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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

La función va a comenzar. Y entonces suenan varias musiquillas de los teléfonos de los espectadores apagándose. Molesta, pero nos alivia un poco, porque nos recuerdan que no se trata de poner el teléfono sin sonido, ni en modo avión, sino en estado de apagado. Off. Fuera de servicio o sin cobertura se escuchará si nos llama Pedro Almodóvar o la reina de Dinamarca. Sí, está claro, todos esperamos llamadas importantísimas e incluso, lo dejamos encendido por ese montón de improbables por si acaso que generalmente no suceden pero que si suceden es que alguien nos pregunta si ya ha terminado la obra y dónde estamos.

¿Tiene solución el asunto de los teléfonos móviles en las salas de exhibición teatral? Me temo que no. Miren a su alrededor, fíjense al salir de una sala de cine o de teatro, no se asusten si entran en un restaurante con wifi y todos sus acompañantes piden antes que el vino o la carta de comidas, la contraseña. Vivimos dependientes de los teléfonos que llaman inteligentes y que nos hacen unos seres idiotizados, esperando una frase, un recuerdo, un chiste. Nadie sale de su casa sin ese teléfono, todos nos vamos acostumbrando a estar localizables, localizados, localizando las veinticuatro horas del día. Y eso incluye la hora y media que dura una obra de teatro por norma.

¿Dónde debería empezar la educación teatral para evitar que en cada función suenen entre uno y cinco teléfonos? Bueno, los que suenan con musiquita y los que suenan con el zumbido, que para algunos, como este que tanto les adora, le molesta bastante más, porque es un sonido sordo pero muy penetrante, que a quien le suena se hace el loco o la despistada y se repite durante varios minutos. Están prohibidos los inhibidores de frecuencia y se nos informa que se debe a que puede estar en la sala un médico y al que llamen de urgencia. No sé si es buena excusa. También puede ser porque puede estar un general ruso y tenga que salir a revisar una península con urgencia.

Acabo de ver el montaje de Kamikaze, Misántropo y los personajes hacen uso constantemente de sus teléfonos portátiles. Es más, parte de su trama se sustancia precisamente en ellos o en una de sus aplicaciones. Y suenan. Y los espectadores se incomodan las primeras veces, miran alrededor para ver quién ha incumplido el pacto de convivencia, de comunión. ¿A quién le suena el teléfono? Las recomendaciones a los espectadores para cerrar sus aparatos se hace por activa y por pasiva. Hay espectáculos que tras el recordatorio de la megafonía de la sala, se incluye otra de la propia compañía e incluso salen actores a insistir. Y sin embargo... suenan.

Y la cosa va a empeorar porque parece ser que en los aviones se van a poder llevar enchufados, por lo que se establecerá una sensación universal de que no interfieren en nada. Y en las salas de teatro, los museos, los restaurantes, me imagino que en los lugares para el culto religioso, de lo que se trata es de entrar en otro estado de conciencia, en una voluntaria posición de atención ante una obra de arte, en este caso de teatro que se va creando en compañía de otros ciudadanos y que se debe mantener, en primer lugar, el respeto.

He visto espectáculos en los que se indica, en ocasiones con humor y cinismo y otras porque sí, porque les parece adecuado, que se pueden mantener encendidos o enchufados los teléfonos. A veces me parece que se trata de una renuncia, en otras de una desesperación y a veces, en un juego, en un guiño, en una declaración de principios o en una aproximación a nuestros hábitos más habituales, ver la película en la televisión o en el portátil, contestando a nuestras redes sociales a la vez. Enseñemos a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros amigos, a entrar en esos templos desenchufados. O dicho de otra manera, enchufados al acto irrepetible de comulgar con unos actores, unas bailarinas, unos músicos o unas contorsionistas. En silencio o a gritos, pero sin teléfonos. Y cuando vea a un profesional de estos medios contestando whatsapps en una sala lo denunciaré públicamente. Eso me parece la máxima falta de profesionalidad total. Absoluta. Una sala de teatro es algo muy importante, sagrado, para todos y debemos empezar a trasmitir esta noción para que no lo tomen como si fuera un vagón de tren cualquiera. Es decir, cerrarlo al pisar el teatro.