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Mar, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Fabrizio Cruciani, un referente en la investigación del teatro del novecientos, acuñó el término “directores pedagogos” para referirse a todos aquellos directores que propusieron un nuevo teatro y que, al mismo tiempo, establecieron una manera particular de afrontar la formación de los actores . Bajo dicho término podemos cobijar a maestros como Stanislavski, Meyerhold (quien precisamente utilizó esa misma conjunción de palabras para definirse a sí mismo), Decroux, Copeau, Brecht, Brook, Malina y Beck, Grotowski, Barba, etc.

El hecho de que el término traducido al castellano quede en masculino, más que reflejar la archidebatida discriminación del idioma, muestra una realidad: la mayor parte de la documentación sobre la renovación teatral del siglo XX proviene de maestros masculinos. ¿Significa esto que no hubo mujeres que investigaron con la misma profundidad el hecho teatral?

Evidentemente, no.

El XX no es más que la última pieza del dominó de un arte que, desde sus orígenes, ha discriminado a la mujer. Recordemos que el Teatro Griego, si miramos a Occidente, o teatros como el Noh, la Ópera de Beijing o el Kathakali, si miramos a Oriente, vetaron la escena a las mujeres. Sin embargo, rastreando con un poco de ahínco, encontramos a grandes directoras-pedagogas que lograron sobreponerse con brillantez a la doble discriminación de un oficio minoritario y a la condición de mujer en una sociedad machista. Como ejemplo de ello citaremos a tres grandes directoras-pedagogas del novecientos: Joan Littlewood, Ariane Mnouchkine y Anne Bogart.

La inglesa Joan Littlewood (1914-2002) planteó un teatro extraordinariamente rompedor en el tradicional y hermético panorama artístico inglés, anticipando muchas de las innovadoras tendencias teatrales que habrían de sucederle. Su compañía, Theatre Workshop, se caracterizó por una creación de talante abiertamente popular e izquierdista. Gracias a la utilización de los recursos sonoros y luminotécnicos más modernos de entonces, consiguió replantear el concepto de espacio escénico, que pasó de ser bidimensional (plasmada mediante decorados pintados), a ser tridimensional. Otro aspecto fundamental del teatro de la directora inglesa fue la preocupación por la formación de los actores. Defensora de un entrenamiento constante que ampliase las capacidades corporales y vocales del actor, Littlewood propuso un atractivo puente entre la técnica de Stanislavski y los trabajos del bailarín y teórico del movimiento, Rudolf Laban.

Ariane Mnouchkine (1939) es reconocida por ser la fundadora del Théâtre du Soleil. Dando continuidad al impulso de Copeau en la primera mitad del siglo XX, Mnouchkine y su compañía plantean un teatro de esencia popular, basado en el colectivo y donde el motor dramático reside en el actor-bailarín. Meca para multitud de actores y directores, el Théâtre du Soleil continúa su andadura dejando como estela una creación profundamente teatral, muy cuidada en sus formas y siempre abierta a la influencia del teatro tradicional oriental.

Anne Bogart (1951), de origen norteamericano, es conocida en la actualidad por ser la directora de la compañía SITI (American Saratoga International Theater Institute), proyecto que fundó en 1992 junto a Tadashi Suzuki. Sus puestas en escena guardan una fuerte influencia del teatro tradicional asiático, al tiempo que tratan de investigar y redescubrir para la escena el bagaje cultural estadounidense como el vodevil, el maratón de baile, la opereta o la danza postmoderna. Bogart, además, ha desarrollado una metodología de entrenamiento de actores y de creación escénica llamada los Puntos de Vista Escénicos (PVE). Inspirados en las investigaciones de la bailarina norteamericana Mary Overlie, los PVE plantean una serie de principios básicos para el desarrollo y la investigación del movimiento escénico. He aquí algunos de ellos: Tempo, Duración, Repetición, Respuesta Cinética, Forma Corporal, Relación Espacial, Gesto, Topografía y Arquitectura. Dada la universalidad y la aplicabilidad de los PVE, con el tiempo será probablemente una herramienta de acción y de estudio para numerosos creadores, actores, directores, dramaturgos o escenográfos.

Los casos de Littlewood, Mnouchkine y Bogart son sólo tres de otros muchos a los que aún se les ha dado menos resonancia. Quedamos a la espera de que algún estudioso (o probablemente estudiosa) pueda cubrir esta grieta injustamente abierta. Se lo debemos.

 

 

[1] Cruciani, Fabrizio. Registi pedagoghi e comunità teatrali nel Novecento e

scritti inediti. Editoria & spettacolo, Roma, 2006.