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Vie, Jul

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Me considero un fiel reflejo de lo que esta pandemia está provocando en los habitantes de este mal tratado planeta, y creo no ser particularmente especial. Soy un ciudadano promedio, común y corriente. Cuando el Covid-19 hizo su estreno en los medios de comunicación, primero experimenté incredulidad sobre una ocurrencia personal. Esta nueva enfermedad se daba tan lejos que era poco probable llegase a estas latitudes. 

 

Después desconcierto frente a la lluvia de información tanto verídica como falsa, sin tener los parámetros necesarios como para discriminar. Cualquier teoría conspirativa podía ser posible, cualquier estadística manejada y cualquier hecho falseado. No importaba la verdad, sino la verdad creada por los medios de información/desinformación.

¿Virus creado como arma biológica que se escapó de un laboratorio?

¿Contraataque chino frente a las agresiones económicas estadounidenses?

¿El 5G tiene algo que ver?

¿Nostradamus predijo algo?

Luego duda por estar completamente desorientado sin ser capaz de plantearme caminos a seguir, a quién escuchar, a quién creer, a quién recurrir.

Luego me vino la aceptación frente a una realidad ineludible, de un virus microscópico capaz de matar no solo vidas, sino de matar sueños y esperanzas.

Y vino la angustia repleta de preguntas sin respuestas sobre el futuro mediato.

Y por último la aceptación del escenario en relación al cual poco o nada puedo hacer.

He estado en el borde, casi, casi, pero creo tener la suerte de nunca haber tenido una depresión de esas que se transforman en un pesado lastre de quien nada en un mar turbulento y lo lleva irremediablemente hacia el fondo.

No creo ser un pitoniso, pero estoy seguro que las futuras muertes inesperadas no se relacionarán solamente con este virus asesino, sino que existirán muchas relacionadas con depresiones de individuos desesperados ante laberintos sin salida asfixiados, sobre todo por las deudas económicas de un sistema incapaz de humanizar el dinero.

Los caminos serán complejos, intrincados, sin metas visibles, pero estaremos obligados a recorrerlos aunque sea como ciegos ayudados por su bastón. La vida siempre se abre paso, incluso ante las situaciones más adversas y nosotros no podemos ser tan arrogantes como para considerarnos más poderosos que ella.

Tengo la triste experiencia de haber tenido un hermano que se suicidó antes de cumplir los 40 años de vida. De sus razones no podría juzgarlas, ni si fue un cobarde por no haber sido capaz de enfrentar sus problemas hasta resolverlos pese a las adversidades o un valiente por haber tomado una decisión tan extrema. 

Cada cual tendrá su opinión en relación al suicidio, solo puedo decir que el dolor que deja el cobarde/valiente después de su partida entre quienes sentían más que un simple afecto hacia él, es tan personal como indescriptible.

Los tiempos que se nos vienen van a ser duros, muy duros, y la única forma de evitar decisiones catastróficas, es ocupando la mente en pensamientos positivos. Todos y cada uno de nosotros tenemos gratos recuerdos de experiencias compartidas con nuestros afectos, y la esperanza de repetir estas experiencias, es lo único que nos puede sacar del hoyo.