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Lun, May

Foro fugaz | Enrique Atonal

Género popular por excelencia, como lo es la Zarzuela española, o la Opereta francesa, la Comedia Musical o el Musical nos llega directamente de Estados Unidos y de Inglaterra, tal vez desde las bases del primitivo Music-Hall. Aunque normalmente su argumento es frágil, su realización debe ser exigente, con todos los recursos de una puesta en escena exigente: buena música, buenas voces, buena coreografía, buena escenografía, buena actuación, buena iluminación, si no puede ser un fiasco irremediable.

 

Voy a confesarlo: fui a ver Un americano en París en el Teatro de Châtelet de París, y me gustó, vamos no sólo me gustó, me dejó encantado, yo que era reacio al canto de las sirenas de la comedia musical, sucumbí ante tal despliegue de virtuosismo y potencia escénica en el renovado escenario de Châtelet. 

Música excelente de George e Ira Gershwing, con orquesta en vivo, cantantes estupendos, bailarines estrellas, escenografía fuera de serie, con una dinámica de cambio escénico excepcional, y proyecciones que dejan con la boca abierta, coreografías complejas y de primera. Me detengo antes de explotar por tantos superlativos. Solo me queda aplaudir la realización de Christopher Wheeldon excelente desde cualquier punto de vista.  

Siempre tuve reservas ante este género, sospechando de su facilidad melosa, de su factura esencialmente capitalista, de su despliegue publicitario y sus ecos cinematográficos. En resumen, la comedia musical no ha sido un elemento importante en mi visión del teatro. Craso error. 

En el caso de Un americano en París la superproducción tiene una razón de ser por lo espectacular de su escenografía, de su composición musical, de sus cantantes y bailarines, sus actores y músicos. Sólido edificio que un soplo de historia apagará porque así es el teatro. Como se apagó la vida del genio George Gershwin, cuyo cerebro explotó de música cuando tenía 37 años, o como cambian los decorados que imitan París, y en un ejercicio inusitado de espejos, el propio teatro de Châtelet en la escena del Châtelet. Espejismo perfecto, fantasía al cuadrado, teatro en el teatro.    

La humildad del espectador; llega a la sala para recibir el trabajo de horas, días, meses, años, del talento de un equipo con diferentes habilidades, de la creatividad de un grupo diverso cuyo oficio es plasmar sueños. El espectador llega, paga y se sienta a esperar, a recibir, campea como un Cid en la sala. 

El creador no debe tomarle el pelo, no debe engañarlo con productos falsos, con espejitos de colores, (a menos que sea espejos de colores que formen un caleidoscopio armónico), debe darle verdad, su verdad, condensar en unas horas, dos y media en el caso de Un americano en París, el resultado de un trabajo muy intenso. A pesar de haber pagado nosotros espectadores debemos llegar a ese momento con el espíritu abierto, se podría escribir un manual del espectador, un poema de la comunión, sacrificio y sublimación.   

Tampoco nos engañemos, es un negocio, pertenece al show-business inevitable. El talento se paga. Es algo que les cuesta entender a los promotores gubernamentales. Es algo que nos cuesta entender cuando como público tenemos que pagar más de cien euros de entrada. El desafío es que nadie se engañe. En el caso que nos ocupa se invirtieron en la producción tripartita 13 millones de dólares. Escucharon bien, trece millones de dólares USA en un espectáculo de música, actuación, danza y decorados. Y cada noche de espectáculo es una nueva inversión, pagar el teatro con sus servicios, la orquesta en vivo, el elenco, los técnicos… al final de cuentas es un derroche. 

Aunque después de ver el espectáculo, de quedar inmersos en coreografías, en los cuadros dinámicos, en la música, canciones de siempre compuestas en el siglo pasado, asistir a un conjunto de creaciones que implican, París, Londres y Nueva York, decimos, repetimos, valió la pena. 

No hay reservas, la corriente creativa corre por canales inusitados. Lo sorprendente es que la película que inspira la obra, nunca había sido representada en un teatro. El desafío era de talla: la película de Vincente Minnelli de 1951 es un clásico de clásicos, un prodigio con Gene Kelly en su mejor momento. Pero la producción del teatro de Châtelet está a la altura, en esta producción que por primera vez llega al teatro y que desde su estreno en 2014 ha recorrido algunas capitales y ahora regresa triunfalmente a su lugar de origen, el Teatro de Châtelet.

Ahora con la música de Un americano en París, aprovecho para desearles a todos unas ¡Felices Fiestas! y anunciarles que nos leemos aquí en el próximo 2020. Hasta entonces.