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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Con demasiada asiduidad me complico la vida con los títulos, porque los escribo imbuido de algún pensamiento, me llaman por teléfono o contesto un correo y al volver a este lugar no recuerdo exactamente qué quería desarrollar. Lo que suele suceder es que indagando en mi memoria fotográfica voy abriendo otras casillas y así me lleva a un panal de rica hiel donde acumulo todos mis dispositivos de rencor balsámico, en el sentido que simplemente son restos de un cuerpo ideológico que se ha ido fragmentando o simplemente se trata de un despecho, de una violación de la confianza o de la palabra dada. 

 

Pero sí, quiero decir que, sin apenas darnos cuenta, lo mismo que nos parecen tics del heteropatriarcado al que pertenecemos por designación genética y social, tenemos unos destellos autoritarios que se manifiestan de diversas formas. No voy a hablar de quienes quieren controlar todo, hacerse con la hegemonía por encima de todo, con festivales, asociaciones, academias, producción, exhibición. Un delirio autoritario lleno de defecaciones mercantilistas que se disfrazan de un machacón deje paternalista, caciquil. No, eso a mí me resulta bastante obvio, me produce una sensación de caos, de desbarajuste general. De acuerdo, hay que cuidar al Amo feudal, porque nos da unos jornales, pero estamos creando un monstruo de muy poco calado democrático, con muchas deficiencias éticas, que se siente un reyezuelo que maneja presupuestos públicos con el despotismo, nepotismo y metodología mafioso reconocible. Allá quienes le bailan el agua, quienes le adoran, le dan las gracias por hacer mal lo que cobra como si hicieran bien y aquellos políticos y gestores que se lo permiten y que algún día sabremos si todo era fruto de una decisión política o de otras cosas menos justificables.

Los que tenemos la facultad de escribir sobre los asuntos de las artes escénicas en diversos medios y plataformas, tenemos a veces la tendencia a hablar, por ejemplo, del teatro portugués, a partir de visionar unos pocos espectáculos. Extiéndase este párrafo anterior a cualquier otro concepto. Es un síntoma de totalitarismo intentar dejar sentado opiniones que totalizan una idea básica a partir de una fragmentación. 

Viene este previo para indicar que lo visionado este año de 2019 de teatro portugués programado en el Festival de Almada, no ha sido para mantener esa euforia que en otros años hemos manifestado. Dentro del sistema de producción teatral portugués, mucho más dado a la estabilidad en una sala o teatro que a la itinerancia, aunque es algo que está variando, al menos circunstancialmente y en ofertas muy concretas. Pero digamos que sigue manteniendo una circunstancia que se puede entender de muy diversas maneras: existe una propensión a un teatro de base textual sólida, proveniente de los clásicos universales, muy asentado en pensamientos filosóficos de gran raigambre. En estas felices colusiones entre literatura, ensayo y escenario, hay veces que se logra ese espacio rotundo, incuestionable, y lo quisiera ejemplarizar en “Se isto é um homem” de Primo Levi con dramaturgia y dirección de Rogério de Carvalho y una sobria, intensa y emocionante interpretación de Claudio da Silva. Aquí encontramos un sentido global a la propuesta, nos llega, nos identificamos, la aplaudimos porque alcance un valor artístico que se compadece perfectamente con su discurso político.

No voy a señalar las obras y montajes que a mi entender no llegaron a esta intensidad y valor absoluto, pero sí quisiera señalar algo de lo que hemos hablado, debatido, pensado, sin llegar a ninguna conclusión, pero resulta que no acaba de surgir un movimiento de dramaturgas y dramaturgos portugueses, contemporáneos, que alcance los escenarios de manera habitual, como una política integradora. No digo que no existan, que los hay, que se ven algunas de sus obras, hasta sé que en algunos colectivos, grupos y compañías se propicia incluso con premios y ediciones el que aparezcan nuevas voces, pero viendo los programas de los festivales más importantes, las compañías y unidades de producción, no significa algo porcentualmente importante. De momento. Quizás sea un objetivo que deba entrar en los planes inmediatos proponerse como una manera de fertilizar el futuro escénico. Crece la calidad general, hay directores y directoras de alta graduación, intérpretes capaces de afrontar cualquier reto, producciones solventes, escenógrafos reconocidos internacionalmente, quizás sea este campo el que se debe reforzar. Se dice desde la humildad de quien observa y no tiene ninguna solución ni dogma, ni vende probabilidades, sino deseos de colaboración con un teatro, al que ama, que intenta conocer mejor y que le propicia las reflexiones más importantes sobre el quehacer teatral.

Por eso amo el Teatro Portugués que conozco y del que desconozco intentaré saber más en los próximos meses. Por suerte tenemos a Afonso Becerra, aquí al lado, que es un analista y propiciador de la difusión de los grandes creadores contemporáneos portugueses, casi siempre en el campo de la danza y sus fusiones con el teatro, la música, que coloca al cuerpo como templo. Y sin demagogias autoritarias.