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05
Mié, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Frente a la impericia, ignorancia, debilidad orgánica y descalabro ideológico detectado en algunos lugares donde se esperaba que el cambio no fuera solamente una cancioncita verbenera y en el terreno de lo cultural y muy especialmente en lo referente a las artes escénicas se viera la existencia de alguna alternativa más allá del cambio de los irresponsables nombrados para mantener el mismo desvarío, pero con otros protagonistas o los mismos, que también está pasando, uno debe convivir con esta asquerosa y perezosa campaña electoral en la que no se va a pronunciar la palabra cultura ni de arriba a abajo, ni de izquierda a derecha, veamos la realidad, los hechos, circunstanciales, pero moderadamente optimistas.

La semana pasada la pasé en Valladolid donde su festival de Artes de Calle se ha ampliado para tener una parte de teatro internacional de primera categoría de interior, para abreviar. La calle, con tormentas, amenazas de lluvia, viento o sol de justicia sigue siendo un lugar de encuentro y paradoja. Y este cronista repite como un loro mecánico que se está en un momento peligroso para este concepto. El circo o la danza, han salido a la calle sin vocación callejera, simplemente como oportunidad de hacerse ver. La crisis económica ha acabado con las iniciativas de teatro de calle con escenografías que rompan los horizontes visuales y sonoros habituales, por lo que uno debe felicitar al Jurado de Valladolid por darle un premio a Zanguango, por un trabajo teatral, de teatro de calle, para la calle, que en otro lugar no tiene sentido. Y no soy capaz de ampliar este lunes el concepto. Actores, espacio, movimiento, palabra, intervención urbana aparentemente sencilla, pero dando una visión del mundo.

Y acabo con esto, la inmensa mayoría de lo que vemos son expresiones artísticas de supervivencia, asunto que es respetable, pero que convierte la inmensa mayoría de las propuestas en cosas ligeras, sin más intención que el entretenimiento, la exhibición en algunos casos de una técnica de danza, y no sigo, porque quiero aplaudir algo que me ha ocurrido en Valladolid.

El viernes, en pleno festival a tope, con miles de personas en la calle viendo por plazas, calles y parques obras de todo tipo se programó en el Teatro Calderón La Celestina versionada, dirigida e interpretada por José Luis Gómez. De entrada uno sintió un calambre al ver la programación, como si fuera algo extraño la contraprogramación entre dos instituciones regidas por el mismo equipo, el festival y la obra mencionada, pero decidí, con buen criterio, acudir al Teatro Calderón. Y allí de nuevo reforcé mi teoría de "los públicos". No hay un público, ese público que usamos de manera retórica, sino diferentes capas de la sociedad que se interesa por diferentes tipos de espectáculos de las artes escénicas.

Resumo, estaba lleno hasta la bandera. Un gozo, ver un teatro de esa manera. Y aquí vienen los peros del analista esquinado. Eran los abonados, unos miles de ciudadanos vallisoletanos que a principio de temporada compran por adelantado ese instrumento de fidelización y que deja al programador con la satisfacción de saber que tiene entre dos y dos y media funciones con el teatro lleno. De tal manera que quedan pocas entradas a la venta, pero que provoca que cuando se programa algo fuera del abono, la caída de espectadores es notable. Soy defensor de los abonos, y todo aquello que sea asegurarse unas ocupaciones y que sirven para saber los gustos de algunos públicos. ¿O es al revés, que se programa exactamente para captar a este tipo de abonado?

No obstante, y como lo digo, lo veo, lo certifico, lo compruebo en muchos teatros de todo el mundo, la edad media de los espectadores es elevadísima. Por encima, bastante, de los cincuenta años. Aquí tenemos un problema, un gravísimo problema, por lo que los abonos deberán buscar un equilibrio en el sentido de dejar un hueco a otro tipo de programación que pueda interesar a públicos más jóvenes, el recambio, la renovación. De eso seguiremos hablando. Es un asunto importante y troncal para nuestro futuro inmediato.

El sábado, en el LAVA, también de Valladolid, en la hora en la que se jugaba un partido fundamental para España, según se escuchaba en los televisores, las radios y otros medios, se presenció un grandísimo espectáculo a cargo de Jan Lauwers & Need Company, un maravilloso trabajo a cargo de artistas de siete países, utilizando cinco idiomas y había el suficiente número de espectadores como para entender que todo es posible, que cuando se programa bien, cuando se crea el ambiente, cuando se comunica bien, se crean las condiciones para que otros públicos, otro tipo de aficionado, profesional o espectador vaya a verlo. Es decir, repito, uno está moderadamente optimista. Circunstancialmente. Con todos los peros lógicos, lo cierto es que hay que mantener la confianza en que cuando se hacen las cosas bien hechas, se mantiene en el tiempo, se logran resultados. Siempre manteniéndose alerta, pendientes de los detalles, comprendiendo que es compatible, un Calderón lleno, las plazas a rebosar y un espectáculo modern de teatro contemporáneo, con la sala repleta.