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16
Lun, Dic

Panoplia de humanas emociones

Adaptar para las tablas una novela-río con las características de El Conde de Montecristo; de amplia raigambre e infinitas versiones; que forma parte del acervo cultural de un sinnúmero de lectores, cuyos personajes son iconos dentro del inconsciente colectivo, como lo son otros tantos a los que la literatura (y sus posteriores adaptaciones) han dotado de vidas y espacio en nuestro mundo, es empresa arriesgada. 

 

Edmundo Dantés; junto al abate Faria y Mondego; forman parte de nuestro mundo literario, al mismo nivel que el Tarzán de Burrough, Don Quijote, y tantos otros que consiguen escapar de las páginas para convertirse en imagos. En habitantes del imaginario colectivo, perfectamente identificables. Una cumbre que muy pocos escritores alcanzan. Es por esto que la odisea es aún mayor. Llevar por vez primera estos personajes palpitantes, señeros, dolientes, que protagonizan una de las mejores novelas de aventuras de la literatura, exige un profundo respeto por la obra genésica y un, también profundo, conocimiento del medio al que se va a adaptar. 

El resultado es espectacular. Una soberbia recreación de Paloma Mejía Martin, con respeto del pathos y el eros dumasiano (que de todo hay en la obra), y un sentido certero de lo trágico, sin desmesuras. De la pasión, sin excesos. El montaje de Samarkanda Teatro es un apasionante y trágico juego humano, pleno de aventura, pero al mismo tiempo de introspección. Los hallazgos visuales son notorios, desde esas máscaras caminantes sobre zancos, que preludian la obra; junto al niño fantasma, y luego serán retomadas en el epílogo, hasta coreografías de duelos de gran riqueza estética y dramática. 

El Conde de Montecristo es una panoplia de humanas emociones, de amores frustrados, de pasiones intensas, de frustraciones y venganzas. Toda una paleta de intrigas, bajezas, redención y aventura, acertadamente resumida en las dos horas de duración de la obra. La arquitectura dramática se apuntala sobre las intensas y soberbias interpretaciones de todos los actores (con algunos irrelevantes titubeos). Guillermo Serrano extrae todo el carisma de un personaje que conjuga pasión, cinismo a raudales y un cierto patetismo. A modo de superhombre nietzscheano, se cree por encima del bien y del mal cuando se trata de sus reglas morales. El actor extrae con vehemencia esa lucha entre luz y oscuridad, con una correctísima proyección de voz, plena de matices, y formidable expresión corporal en las distintas fases del personaje.

El juego dramático superpone, acertadamente, las distintas etapas vitales del personaje. Incluso uniéndolas en un mismo diálogo o conjugando distintos instantes a un tiempo. Este recurso hace avanzar la obra dinámicamente, al tiempo que juega con la plástica y los diversos posicionamientos de los personajes, siempre buscando un efecto estético que se complementa con una notable luminotecnia de Fran Cordero. El aliento épico se balancea con los instantes introspectivos, incluso con los humorísticos, dentro de la inmensa tragedia. El acertado control de los tiempos y el vertiginoso ritmo, permiten avanzar a una obra, densa en su génesis.  

El concepto coreográfico de las escenas, convierte en levedad, la complejidad argumental. Rafael Núñez; con sabiduría escénica; compone un Abate Faria lleno de humanidad, un personaje lleno de bonhomía  y sensibilidad. El Danglars, alquimizado por Fermín Núñez, está resuelto con intensidad, elegancia y convicción. La versatilidad de Juan Carlos Castillejo consigue dotar a sus creaciones de una particular visión. Ciertamente estos personajes socarrones, de mundana sabiduría (como de andar por casa), le vienen como un traje hecho a medida. La espectacularidad del decorado y el vestuario llegan de la mano de Luisa Santos. Las reproducciones de la ropa de época recogen, acertada e intensamente, todo el concepto de enfermizo romanticismo que refleja el argumento o sirven para diferencias los distintos roles y etapas de los sufridos protagonistas: Jirones durante la prisión, ropajes de lujo o trajes funerarios, dentro del más estricto luto de la época. Sin olvidar esos acertadísimos y siniestros personajes-máscara de oscura levita. 

Mercedes es uno de esos personajes cuya presencia cambia el curso de los ríos, y Ana Batuecas sabe extraer toda la savia de una mujer enamorada, llena de candor y, al mismo tiempo, de sufrimiento. El desarrollo presenta instantes acertados en lo estético y lo dramático. Numerosos hallazgos escénicos contribuyen a enriquecer la estructura visual. Impactantes los instantes del niño-espectro junto a los enmascarados, las proyección de la cruz durante el duelo a espada, la celda con trampilla donde conviven Dantés y el Abate Faria o la construcción a modo de tablero de ajedrez de los cuatro enemigos en las esquinas, con Dantés en el centro. La paleta cromática de intensos azules, burdeos y ocres introduce en la esencia de cada instante, destilando un aroma atemporal y surrealista. 

La música de Miguel Ángel Grajera y Jorge López está perfectamente imbricada en la acción, definiendo certeramente los instantes, desde los etéreos acordes de piano del prólogo con el niño-espectro subiendo las escaleras, hasta el leitmotif que se desarrolla en distintas peripecias, los coros espectrales o el triste vals que acompaña al amor imposible. Todos los elementos de esta obra, una de las mejores ofertas extremeñas de los últimos tiempos, son pequeñas piezas de un puzzle perfecto, emocionante y pleno de ritmo narrativo. Lo son la caracterización de Pepa Casado e Isabel Martín, el dominio de la esgrima de Javier Mejía, la presencia escénica de José Antonio Lucía, el desparpajo conceptual de José F. Ramos, las patentes tablas de Gloria Villalba o la juventud arrolladora de Alberto de Morcef.  

Paloma Mejía y Samarkanda han logrado condensar, en 120 gloriosos minutos, una historia universal de desaforado y arrebatador romanticismo. Una tragedia, de dimensiones helénicas, que consigue compendiar (en toda su extensión) y destilar la novela original, solventando del gran riesgo de esta adaptación. El resultado es un montaje altamente recomendable, que respeta y enriquece la génesis literaria ¡Esto es teatro!              

Francisco Collado