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08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Aviso: vengo de cuatro días de una feria de artistas callejeros con lluvia constante, lo que acumula humedades, dolores cervicales, cansancios añadidos y visionado de espectáculos en otras condiciones técnicas lo que provoca alteraciones artísticas. La parte positiva es que la organización de la Umore Azoka de Leioa, tras sufrir un estrés extra, pudo salvar casi el noventa y cinco por ciento del programa. Y además, que en las soluciones dadas, la utilización de polideportivos cubiertos y semi-cubiertos, se pudo descubrir una posibilidad de feria, con exhibiciones exhaustivas en espacios compartidos con separaciones mínimas. Y por último, la ciudadanía, los públicos, demostraron un grado de implicación, comprensión y colaboración digna de mención. Esa fue la gran lección.

Pero indudablemente hay desperfectos. No se pudo visionar casi ningún trabajo en las condiciones perfectas de exhibición, y eso contribuyó a comprobar el grado de pericia, profesionalidad, recursos y probabilidades de solucionar problemas sobrevenidos de cada grupo o compañía. También de los recursos del equipo técnico del propio evento para improvisar espacios nuevos, habilitarlos y procurar las mejores condiciones posibles para la exhibición y para que los públicos lo puedan presenciar.

Unos públicos que en su inmensa mayoría no deben entender la mengua artística que sufren los trabajos, pero sí que saben de las incomodidades añadidas que se van acumulando. El teatro en la calle, especialmente cuando no está concebido para la calle, sino que como mucho se ha pensado para espacios abiertos, si todo se hace frontal es incómodo para el espectador. Sentarse en el suelo no es agradable a partir de la cuarentena. Si mides más de la media, debes quedarte siempre de pie y por la parte de atrás. Es algo que se debe tener en consideración. Pero eso significa mayores problemas organizativos, montar y desmontar gradas sería una solución. Pero estamos en crisis y hay que salvar la exhibición y los públicos, como son muy amables, no protestan. Incluso los jóvenes entienden esa aventura como parte sustancial de este tipo de encuentros teatrales en la calle. Pero si llueve y hace frío, la cosa se convierte en muy dura.

Esta semana empieza el TAC de Valladolid, donde alguna de estas cuestiones técnicas de relación espacial con los públicos se vienen debatiendo y solucionando con diversas alternativas. Pero en la actual coyuntura económica que influye muy especialmente al teatro de calle, buscar espacios acotados con algo más de comodidades para los espectadores pudiera ser una vía a probar, quizás, con el pago de alguna pequeña cantidad como entrada, para que exista un compromiso de voluntariedad para asistir a presenciarlo.

Y de paso ayudar a desactivar esa sensación de que se trata de una guardería inmensa, en donde se colocan a los niños y niñas en primera fila, aunque el espectáculo esté marcado para adultos, y que, claro, se cansan, se mueven, se van. Y un ruego a los que llevan a los niños y niñas a los espectáculos: edúquenlos en ciudadanía. Si se llega tarde, por mucho que sea su hijo el mejor del mundo, el rey de su casa, no puede atravesar el bosque de piernas y sentarse el primero, porque sí. Y al poco llorar y retirarse fastidiando al resto de espectadores y molestando a los artistas que merecen mucho más respeto.

Hay que tomar medidas para no hacer más desperfectos en la creación y exhibición del teatro de calle, el que creo pasa por momentos muy delicados en todos sus estamentos y perspectivas. Las artes de calle deben reivindicarse desde la máxima exigencia de rigor y dignidad en todos sus tramos.