somos cómplices de un mundo desigual y mantenedores de sus jerarquías. Sonreímos o torcemos la cara e intentamos seguir adelante.

El 19 de abril de 2018 el Theatro Circo de Braga me dio la oportunidad de ver Margem, un espectáculo impactante, de Victor Hugo Pontes, en el que un grupo de jóvenes, niñas, niños, adolescentes, danzan, juegan a danzar, y nos cuentan, sin concesiones al sentimentalismo, desgracias y padecimientos que la vida y el entorno les ha infligido: la muerte del padre devorado por un cáncer, la desconfianza de la que son objeto, por el color de la piel o el aspecto… Un grupo de jóvenes que reflexionan, desde la sinceridad, y desde una experiencia existencial profunda, sobre la muerte, el miedo, el dolor, la soledad, el amor, la amistad, la violencia, la miseria, la supervivencia… Una reflexión realizada desde la solidaridad grupal y desde el vitalismo de una edad que apunta hacia el futuro de manera implicada. Una reflexión desde el cuerpo, desde el movimiento.

Si no puedo bailar, esta no es mi revolución. La cita de la anarquista Emma Goldman, se activa en Margem, para demostrarnos que no puede haber una revolución sin que el cuerpo se implique de manera integral, tal cual la danza.

El coreógrafo portugués Victor Hugo Pontes, en coalición dramatúrgica con Joana Craveiro, han desarrollado una pieza de danza-teatro con niñas, niños y adolescentes, que han sido privados de alguno de esos elementos básicos para el bienestar, dentro de una cierta concepción de teatro documental.

La danza, que utiliza desde la Capoeira hasta diferentes estilos de danzas urbanas, incluyendo acrobacia, fútbol, carreras y juegos de calle, genera un ámbito tribal, autoafirmado en las presencias diversas de cada integrante y en un compromiso absoluto de los cuerpos.

La música, de Marco Castro e Igor Domingues (Throes + The Shine), más la danza, nos ayudan a entrar en la poesía de las sinergias de los universos que cada joven convoca encima del escenario.

Las declaraciones, reflexiones y confesiones, conversando entre ellos, o contándonoslas directamente a la platea, componen un mapa humano que nos hace replantearnos algunas cosas importantes. Salir de nuestra perspectiva, supuestamente adulta, si es que eso de “adulto” quiere decir algo, y girar, desde la empatía, hacia la perspectiva con la que estos jóvenes observan la vida y se sitúan en ella. Ellos se mueven y, con su movimiento, consiguen, también, mover nuestros puntos de vista.

La pieza, titulada Margem, se inspira en la novela Capitães de Areia (1937) de Jorge Amado, que relata las experiencias de un grupo de niños y adolescentes abandonados, que viven en las calles de San Salvador de Bahía, robando para comer y durmiendo en un “trapiche”, un almacén en el cual, como si fuesen una especie de familia, se protegen y van sobreviviendo como mejor pueden.

En Margem, Alexandre Tavares, André Cabral, David S. Costa, Hugo Fidalgo, João Nunes Monteiro, José Santos, Magnum Soares, Marco Olival, Marco Tavares, Nara Gonçalves, Rui Pedro Silva y Vicente Campos, están en el escenario, entre colchones amontonados por el suelo y mantas. Cada uno tiene un ejemplar de la novela Capitães de Areia y, en diferentes momentos del juego, nos exponen cuál ha sido su relación con la historia de aquel grupo de chavales de la novela. Su lectura da la pandilla de hace 80 años se proyecta, a través de las realidades individuales de estos chicos de hoy, en el presente que comparten con nosotras/os, en este encuentro teatral.

Las peleas aquí son un juego y nos hacen reflexionar sobre los orígenes de la violencia. Ahí aparece, refulgente, la frase de Bertolt Brecht que Joana Craveiro escoge para encabezar su texto en el programa de mano del espectáculo: “Del río que todo arrastra se dice que es violento. Pero nadie dice que son violentos los márgenes que lo comprimen.”

El entrenamiento y las competencias físicas del elenco, entre el que se encuentra uno de los bailarines portugueses con mayor versatilidad y calidad de movimiento, André Cabral, que ya hemos podido ver en otros trabajos de Victor Hugo Pontes, Paulo Ribeiro o Miguel Moreira, junto a la composición coreográfica, logra que la violencia se muestre desde una sublimación en la que se mantiene el nervio de la supervivencia, pero se vacía de atisbos moralizantes.

El eclecticismo, la diversidad y el mestizaje, son otro de los atractivos de esta propuesta. Tanto en los estilos de movimiento, como en las memorias y experiencias que cada integrante traslada al escenario. De esta manera, Margem, nos ofrece una panorámica amplia y abierta.

En los márgenes habita todo un mundo.

En ese paisaje, en el que el hogar se construye a la intemperie, en la casa de las relaciones que traba el grupo, surgen escenas de alto lirismo plástico y fuertes dimensiones semánticas. Pienso, por ejemplo, en el momento en el que André Cabral, sentado sobre un colchón, nos cuenta lo que para él es la intimidad y el amor, nos habla de la primera noche que durmió con su enamorada y, acostumbrado a dormir con su familia, la enamorada, esa primera noche era como una desconocida. Poco después asistimos a una secuencia en la que un grupo de chicos duermen amontonados sobre los colchones y, de manera imperceptible, dos de ellos, sin casi darse cuenta, se acarician y acaban durmiendo abrazados. Cuando despiertan los otros y descubren a la pareja fundida en un abrazo, comienza una danza en la que los separan a la fuerza, tirando de ellos, alzándolos en el aire. Ahí surge ese conflicto en el que el descubrimiento de los afectos no normativos choca con el concepto general, que también puede reinar en los márgenes, en esta pandilla. La libertad tiene fronteras en las mentes más que fuera de ellas. En el clímax de la separación de los amantes aparece la imagen icónica de esos dos cuerpos desnudados a la fuerza y elevados en el aire, de ese abrazo que se resiste a deshacerse y de esas manos y esos dedos que siguen enlazados en la distancia, cuando son forzados a despegarse y a alejarse.

El movimiento de los márgenes, con su sincero ímpetu vital, asalta el centro. Nada, después de esto, debería volver a ser igual, si el escenario fuese visto y escuchado en su dimensión transformadora. Margem, de Victor Hugo Pontes, es de esas piezas que impulsan un cambio, ya que con su movimiento es capaz de mover nuestras posiciones y mirar hacia un futuro mejor.

 

Afonso Becerra de Becerreá.

 

P.S. – Sobre la obra de Victor Hugo Pontes, en esta misma sección de Artezblai, también puede leerse:

¿Es posible la abstracción despersonalizadora? Uníssono de Victor Hugo Pontes”, publicado el 10 de junio de 2017.

Carnaval y danza con Victor Hugo Pontes”, publicado el 11 de julio de 2016.

El arte de la caída según Victor Hugo Pontes”, publicado el 10 de abril de 2015.

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