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Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo esta entrega horas antes de emprender el viaje desde Miranda de Ebro, donde he pasado todo el confinamiento en casa de unos amigos, hacia Madrid, mi residencia habitual y donde vamos a intentar resucitar la actividad en la Librería Yorick, cerrada desde el día 13 de marzo. Manteniendo ese estado de confusión que nos deja la situación, se abre un ventanuco de esperanza para ir hacia una anormalidad nueva, de la que no sabemos casi nada, aunque lo que se vislumbra no nos deje muchas claridades. 

 

Tras participar en debates, foros, hilos de discusión, acumular frustraciones entre las que señalo como más rotunda el tener que suspender la edición del número de la Revista ARTEZ correspondiente a los meses de mayo/junio debido a la ausencia de actividades en los teatros y suspensión de ferias y festivales, conviviendo con una actriz que de repente se ha quedado sin nada y ello significa nada, o sea nada de nada. Hablando y tratando con personas de todos los gremios tanto del Estado español como de muchos países de Iberoamérica, llorando a los muertos, sintiendo escalofríos por los afectados que lo han superado y aquellos que no han creído conveniente comunicar su infección superada, he llegado a la conclusión de que esta apertura a medio o a tercio gas que se nos anuncia, aunque tenga mis reticencias fundadas en intuiciones, miedos y escritos de terceros sobre sus efectos, es algo que necesita globalmente el sector, porque con todas las dudas, se considera que hay que dar señales de vida.

Tantos meses sin teatros abiertos, sin que la Cultura en vivo y en directo se pueda disfrutar en su único formato posible, el de la presencia de los artistas y los espectadores en el mismo ámbito, a la misma hora y en perfecta comunión, se siente la necesidad imperiosa de reabrir las puertas, en las condiciones que sean, para que la ciudadanía, eso que llamamos los públicos, se recuerde de nuestra existencia. Para que los más adictos a este tipo de acto cultural, puedan retomar su camino hacia ese goce exclusivo y para que no quede enlatado, digitalizado lo que solamente tiene su forma de ser en vivo, compartiendo espacio, tiempo y miasmas. Y ahí está uno de los problemas.

Queda clara mi postura. Me adhiero a quienes desean desde diversos lugares que se abran ya, aunque sea con restricciones, que es mejor arriesgarse a que algunos espectadores se sientan mal en una sala con huecos a sus lados y espalda, con mascarilla, a la otra opción, que es la de tener los telones echados mientras proliferan de manera pandémica quienes intentan sustituir el Teatro, por otras cosas, por otros sucedáneos a distancia, que consideraremos con prudencia por si alguna de estas prácticas ha venido para quedarse, pero que no pueden sustituir nunca, jamás, a lo genuino, al teatro en vivo y en directo.

No queda claro cómo se deberá hacer en estos momentos el teatro en los escenarios. Las distancias de seguridad entre los intérpretes y entre estos y los espectadores; las relaciones amorosas según las tramas, todo un repertorio amplio de cuestiones técnicas que van a influir de manera directa sobre la propia obra se irá solucionando sobre la marcha o sobre los decretos ley y que pueden generar estéticas forzadas, nuevas dramaturgias de los movimientos, todo un campo de discurso escénico a ir experimentando. 

Situados en esta evidencia, considerando que mañana día 5 de mayo, en el consejo de ministros se dará vía libre para que se celebren con restricciones algunos festivales a partir de julio que conllevará, se supone, un encadenado de decisiones en otros eventos, al aire libre, que no dependen del silente y desaparecido Ministerio de Cultura. Que esos porcentajes de aforo (30%), en algunos casos parecen una losa insalvable, en otros producirán más problemas económicos de los ya siempre inherentes a la práctica del teatro sustentado casi únicamente en los ingresos por taquilla; que las compañías y grupos que puedan retomar las funciones suspendidas o cumplir las firmadas a partir de ahora, tienen más posibilidades de hacerlas porque aunque existan esas restricciones de aforo, al ser una contratación pública, se podrá asumir en su totalidad el pago.

Por todo ello, demos señales de vida, abramos con prudencia, con mucha prudencia, estemos muy atentos a la reacción de los públicos y su evolución, insistamos en los lugares de responsabilidad competencial de cada autonomía y del estado sobre la necesidad de implementar ayudas específicas, para el global de las artes escénicas y sobre todo para los actores y actrices, bailarines y bailarinas (con todos los gremios fundamentales para la actividad incluidos) que se han quedado en la indigencia, tal cual. En Argentina, la Unión de Actores de allí, está repartiendo bolsas de comida entre los más necesitados. Y así sucesivamente.

Parece claro que nada va a ser igual, que estamos ante un acontecimiento universal que va a cambiar muchas cosas que todavía ni intuimos, por lo que se puede aprovechar esta desgraciada coyuntura para pensar en un día después con otras variables en las relaciones entre administraciones y productores de la riqueza escénica. Entre estos y la ciudadanía. Salvaguardando la esencialidad. En la vida propia hemos descubierto las cosas superfluas de lo imprescindible, en las artes escénicas y sus entramados administrativos, parece evidente que se pueden tomar ya decisiones que alivien la carga de intermediaciones de toda índole, incluidas las funcionariales para que todo sea más eficaz y eficiente y se haga pensando en ampliar las posibilidades de crear estructuras productivas viables que estén al servicio de la ciudadanía en su conjunto desde una inequívoca voluntad cultural democrática. 

Amén.