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Dom, Ago

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En Nueva York a uno las contradicciones le asaltan.

Se tarda menos de siete horas en cruzar los 5500 kilómetros del Atlántico. En cambio, atravesar los 10 metros de la aduana, incluso con todos los papeles en regla, lleva casi una hora y media, lo que tarda un avión en recorrer la península ibérica. Curioseando por la ciudad, encuentras personas que amablemente te ayudan cuando, plano en mano, el despiste se adueña de tu cara. Y también topas con establecimientos donde quien atiende, sin necesidad de escupirte porque ya lo hace su mirada, te recuerda que la propina es cosa obligada. Admiras el mestizaje de sus gentes, la macedonia de razas que hormiguea por las calles, sabiendo que no hace mucho tiempo gran parte de los blancos lo querían todo en un único color. En el metro, te sorprende un anuncio que ofrece un teléfono de ayuda para ex-soldados que sufren enfermedades psicológicas. La foto de uno de ellos con la tristeza en la frente y quién sabe cuántos cadáveres a su espalda, te llega a enternecer. Da pena, el cabronazo. En la radio escuchas una lectura dramatizada de un cuento de Chéjov que te atrapa, y al mover el dial, un comerciante de engaños te anuncia una superpastilla contra el colesterol de venta en su casa. ¿No deberían encarcelar a este matasanos que sólo considera la salud de su bolsillo? La siguiente pregunta no espera: ¿Cómo es posible que allí donde el desarrollo de las ciencias es máximo no exista una asistencia sanitaria pública de calidad? Para dormir ese día en vez de ovejas, uno puede contar las fobias y las filias que le provoca la ciudad y su entorno. Los ojos se cierran mucho antes de que ninguna de ellas se acabe.

Transformando esta sensación en teoría, pereciera que los grandes teatros norteamericanos del novecientos tuviesen la misma fuente: la contradicción. Pensemos en el Group Theatre de los años 30 que surgió contradiciendo el teatro melodramático del momento. Siguiendo la propuesta del Teatro de Arte de Moscú que visitó Estados Unidos en la década anterior, este grupo fomentó el arte frente al comercio, lo político-social frente al entretenimiento y la compañía estable frente a la jerarquía del Star System. Una revolución para el teatro norteamericano. En esta misma sintonía, no es menos discordante que un país como Estados Unidos, que se enfrentaba a medio mundo, acogiese a numerosos artistas y profesores que fueron expulsados de sus propios países. En teatro, Michael Chéjov y Brecht fueron ejemplos notorios de ello. Reparemos también en el movimiento teatral independiente de los años 50, 60 y 70, con el Living Theatre a la cabeza, que no fue sino una contestación a la muy cuestionable política norteamericana de la época. En cómo, paradójicamente, fue la propia idiosincrasia norteamericana, sus circunstancias políticas, sociales y culturales, las que permitieron el nacimiento del Living Theatre, y cómo esa misma idiosincrasia quiso posteriormente destruir al grupo forzándole a un largo exilio en Europa.

Con estos pensamientos chocándose entre sí, acudí hace unos días al Joyce Theatre de Nueva York donde la compañía SITI, una de las referencias de la investigación teatral en Estados Unidos, presentaba el espectáculo “American document”, en colaboración con la compañía de danza Martha Graham. Inspirándose en extractos, fotografías y escritos de la pieza homónima que la propia Martha Graham creó en 1938 y bajo la dirección de Anne Bogart, ambos grupos mostraron un montaje ágil, fresco y encandilador que fusionaba sin fricción teatro y danza. Austeridad en la utilización de los objetos, preparación impecable de los actores, comunicación directa y viva, para conducir al espectador a una experiencia visual, dinámica y reflexiva sobre la identidad americana. Una delicia. El espectáculo y percibir el poso de unas compañías que durante años de trabajo permanente han logrado consolidar una impronta propia en escena y fuera de ella.

Es lo que tienen las contradicciones, que al menos una parte, la que dice o la que contradice, merece la pena. Y en Estados Unidos la parte que contradice es generalmente la más interesante.