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Dom, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Cada verano la misma canción. Localidades que durante trescientos cincuenta días del año no tienen casi actividad teatral se convierten en referencia zonal o incluso estatal. Los festivales que abundan por todos los rincones, de todos los formatos, de todas las tendencias, forman parte de una noción que abunda en una concepción circunstancial del disfrute de la cultura por parte de los habitantes de esas zonas. Esta concentración de presupuesto, esfuerzo y promoción, debe analizarse con un poco de calma. No hay que condenar a estos eventos, pero tampoco darles esa importancia suprema que acaba convirtiendo el teatro en un escaparate de vanidades, en un flujo económico y de masas, en una excepción, bellísima y necesaria excepción, pero que a algunos nos parece que, además, debe formar parte de un plan, de una estrategia, de unas políticas culturales.

Conozco Almagro de manera bastante fiel. No su Festival Clásico, al que he ido dos veces, casi sin querer. Me interesa relatar la actividad que se hace ahí durante el año y que se limita a unas representaciones para turistas en el Corral de Comedias, alguna programación circunstancial y un Festival Iberoamericano de Teatro Contemporáneo que organiza el CELCIT. Sobre este festival sé mucho, o al menos bastante. He tenido mucho contacto. Y en ocasión resulta ser una de las programaciones más importantes que se hacen en todo el Estado en este flujo de compañías entre continentes. Pues lo deben pelear mucho, los públicos no acuden y por ahí he visto espectáculos que después han llenado teatros en otras capitales, en otros países, con autores que hoy son umbrales de la dramaturgia o la dirección en Iberoamérica.

Una localidad que tiene un Museo del Teatro, el Corral de Comedias, un Festival en el que se vuelcan en veinticinco días tantos presupuestos, tantos esfuerzos, tantas actividades, debería tener un público formado, acostumbrado a ir al teatro, aficionado. Y no es así. Los almagreños viven su festival clásico como un motivo de orgullo, pero, sobre todo, como un motivo de negocio pequeño, alquilando habitaciones, casas, incrementando la facturación de berenjenas, de los bares y restaurantes y de las tiendas de recuerdos. No está asimilado como algo propio por su gran valor cultural. No existe una política local o del Campo de Calatrava, para mantener la afición al teatro de una manera activa.

He puesto este ejemplo porque me lo tengo trabajado. Porque para mí es paradigmático. Con la sede del CELCIT allí desde hace décadas, una sala para residencias artísticas, actividades múltiples provocadas desde ahí, nadie se interesa por esta institución que ha tenido tanta relevancia en el conocimiento de los artistas de ambos lados del Atlántico. Nadie la apoya, ni hace caso a su Festival, en ocasiones como entrada al FIT de Cádiz, y en otras como indagación y muestra propia. Y Almagro, tampoco se da mucho por enterada.

Este fenómeno a mi entender es el que se debe ir aquilatando, las políticas deben ser para que los festivales propicien o sean el cierre de unas programaciones importantes, que mantengan una actividad constante, habitual, social y culturalmente eficaz. No deberíamos unir de esta manera los lugares arquitectónicamente sugerentes, las poblaciones con intereses turísticos con la cultura de aluvión. Pongan el nombre a la ciudad y el Festival o Feria que ustedes quieran, y probablemente les cuadre mi relato anterior con pequeños matices. Olite, San Javier, Ribadavia… y un larguísimo etcétera. Podría llenar varias páginas.

Estoy descubriendo lo descubierto muchas veces, de muchas maneras, y no analizo los contenidos de los festivales, porque ahí nos encontramos con una unanimidad programática que puede considerarse sospechosa. Sin ir más lejos. La cultura, las artes escénicas, se debe entender como un derecho ciudadano, de cada día, no para las noches de calor solamente.