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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Una abeja obrera visita tantas como 100 flores en una jornada para recolectar néctar, y puede alejarse hasta tres kilómetros de su colmena para encontrar el preciado tesoro. Este tipo de abeja vive unos 45 días, de los cuales 30 los dedica a recolectar néctar. Es decir, en toda su vida habrá visitado unas 3000 flores y habrá recorrido unos 90 kilómetros. La cantidad de miel que ha conseguido elaborar para entonces no llega a la doceava parte de una cucharilla con la que endulzamos un yogur.

Esta anécdota, escrita por algún biólogo con salpicaduras de matemático, llegó al puerto de mi ordenador mientras navegaba por Internet. Y no sé a ustedes cómo les ha caído el dato en el ojo, pero a mí, desde luego, me ha trastocado el café con cucharadita de miel que me he tomado a la mañana. Pensar que me calzo el trabajo vitalicio de doce abejas edulcorando el café matutino, ha despertado mi conciencia más rápido que la propia cafeína. Por eso tal vez, porque hoy tras el desayuno mi conciencia estaba más sensible, esta mañana me ha dado por hacerme la siguiente pregunta: ¿Cuánto tiempo se necesita para obtener un segundo de un espectáculo?

Imaginemos un segundo en el que hay una palabra escrita por un autor contemporáneo, dicha y accionada por un actor, iluminado por un iluminador, sobre una escenografía elaborada ex profeso y sobre una nota musical compuesta por un músico. ¿Cuánto tiempo ha dedicado cada uno de estos artistas a elaborar ese segundo y cuánto tiempo suman en conjunto? Me he puesto a hacer cuentas con ejemplos cercanos y afanosos, y cuando veía que me acercaba a una cifra desorbitada, he dejado de calcular. Por salud. Porque tal desequilibrio ha empezado a marearme. Seguramente si algún economista pusiese euros a ese tiempo no estimado, le pasaría algo parecido. Acabaría también desorientado, y concluyendo que desde el punto de vista económico no es sostenible invertir tanto dinero para un efímero segundo. ¿Es esto cierto? ¿Significa entonces que un espectáculo que se mima al detalle, donde converge la labor creativa de diferentes artistas es inviable económicamente y que por tanto carece de sentido en la actualidad?

La tendencia es siempre analizar las artes bajo el rasero de proyectos individuales, de espectáculos, obras o productos, como dicen algunos gestores. Objetivar y empaquetar lo intangible para que pueda ser comprado y vendido. Se cree que de la misma manera que la salud puede traducirse a números contando medicamentos, el arte se reduce a obras y servicios. Bien sabemos, sin embargo, que los medicamentos aisladamente no hacen la salud y que ni las obras ni los servicios engloban todo aquello que es arte, aunque en uno y otro caso se trate de elementos sustanciales de cada materia. Lo hemos mencionado aquí en varias ocasiones, bajo la lupa de la mercadotecnia el arte evapora sus sentidos. Ya lo ven, la hipótesis del coste de un segundo de espectáculo parece nublar cualquier optimismo. Viremos pues la perspectiva: ¿Y si en lugar de observar la escena en términos de producción, observamos la escena en términos de dedicación y cultivo?

¿Por qué no pensar en apoyar, además de proyectos concretos y perecederos, nichos artísticos estables, donde convergen artistas de diferentes disciplinas en busca de un objetivo común? ¿Por qué no asegurar la supervivencia de colectivos a lo largo del tiempo y dejar que vayan dando sus frutos, en lugar de alargar su subsistencia apoyando sólo sus espectáculos? ¿Un colectivo no puede ser acaso un cultivo de arte, que dinamice espacios culturales, no sólo con espectáculos sino con todo aquello que también es arte aunque no tenga la etiqueta de "producto"? Nos empeñamos en reducir perspectivas y catalogar a los artistas sólo en función de lo que producen en términos de mercado. ¿Por qué no impulsar colectivos que sirvan para crear cultura en todas sus ramas, las tangibles y las intangibles, las aparentes y las subterráneas, que capturen el interés del ámbito profesional, aficionado y también de los ciudadanos de a pie? ¿Es todo esto imposible?

Pienso en estas preguntas mientras revuelvo el café con miel del mediodía. Clin, clin. Clin, clin. No tengo respuestas definitivas para acabar la columna. Eso sí. La miel de hoy tiene un sabor especial.