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Jue, Ene

@Ministerio de Cultura

El Ministerio de Cultura del Perú ha entregado el Premio Nacional de Cultura en la Categoría Trayectoria a Miguel Rubio Zapata, director del grupo cultural Yuyachkani. En sus palabras: "El reconocimiento del Ministerio de Cultura es a un movimiento. Yuyachkani es una de las partes visibles, pero existen en todo el país y Latinoamérica otras expresiones que corresponden a lo que yo llamo una moderna tradición del teatro en América Latina".

 

Discurso de Miguel Rubio Zapata, director del grupo cultural Yuyachkani, al recibir el Premio Nacional de Cultura

Cesar Vallejo dice que el teatro es como un sueño, algo que irrumpe acompañado de metáforas contradictorias y de una naturaleza arbitraria, atributos con las que soñar nos lleva a un mundo distinto, en el que seguimos vivos pese a estar en otra frecuencia.

Hace 48 años nos lanzamos a soñar para dialogar así con nuestro país. En el camino nos encontramos con narrativas y personajes históricamente invisibilizados, los que luego reaparecerían como protagonistas de nuevas historias que contaban del desarraigo, la migración, la injusticia, el derecho a la memoria.

Al afinar, entonces, la mirada en el entorno, nos sentimos herederos de viejas tradiciones y también confrontados con los complejos e intensos procesos sociales y políticos que teníamos frente a nosotros.

Los lenguajes de nuestro teatro se cargaron así de visualidad, de teatralidad callejera, de oralidad, de carnaval, de fiesta con máscara, música y danza. Prácticas culturales diversas, tradicionales y contemporáneas, se amalgamaron rompiendo imaginarios y estimulando nuevas narrativas. En este proceso entendimos el teatro como un fenómeno local, como construcción cultural históricamente determinada.

Los movimientos sociales y sus prácticas de teatralidad, sin tener necesariamente una finalidad artística, han expandido los linderos de lo escénico llevándolo a zonas en donde no hay fronteras entre el arte y la vida misma, tensionando también las relaciones entre ficción y realidad. Algo parecido a los sueños.

Somos parte de una generación de grupos de teatro que se puso a trabajar en propuestas de dramaturgia nacional y latinoamericana. Nuestros maestros nos llamaron a “inventar el teatro que nos fuera necesario”. Su ejemplo y aliento nos dio fuerza para crear, sentir la riqueza y complejidad de nuestras culturas, mirar hacia nuestro continente y al interior de nuestros países, y a reconocernos en nuestras particularidades y desde ese lugar dialogar con los teatros del mundo.

Nos definimos como “teatro de grupo”, una comunidad reunida para generar procesos creativos a partir de la investigación que deviene en obra, en cultura de grupo, compuesta tanto por las obras que hacemos como por la vida que compartimos en el intento de explicarnos el mundo con unas ganas enormes de ponerlo de cabeza.

Estoy convencido de que el teatro de grupo fomenta la inteligencia colectiva y crea pensamiento.

El grupo, de alguna manera, es la obra, no importa cuánto dure.

La creación colectiva fue una respuesta política, orgánica a ese momento, alternativa a la manera de producción teatral predominante en ese tiempo. Podría ser señalada como una característica importante de los procesos creativos de los teatros de grupo que aparecen en la América Latina y el Caribe a mediados del siglo pasado, los que generaron propuestas de gran vitalidad, nuevos espectadores, nuevos espacios, en abierta confrontación con el teatro hegemónico, atrincherado en la reproducción de modelos preexistentes y en un modo jerárquico de producción con el cual rompe la creación colectiva.

Por estas vías se ha removido el concepto hegemónico de dramaturgia y se han generado espacios y propuestas alternativas a la norma. Esas prácticas de creación propiciaron nuevos tejidos escénicos, los que nos permiten hablar hoy, en plural, de otras dramaturgias.

En ese contexto ha nacido un nuevo actor, orgánico a esta condición, en la que los roles del proceso de producción jerárquico han sido cuestionados, cuando no eliminados.

