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Lun, May

¿De qué sexo es la palabra? | Marianella Morena

¿Cómo ponemos el mundo a nuestros pies? Tan simple como pensar. Tan intenso, personal y antropológico. Tan moderno, antiguo, como difícil. Pensar, es un verbo que uno lo asocia con proyectos, pensar "para". Una mente efervescente, dispuesta, activa, un motor en marcha hacia algo que sucede primero en el interior para luego ser ejecutado en la práctica. ¿Imaginamos el pensar como un silencio prolongado? Una nada, un lugar ausente, vacío y un cuerpo entregado al devenir, ¿imaginamos eso?¿Tenemos esa fantasía en relación al verbo? No, nuestro imaginario sobre cómo es pensar, no siempre coincide con la diversidad de las formas de pensar y sus despliegues, personales, colectivos. Es una experiencia intensa, curiosa, diversa y multiplicada , ejercida en tantas acciones que no siempre recordamos ni siquiera los por qué, para qué, y bajo qué circunstancia. ¿Empieza? No,es como el happening: no tiene ni principio ni final. Siempre sucede.

Pensar como ejercicio, sin destino, pensar en relación al encuentro y no el hallazgo o la búsqueda. Pensar hasta lograrlo, sucede, uno se encuentra, después del silencio viene la selva, salvaje, todo ese material que esta ahí, adentro de uno, esperando. Esperando que uno se desconecte un poco del resto, los demás, las constantes acciones para afuera, el vinculo social, los vinculos afectivos. Repartidos y fragmentados: multiplicados, ¿hasta dónde? Y uno¿dónde está?

Detenerse, en medio de todo, e irse al rincón propio, aislado. Solo, sola. Hasta lograr la soledad genuina, alejada de la tristeza o el "agujero emocional". Solos, por tiempo indeterminado.

Hasta rastrear la verdad que yace, detrás del engaño, y el exceso de lo real.

A veces creo que la realidad nos distrae, puta y seductora, nos envuelve, nos prepara sorpresas, nos da regalos, estímulos, cosas nuevas. Pero nos saca del centro, del propio y uno termina haciendo cosas que no quiere, comportándose como alguien que no es y tomando las decisiones equivocadas. No siendo, despidiéndose a adiario del ser, el que espera el turno para ejercer. Ser, y no representar. Para eso es imprescindible pensar, a solas, en solitario, sin nada donde poner el pensamiento. Dejarlo actuar, que fluya, que busque carne donde anclar.