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Jue, Jul

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Tengo la impresión que cada vez, por imposiciones subrepticias del mercado, somos más finalistas y nos detenemos menos en el goce del proceso, del camino. Buscamos el producto acabado, el objeto final, y apuramos el proceso y el camino porque lo que importa es el producto. Esto, incluso, acaba por generar un estrés y una ansiedad.

 

 

Las artes escénicas no se libran de esta presión. Pocas programadoras/es y teatros aceptan el boceto o la obra que está en proceso, viva, creciendo, mutando. Le llamamos “artes vivas” a las escénicas pero, después, buscamos, en cierto sentido, la obra acabada, cerrada, que en cada función sea idéntica a la función anterior. De esta manera podemos controlar el producto, igual que el departamento de calidad de una fábrica de automoción, por ejemplo, controla cada coche que sale.

Lo contrario, en las artes escénicas, suele ser excepción.

El Teatro Ensalle de Vigo nos dio la oportunidad, el fin de semana del 9 de marzo de 2019, de ver el trabajo de Mónica Valenciano. Para mí, una referencia, desde hace años, de la libertad creativa en el ámbito de la danza-teatro y de la performance.

Imprenta Acústica en (14 borrones de una) Aparición es un trío entre Mónica, Raquel Sánchez y el público, cada una de las espectadoras y espectadores que atendemos un espectáculo que nunca se configura como esperamos, en el caso de que esperemos algo. Velahí la gracia. Esos borrones, ese juego en el que la pieza no es un ente redondo y definible, sino la ironía y la abismación de la pieza que podría ser.

En Imprenta Acústica en (14 borrones de una) Aparición, Valenciano parece bromear con los bocetos, con las pruebas, con las intuiciones, con los retazos de ensayos, con los compases, ad libitum, en interacción con quienes allí estamos atendiéndole. Con un metadiscurso que pone delante las recámaras del teatro: las perplejidades, las dudas, la experimentación, la libertad de probar, de dejarse llevar por lo que apetece... el proceso y las instrucciones del proceso.

En el programa de mano apunta: “Entonaciones de un gesto, ritmos de un contacto, desplazamientos de una ausencia que juega. Cuerpografías de una red al encuentro de esa geografía que se abre paso en el interior... Cuerpos de una voz, ramificándose en múltiples planos.”

Y sí, es esto. Lo que vi aquel domingo 10 de marzo viene a ser esto.

“Tú asombro es mi esquema” acaba por articular Mónica, después de retorcer palabras y murmurar sonidos y gestos.

“Anota ese murmullo.” Le dice a alguien. Porque aquí entra todo, las pequeñas cosas y lo imposible, lo nunca conjugado por la sintaxis, todo eso puede tener un lugar en esta pieza. Desde una coreografía o frase, imitando las posiciones de las manos de las espectadoras y de los espectadores, en la proximidad, hasta las preguntas sin respuesta: “¿Tú crees que el miedo destiñe?”.

También el humor indefinible, tal vez con un sabor Beckettiano, por ejemplo: “¡Ahí! ¡Ahí viene el de la conferencia [...]” Se sienta y pone la pose de alguien interesante: “Tema A. Cuéntame el argumento de un beso . Tema B. ¿Y el grito de qué trata?. Tema C. ¿Quién inventó la campana?”

No sabemos si la palabra se hace o se deshace en los arrebatos del cuerpo y de la voz.

Podemos sentir cómo algo se cuece, cómo algo se gesta en el murmullo, en el temblor del cuerpo, en las muecas, en esas danzas pequeñitas que aparecen por el cuerpo y por la voz.

Mónica Valenciano nos hace perceptible el proceso performativo a través del que germinan las acciones.

Las acciones son todas fugitivas, cuando pensamos atraparlas ya se han escapado. En el final de la performance verbal, con el Padre Nuestro, dice: “Mas líbranos del ya lo tengo”.

Y, ciertamente, esta pieza nos muestra, en su camino abierto, los espejismos del teatro y de la danza, que no son menos espejismos que los de la calle de nuestro día a día: cuando pensamos que ya lo tenemos, catapún, se nos desvanece y nos quedamos con las manos vacías. Y, por mucho que repitamos las palabras y los gestos, como hacen Mónica y Raquel, el discurso, tal cual parece articularse, en un instante, en una peripecia, se desarticula y pierde el sentido.

C’est la vie!

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.

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