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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

En un barco mágico, atracado y atrapado en el puerto de Pasaia, Medea pare una canción. Entre gemido y gemido, escapa de su cuerpo abierto de granada, una de las nanas de esta tierra, loa, loa, masusta. Parece que acaba... los espectadores respiramos con su cuerpo encogido, por fin en calma, hecho silencio. Y vuelve otra vez. Una nana desgarrada para el segundo gemelo que viene. Medea pare mellizos en el Ship of Fools.

Imagino que a la actriz Bea Insa, castellonense de nacimiento, le cantaron muchas nanas en su infancia, pero no el Loa, Loa. Ésta la aprendió aquí, hace meses, de mano de otra actriz, Yolanda Bustillo, en un curso intensivo de entrenamiento de Kabia. La nana que fue instrumento de aprendizaje y pre-texto para que el grupo encontrara un ritmo común y propio que luego aprendería a romper, es devuelta al mundo, meses después, transformada en canto de vida escénico.

Durante aquellos dos años mágicos, cuando todos los componentes de Kabia estábamos sobre el escenario de algún teatro, a falta de pocos minutos para empezar la función Decir Lluvia y que Llueva, sucedía siempre algo, sin falta y sin prisa. En algún momento en el que la madera crujía y se oía el respirar consciente de los actores, mientras calentábamos cuerpo y pensamiento antes de abrir telón, la voz de la benjamina del grupo se alzaba, cálida y clara. Ane Pikaza cantaba entonces una canción sobre aves migratorias que se posan en la ventana, allá donde la luz y la sombra convergen.

Hegazti Herrariak se llama la canción que se convirtió para nosotros en rito de entrada, en llave de pasaje hacia ese otro mundo que era el patio que habitábamos y cantábamos en Decir Lluvia y que Llueva. Pues bien, esa poesía musical es ahora instrumento de aprendizaje en Kabia. Años después, vuelve en forma de entrenamiento, con un poso concreto y amado, pero transformándose y transformándonos en cada sesión de trabajo.

Esta ha sido la historia de dos canciones de ida y vuelta, apegadas a nuestro teatro con imperdibles de cera. En este mundo nuestro, donde todo se transforma de continuo, hay que ser tan vasto como el cielo si se quiere ser dueño de un ave. Después del canto, después del arte, no hay nada. No queda nada más que la huella de su aleteo. Pienso en las canciones como en pájaros a los que les crecen las alas. Se quedan un tiempo incubando su sentido con nosotros y luego se van, para posarse en otros territorios, como aquel donde habita el misterio que anida entre las piernas de Medea.