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Mié, Abr

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

¿Qué es eso del alma? ¿Existe el alma? ¿Si nos diseccionan el cuerpo puede aparecer el órgano del alma? Si no es un tema que la ciencia médica pueda mostrarnos, entonces… ¿a quién debo recurrir para esclarecer un poco este asunto? ¿A una teóloga? ¿A una filósofa? No sé. ¡De nuevo, un asunto que me queda grande, que me sobrepasa! Al final, casi prefiero (i)limitarme a considerar el alma como una metáfora que, a veces, me resulta necesaria. En sentido positivo o negativo, por activa o por pasiva, cuando, por ejemplo, escucho una música o veo un espectáculo que no tiene alma. O peor, quizás, aún, cuando debo relacionarme con un desalmado. Ahí, de repente, asciende a mi cabeza la idea del alma e, incluso, sale de entre mis labios la palabra alma.

 

Digo que asciende a mi cabeza. Y no podría explicarlo con argumentos lógicos, pero esa es la sensación que tengo, que el alma asciende, como si viniese del subsuelo como una emanación que sube hasta mi mente y sale por mis labios en forma de palabra: alma, después de atravesar el cuerpo.

No sé si las metáforas sirven para construir puentes o para fabricar coches o Smartphones, pero sí que sirven para vivir mejor y para hacer arte. Y es que el arte es una dimensión humanizadora que, no sé a ti, pero a mí me hace más feliz.

Con el alma, quizás, debe de pasar algo muy semejante. En el caso de que no exista, necesitamos inventarla. Una vez nombrada, ya está aquí. Y qué bien suena: al-ma. Tan vocálica, tan abierta, tan radiante, con esa elevación de la “l” y esa resonancia de la “m”. Aún sin saber muy bien lo que significa “alma”, la palabra suena de una manera que me fascina y me delecta. Como un mantra: al-ma.

Y el alma, efectivamente, en su evanescencia semántica no me parece a mí que pueda ser un constructo identitario acotable. No puedo decir: alma ES esto o alma ES lo otro. No puedo ni sé decir qué es o quién es. Así que, tal vez, se trate de un estado, de un estar, de algo que está.

Todas estas características que acabo de apuntar intentan describir una pieza titulada ALMA (NON É HIPPIE), Alma (no es hippie).

ALMA (NON É HIPPIE) es el debut del colectivo gallego Verticalia, el 1 de marzo, en el TRCdanza (Teatro Rosalía de Castro) de A Coruña. 4 actrices, 4 almas que, a veces, son una sola.

Y esta unicidad no deriva, explícitamente, del unísono coreográfico, que solo realizan en alguno de los cuadros de esta pieza, sino de una conexión que, a costa de pecar de místico o de cursi, podría calificar como una conexión de alma.

El Colectivo Verticalia, nombre de suma elocuencia, respecto al trabajo señalado, está formado por la compañía de nuevo circo Duelirium (Mercè Solé & Raquel Oitavén) y por la compañía de danza contemporánea TrasPediante (Marta Alonso & Paula Quintas).

Con la producción de Pistacatro Produtora de Soños y la dirección de Rolando Sanmartín, después de mucho tiempo de exploración y trabajo, estrenan ALMA (NON É HIPPIE).

Una pieza que se abre con una pregunta sobrevolando el escenario en la voz en off que la emite, entre otras formulaciones: ¿Qué es lo que puede ser danzado hoy en la escena si nos alejamos del virtuosismo especializado o de la producción de poses tipo “selfie”, si nos alejamos de la avasalladora espectacularidad que nos circunda?

Esta pregunta es todo un desafío y, en si misma, respecto a las posibilidades y expectativas que despliega un elenco especializado en danza vertical, acrobacia, contorsionismo, vuelos, malabares, trapecio, danza contemporánea… resulta, cuando menos, todo un desafío y hasta una contradicción.

Sin embargo, he ahí la maravilla de ALMA (NON É HIPPIE), se trata de una pieza que no se regodea en el exhibicionismo circense (¡ojo! este calificativo: “exhibicionismo circense” es, en cierto modo, injusto, basado en el prejuicio de que todo el circo es, de algún modo, una exhibición de efectos, cuando el nuevo circo ha explorado e ido mucho más allá de lo que podamos imaginar al respecto).

Esta pieza abre cuestiones no solo teóricas respecto a qué puede ser danzado hoy en día en un escenario, entre tanto ruido y entre tanto exhibicionismo y tanta competición y mercadotecnia.

Por tanto, estamos ante una coreografía que intenta habitar un espacio fuera de esos parámetros, contra lo esperable, más allá del marketing, más allá del virtuosismo. O quizás, más acá. Asegurando la conexión con el público. Haciendo que las tareas y los instrumentos no se escondan ni se disimulen, sino que jueguen en escena. Por eso los arneses, las correas, las cuerdas y todos los elementos con los que trabajan para poder danzar en el aire, entran dentro de una partitura de acciones, en la que se les concede su tiempo y se atiende a su presencia, a su materialidad, a su sonido. Se les busca el alma. Porque el alma puede estar en todas las cosas si en ellas ponemos nuestra atención. Sin forzarlas, sin esconderlas, sin apurarlas.

De esta manera, el debut del Colectivo Verticalia, con la dramaturgia y dirección, en esta pieza, de Rolando Sanmartín, nos sitúa ante esa delicada búsqueda del alma en cada paso, en cada vuelo, en cada contorsión, en cada carrera, en cada salto, en cada caída, en cada giro, en cada mirada, en cada sonido vocal, en cada cambio de vestuario, en la manipulación de las cuerdas y los arneses…

El alma no es esto o lo otro. El alma está y, por tanto, es necesario contemplarla, atenderle en cada detalle, para que cada detalle pueda alzar el vuelo sin desconectarse de la tierra.

Contra los preconceptos y prejuicios, el alma no es algo hippie, ni místico, ni cursi, es algo transitable, habitable, danzable. Es lo que ellas, las ángeles de Verticalia, danzan aquí. Y de ahí se deriva una belleza de una espectacularidad diferente. Un pasmo diferente. Con la toma de tierra del humor que brota en otras secuencias de la pieza. Porque, como actrices, también saben generar escenas de comicidad, que tampoco juegan al clown típico. Sin personajes, Mercè Solé, Raquel Oitavén, Paula Quintas y Marta Alonso, están ellas, con nosotras/os, en esa atención al alma de cada paso y, del mismo modo, a la sonrisa o a la risa de ciertas situaciones que se pueden dar en la interacción sobre un escenario.

ALMA (NON É HIPPIE) es una pieza en la que la danza vuela y salta y se confabula. En la que el teatro entra como un soplo o un hálito que impulsa el movimiento. En la que las cuerdas, las poleas y los arneses son geometría y música, espacio y tiempo cimbreando entre los cuerpos. En la que la levedad es fuerza.

Alma es rockera y cósmica. Con ella hemos podido contemplar que también se puede caminar por el aire.