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Vie, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Hoy, día 5 de marzo de 2019, se acaba la legislatura y empieza la pre-campaña de las elecciones generales del 28 de abril. En términos de propaganda, agitación, mentiras y encuestas, la campaña es eterna. Parece que nunca acabó. Es una mala costumbre en estos tiempos de desorientación política, en donde no se habla de objetivos, sino de banderas, emociones o sentimientos abstractos. Estamos en un frente de políticas en barbecho. Lo único que se tiene claro es que el péndulo global va hacia la derecha, la extrema derecha y que, en la oferta partidista española, se pelean por ocupar ese espectro espectral de retorno al franquismo que nunca se fue.

Por lo tanto, esperaremos con atención los movimientos de los partidos que pueden llegar a formar gobierno, en el campo de propuestas sobre Cultura y, especialmente, en las Artes Escénicas, que es un territorio que parece siempre resbaladizo, ya que no se sabe exactamente cómo atraparlo, cómo convertirlo en una manera de crear ciudadanía, de buscar expresiones artísticas que se producen en vivo, en directo, sin mediaciones. Que es, precisamente su identificación teórica básica y su valor excepcional en estos tiempos de tanta mediación tecnológica en nuestra vida cotidiana, administrativa y hasta amorosa.

Recuerdo que, en las elecciones anteriores, o anteriores a las anteriores, en algunos medios se hizo un trabajo muy interesante: publicar las propuestas de los partidos en estos asuntos. Las leímos, las pudimos comparar. Y al final, nos quedamos con esa mala sensación de que había mucha palabrería, muchas invocaciones a lo que debería ser, en demasiadas ocasiones, copias de programas de unidades de producción, de documentos antiguos de agrupaciones profesionales, más el añadido de alguna mala traducción de cosas parciales de otras propuestas europeas. En casi ningún caso había una propuesta legislativa, una memoria de aplicación, unas implicaciones que aventurasen medidas que conformara una estabilidad para hoy y una proyección de futuro de manera integral.

En estos años ha habido subidas de IVA, bajadas de IVA, creación de programas demagógicos, nombramientos y convocatorias de responsables, cambios ministeriales, y si analizamos con cierta actitud crítica lo sucedido nos sale una palabra sin forzarla: lamentable. Estamos igual o peor, pero cuatro o seis años más tarde, es decir, nos gobernamos o nos entretenemos con estructuras legislativas de primeros de los ochenta del siglo pasado. En estos años se han creado oligopolios, costumbres, hábitos, grupos de poder, profesiones que acaparan mercado, fronteras teatrales entre comunidades autónomas, diecisiete consejerías, un ministerio y poca o nada de legislación cultural para establecer políticas culturales democráticas que aventuren un mañana y pasado mañana brillante, donde además de ofrecer espectáculos, creaciones, se implemente la educación artística desde la infancia, se creen estructuras medias de difusión y participación y se haga de la cultura en vivo y en directo uno de los ejes de convivencia de las ciudades, villas y pueblos.

Así que esperaremos a ver los refritos con los que nos querrán engañar, otra vez, los partidos de aluvión, los de tradición y los de confesión. Sería un iluso si pensara que las propuestas en estos campos de la cultura sirvieran para decantar un voto, solo uno, porque me temo que la publicidad y/o propaganda directa, indirecta, subliminal y demagógica nos nubla el discernimiento, porque no sabremos qué quieren hacer con la cultura, pero tampoco con la economía o la sanidad. Votamos por motivos emocionales inmediatos. O votamos contra alguien. Me encantaría votar por el que me propusiera algo culturalmente progresista, tangible, posible y que viera al frente de esas propuestas a mujeres u hombres capaces de llevarlas a buen término.

No es de esperar que aparezcan nuevas formulaciones. Los liberales disfrazados, están contentos con hablar de mercado, de teatro de entretenimiento. Y tienen, por lo que se ve día a día, muchos seguidores al frente de la manifestación gremial actual de las artes escénicas. Los espectadores son números variables, clientes, no ciudadanos, por lo que no pueden mostrar otra papeleta que la compra de entradas o no. Y para ello influyen demasiados factores ambientales fuera de los valores intrínsecamente culturales. 

Seguimos atentos.

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