Vista en el tiempo, la obra de Yuyachkani bien podría leerse en contrapunto con momentos gravitantes de nuestra realidad social y política, dialogando con nuestro tiempo y proponiendo un teatro crítico e inconforme con la norma. La dinámica política, social y artística así nos lo ha demandado siempre, pues vivimos en un país convulsionado por la violencia, la corrupción y el despojo permanente de los derechos sociales, económicos y culturales.

En 48 años de vida nuestro trabajo ha tenido un continuo desplazamiento hacia diversos lugares, físicos y mentales.

A grandes rasgos, podríamos partir nuestra historia en tres momentos: antes, durante y después del conflicto armado interno. La sociedad está reflejada en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que decimos. Es así como hemos encontrado el lugar y los caminos de nuestras diferentes dramaturgias que han transitado por ese espacio/tiempo.

Toda esta experiencia vivida ha sido un permanente desafío para encontrar lógicas distintas de creación, capaces de dialogar creativamente con cada momento.

Fue saliendo de Lima que pudimos empezar a conocer nuestro país por dentro y descubrir los desafíos que supone la diversidad cultural peruana, ver y valorar otras corporalidades.

Esta práctica nos condujo por caminos desconocidos, en los que había que estar dispuestos a trabajar en espacios muy diversos, generar escenarios y a entender que las artes escénicas tienen en las expresiones populares una fuente inagotable que viene de la danza, la máscara, la música, el vestido y el uso del espacio, es decir, viajar por el Perú nos conectó hasta hoy con una memoria escénica ancestral.

Empezamos a viajar por la sierra central, especialmente por el Valle del Mantaro, nos encontramos con el esplendoroso mundo de la fiesta tradicional andina, con otros cuerpos en danza, con personajes enmascarados portando suntuosos trajes bordados: cuerpos que en su acción escriben y sustentan memoria. Ahí encontramos al actor que danza.

El teatro en el que me reconozco viene de ahí, indaga sobre formas antiguas y nuevas que existen entre nosotros de manera viva y que están en constante proceso de renovación desde hace cientos de años.

Con la violencia política que asoló y enlutó nuestro país, durante las dos últimas décadas del siglo pasado, los supuestos básicos de nuestro trabajo afrontaron nuevos retos.

Los cuerpos de nosotros los peruanos se degradaron a tal punto que comenzó a ser cosa corriente verlos masacrados, mutilados y expuestos a la intemperie, enterrados clandestinamente en fosas comunes o, peor, ya no verlos, pues muchos fueron desaparecidos.

Fue inevitable preguntarse: "¿Para qué sirve lo que hacemos?", "¿Qué puede significar poner el cuerpo en esas circunstancias?".

Eran entonces muy agudos nuestros propios cuestionamientos sobre el oficio, y los siguen siendo ahora que el Perú ya no es el país que recorrimos hace 50 años.

Hoy circulan por el mundo torrentadas de pensamiento conservador, que son el arma de un poder económico que pretende hacer cada vez mayor el poder que ejerce sobre la humanidad entera, machacando sobre la pobreza de la gente. Ese poder ha hecho de la democracia un sainete puesto al servicio de sus intereses.

El hambre trae ignorancia y la ignorancia es el caldo de cultivo perfecto para la dominación y el esclavismo.

Sin embargo, hay esperanza en las persistentes y vigorosas luchas que mantienen los pueblos en diversas partes del mundo.

Tocará seguir buscando como siempre respuestas a lo que el mundo nos propone como ruta plagada de desafíos para todos nosotros.

Seguiremos soñando con el Perú nuevo en un mundo nuevo, como quería José Carlos Mariátegui.

Persistiremos desde el teatro, nuestra humilde trinchera, acompañados de nuevas generaciones, en la búsqueda del lenguaje que nos permita ayudar a conjurar los graves peligros que hoy están puestos en marcha, en contra de nuestros pueblos y de nuestra especie.

Muchas gracias.

Gran Teatro Nacional, Lima, 11 de diciembre de 2019.