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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Terminó FiraTàrrega, cuatro días que pueden cambiar el destino de muchas compañías. Cuatro días en los que callan los demagogos y los vendepeines y hablan los artistas. Cuatro días en los que los programadores se sienten agobiados porque descubren que el mundo artístico va mucho más allá de sus cuatro paredes, de sus cuatro planillas de Excel. Cuatro días en los que se descubren destellos de una galaxia formada por planetas de artes escénicas que existen pero que no alcanzábamos a vislumbrar porque miramos con los catalejos al revés.

Con la debida prudencia, intentando ordenar las emociones y los datos objetivos, lo que cada año nos aporta este encuentro ilerdense es la buena noticia deque existen públicos que se desplazan hasta esta población en familia, en cuadrilla, con un único objetivo, disfrutar de un encuentro con artistas callejeros, para disfrutar, convirtiéndose en una fiesta popular alrededor de las artes escénicas. Y todos juntos. Niños, jóvenes, adultos, ancianos. Una ciudadanía que disfruta de una batucada, de una actuación de circo, de unos clowns o de una expresión de danza más sofisticada. Y en las salas o espacios acotados, se depura este conglomerado pero se mantiene una muestra suficientemente contrastable de esta conexión con los públicos.

Hoy mismo, mañana, la propia Tàrrega será otra cosa. La vida cultural y teatral volverá a impregnarse de un ritmo cansino, al detall, que no puede generar otra cosa que un hábito regular para un número limitado de paisanos. Pero lo excepcional de una feria, una muestra o un festival, nos sitúa en uno de los puntos a determinar: la temporalidad de las ofertas. Lo excepcional como norma. Si existe esa posibilidad de crear esas masas críticas capaces de sostener estos cuatro días a estos niveles, son signos de que se han creado unas necesidades y se han conseguido comunicar una existencia. Los que acudimos desde hace muchos quinquenios, vemos como están ocupando las gradas, los hijos de aquellos que compartieron esas calles en otras situaciones técnicas, económicas, culturales y políticas. Incluso sobre los escenarios hay sagas funcionando.

Se quiere decir que mantenemos un optimismo moderado con respecto a las artes escénicas como bien común de índole cultural que tiene públicos. Especialmente cuando vemos la existencia de creadoras que aportan nuevas miradas, y que esas rupturas o anti-convencionalismos, o simplemente transformación de lenguajes atávicos a expresiones más contemporáneas tienen receptores, tienen públicos que las disfrutan. No se está haciendo una experimentación en abstracto, sino que parece que estamos ante una renovación con acompañamiento cómplice de públicos que se sienten concernidos con estos lenguajes.

En el campo general, estos pensamientos nos llega en este despertar de lunes, pero hemos visto cosas dignas de estar en los mejores escenarios existentes, propuestas novedosas. La delegación de México es un ejemplo de cómo se pueden plantear estos desembarcos, estas acciones de gobierno. ¿O debería decir de Estado? La crisis no debe matar la necesidad de búsqueda, sino todo lo contrario. E insistiré, los gestores culturales tienen una oportunidad única de demostrar su capacidad y su importancia. Con la chequera en la mano demostraron ser unos mediocres llevados por el conservadurismo y demasiado propensos a mantener el oligopolio teatral.

Ahora pueden aprovechar la coyuntura para ponerse del lado activo, de las opciones de mañana, no de ayer. Y no estoy hablando de denigrar todavía más a los profesionales de la actuación con explotaciones casi esclavistas, sino de lo contrario, de hacerse cómplices de las propuestas, con su escueto presupuesto, sí. Es el momento adecuado de romper los esquemas que no funcionan. Y en Tàrrega, de repente, un destello, me dio ánimos para escribirlo.

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